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El salón – Parte 6

Energías negativas en el lavacabezas

Nico tamborileaba con nerviosismo sobre el mostrador de recepción. Tenía el pecho y los hombros agarrotados. Aquello nunca significaba nada bueno. Desde niño reconocía esa sensación: se acercaban problemas.

Notó cómo se le cerraba la garganta. Necesitaba beber algo.

Se sirvió un poco de agua de la jarra que había junto al mostrador, pero después de un solo sorbo hizo una mueca y dejó el vaso. El agua helada le cerró todavía más la garganta. Se apoyó el dorso de la mano en la frente sudorosa. Todo el cuerpo le temblaba.

¿Qué demonios iba a pasar?

Buscó desesperadamente a Mia con la mirada, pero la cocina volvía a habérsela tragado. No pensaba salir de allí. Mia sabía perfectamente qué clase de clienta iba a llegar y no quería cruzarse con ella. Ya había hablado suficiente por teléfono con aquella mujer antes incluso de darle la cita.

Desde la calle llegó una carcajada alegre. Una voz aguda y cantarína, y otra familiar y tranquilizadora.

Lara bajaba las escaleras que llevaban al salón acompañada de una mujer de cabello rojo fuego hasta la cintura y mirada cansada, de esas que delatan más años de los que una intenta aparentar.

Nico soltó el aire, aliviado. Así que sus presentimientos habían fallado. Quizá trataba con demasiada gente últimamente. Quizá su intuición ya no era lo que había sido.

—Pasa, cariño —dijo Lara, abriendo la puerta de par en par—. Puede dejar las cosas aquí —señaló el sofá junto a la pared—. ¿Le traigo algo mientras Nico se prepara? ¿Un café? ¿Un té?

La mujer negó con la cabeza y sonrió con nerviosismo. Aquella sonrisa tirante y algo forzada dejó entrever por un instante la edad que el maquillaje intentaba ocultar con tanto cuidado. Los diez años escondidos bajo la base suave y los colores cuidadosamente elegidos reaparecieron enseguida en sus ojos y en el cansancio de su gesto.

—Gracias, pero no como ni bebo en sitios desconocidos. No puedo beber en tazas por las que pasan tantas manos cada día.

Nico no daba crédito a lo que estaba oyendo, aunque no se le movió ni un músculo de la cara. Sacó la silla y acompañó a la clienta hasta el lavacabezas.

La mujer esperó mientras él le acomodaba el pelo en la pila y luego se reclinó cómodamente. Inspiró profundamente, satisfecha, y soltó el aire despacio.

La mezcla cálida de café rancio, tabaco y chicle de melón que salía de su aliento hizo que el estómago de Nico se encogiera al instante.

Se incorporó de golpe y dio un paso atrás. Se inclinó bajo el lavacabezas y fingió recolocar las tuberías. Necesitaba unos segundos.

Respiró hondo varias veces, intentando expulsar aquel olor de sus pulmones.

Pero no podía esconderse allí eternamente.

Volvió a incorporarse y empezó a lavarle el pelo.

Como si hubiera percibido su debilidad, la mujer soltó un enorme bostezo sin siquiera taparse la boca.

El color desapareció del rostro de Nico.

Pequeñas estrellas parpadearon ante sus ojos y el suelo pareció ablandarse bajo sus pies.

—Un momento… —susurró con voz temblorosa.

Avanzó a trompicones hacia el baño.

Para cuando cerró la puerta tras de sí, el mundo a su alrededor se había sumido en una oscuridad absoluta.

Lara —cuya clienta había llegado mientras tanto— miraba alarmada la puerta del baño que había detrás del mostrador.

Mia, en cambio, actuó como si nada raro hubiera pasado. Se levantó de un salto y apareció junto al lavacabezas en cuestión de segundos. Con movimientos seguros y expertos, empezó a enjabonarle y masajearle la abundante melena.

—Mmm… —murmuró la mujer—. Tu energía es muchísimo mejor que la de tu compañero. ¿No podrías hacerme tú el peinado?

—Oh, yo no soy peluquera —se disculpó Mia—. Como mucho podría hacerte una trenza mona o algo así, pero cortar o teñir… ni de broma.

—Qué pena —suspiró la mujer—. Me temo que, si ese hombre toca mi pelo, empezará a caerse.

—¿A caerse? —repitió Mia, desconcertada.

Un suspiro doloroso escapó de los labios de la mujer.

—Mi cabello es extremadamente sensible a su entorno. Si se expone a energías negativas, empieza a desprenderse. A veces basta con que una persona enferma permanezca demasiado tiempo cerca de mí.

Mia la escuchaba con auténtica curiosidad.

Una profunda arruga le cruzó la frente a la mujer. Dejó escapar un pequeño gemido angustiado.

—Creo que me va a dar un ataque de ansiedad —dijo con infinita tristeza.

—Venga, mujer —la tranquilizó Mia—. No va a pasar nada. Nico es el mejor peluquero de la zona. No tiene ni una sola cita libre. Y un pelo tan bonito como este solo puede quedar todavía mejor después de pasar por sus manos.

La mujer abrió lentamente los ojos.

Intentó mirar a Mia, pero la mirada le iba de un lado a otro.

—Por favor, créame… Siento que no debe tocarme. Estoy convencida de que mi pelo lo rechazó. En cuanto se acercó a mí, liberó energías defensivas. No quiere enfermar ni empezar a caerse.

Un silencio sofocante cayó sobre el salón.

Todo el mundo se quedó paralizado a mitad de movimiento.

Lara y su clienta permanecían inmóviles como estatuas, observando a la mujer angustiada en completo silencio. El silencio tenso y avergonzado de Nico parecía casi visible tras la sólida puerta del baño.

—¿Qué quiere que hagamos? —preguntó Mia con suavidad.

—Solo séquemelo, por favor.

Mia asintió levemente para hacerle saber que lo había entendido.

Le envolvió la enorme masa de pelo rojo en una toalla gruesa y suave, y la acompañó hasta el espejo. Luego esperó a que se acomodara en la silla.

Lara retomó la conversación con su clienta en voz baja.

Mientras tanto, Nico esperó a que el salón se vaciara y a que Mia girara el cartel de «Abierto» para la pausa del almuerzo.

Lara se quedó mirando al frente, incrédula.

—Bueno… «El pelo de esa mujer te rechazó» suena muchísimo mejor que «casi te desmayas después de que te bostezara en la cara».