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Todo es cuestión de apariencias

Bella metió furiosa su teléfono en el bolso. Éva acababa de cancelar la cita para tomar café la mañana siguiente, así que ahora se quedaría a solas con Kriszti. No obstante, a ella le costaba soportarla. En presencia de Bella, Kriszti siempre sentía unas ganas irresistibles de hablar de dinero sin parar. Y a todo añadía: «Tía, esto no es dinero para esta chulada». O: «Vaya, tía, esto es una ganga». O: «tía, esto está regalado».

La palabra «tía» se había convertido en insoportable para Bella, incluso en boca de otras personas. Y a Kriszti simplemente le hubiera gustado metérsela por donde le salía … le daba escalofríos con solo oírla.

Y ahora va a tener que escucharla durante horas. ¡Ojalá pudiera escabullirse de la cita!

Las cuatro chicas, Bella, Kriszti, Éva y Timi, se conocieron en el gimnasio. Todas ellas acudían al mismo entrenador físico. Kriszti y Timi llegaban en autobús, Éva con un Volvo de 10 años, y Bella con un BMW nuevo. El sello fue instantáneo. En el grupo Bella era la niña rica, Kriszti la divertida madre de tres hijos, Timi la buena chica, Éva la misteriosa soltera.

Bella simplemente amaba la belleza. No podía evitar serlo ella misma. Debido a sus rasgos duros, las mujeres solían considerarla fría y no se atrevían a acercarse a ella. Pero Kriszti era una gran parlanchina, hablaba con cualquiera. Si no fuera por ella, las cuatro chicas nunca hubieran quedado fuera del gimnasio. Bella no trabajaba, cobraba el subsidio por desempleo, aunque nadie lo sabía, ni siquiera su novio, Tibor. Su tapadera era que estaba escribiendo su tesina. Tibor era una especie de hombre de negocios, se metía en todo lo que podía. A veces iba a Alemania, donde recogía cosas desechadas de la basura y las vendía al regresar. A veces vendía perfumes falsos o aparatos electrónicos que «se habían caído de un camión». Tibor estaba especialmente contento de que Bella no trabajara. Así podía aparentar que no necesitaban de dos sueldos. Además, le gustaba alardear a sus amigos de que su novia no solo era guapa, sino también culta. La joven, en teoría, estaba cursando la carrera de diseñador de interiores en la Universidad de Artes Aplicadas, en la práctica solo hacia como quien estudiaba. No encontraba su lugar en el mundo. Hubiera preferido trabajar como enfermera, pero temía que en su círculo social lo identificara exclusivamente con cambiar orinales. A menudo se imaginaba a sí misma vestida de blanco, corriendo de paciente en paciente para ayudar. En cierto modo, también le gustaba el papel que los demás habían elegido para ella, pero también era una enorme carga para ella. Para mantener las apariencias vestía exclusivamente falsificaciones de grandes marcas. Pero para conseguir réplicas de buena calidad tenía que viajar trimestralmente al abarrotado mercado chino que estaba al otro lado de la frontera. Debido a que no se atrevía a conducir sola largas distancias, y Tibor simplemente no soportaba este tipo de cosas, se veía obligada a ir en autobús. En aquellas ocasiones, el abarrotado transporte partía a las 4 de la mañana y regresaba a altas horas de la noche del día de compras. Sus compañeros de viaje se codeaban para lanzarse sobre los vendedores y no perderse nada.

Sin embargo, estaba más preocupada por el cuantioso préstamo personal, que no tenía ni idea de cómo devolver. Y entonces aparece Kriszti con su palabrería “barata”. Quería gritarle en la cara: ¡Nada es super barato, tía!

Estaba paralizada por la angustia. Quería conseguir un trabajo, pero no quería verse en una situación indigna. Cómo iba a ser, por ejemplo, a trabajar como reponedora en un almacén cuando vestía con las mayores marcas y conducía un coche de lujo, y además, tampoco podía hacer eso con Tibor, que por cierto, estaba a punto de renunciar a pagar el arrendamiento del coche y devolverlo. Un conocido le había ofrecido conseguirle un modelo de doce años con matrícula nueva. Entre sus amigos ya habían comenzado a decir que los BMW más antiguos eran mucho mejores y mucho más fiables que los nuevos. En cada reunión mencionaban al menos una vez lo descontentos que estaban con el coche nuevo y que se estaban planteando cambiarlo por uno mejor.

Bella dejó ese tema de lado con las chicas. Kriszti necesitaba dinero para comprar las mochilas escolares y pagar los frenillos para sus hijos, Timi para su hermana discapacitada y Éva para pagar el alquiler. Bella y Tibor afortunadamente vivían en la casa que Tibor había heredado de sus abuelos. No habrían podido pagar un alquiler ni una hipoteca y mantener las apariencias al mismo tiempo. Todo el dinero que ganaba Tibor iba a parar en el arrendamiento del coche. Pero al menos era consciente de que no debía insistir más. Bella adoraba al chico porque era de los que podían sobrevivir en cualquier situación. Ingenioso, atrevido y siempre abierto a diferentes posibilidades. Pero se sentía obligado a aparentar lo que no tenía.

Bella se sentía mejor con sus amigas porque ninguna quería aparentar más de lo era. Kriszti era la única que sentía que tenía que ser otra persona. Era como si temiera que si admitía que no tenía dinero para ir a cafés elegantes cada dos por tres, tendría menos. Además, fingía que lo hacía por el bien de Bella. Como si el pasatiempo favorito de Bella fuera tirar el dinero mientras gritaba: «¡Tía, esto es una ganga!»

—¿Sabías que el dueño del gimnasio quebró? —preguntó Kriszti con los ojos brillantes y las fosas nasales dilatadas.

—¿Y eso debería alegrarnos? —enarcó las cejas Bella —Creía que a todas nos gusta ir allí.

—Claro que nos gusta, ¡pero es que resulta que no le va tan bien como aparentaba! Y eso que se le daba muy bien. Incluso a esa putilla con la que anda, que no sabe dónde meter su cara, así de grande la tiene. Como si ella tuviera todo el mérito de que su pareja esté lleno de pasta —río de una forma ridícula—, que no es el caso. Imagino que debe estar flipando por tener que llevar de vuelta el flamante Mercedes que le pusieron bajo su trasero.

Bella se quedó petrificada. Según la escuchaba, se percató de que, si ella estuviera en problemas, Kriszti se alegraría por ello. Esta mujer sólo es feliz cuando las cosas le van mal a alguien. Especialmente si se trata de sus finanzas. Se quedó mirándola estupefacta.

—El dueño ha invertido mucho trabajo en ese gimnasio. Si quiebra perderá todo por lo que ha trabajado durante años.

—Y se lo merece —soltó Kriszti su veredicto.

—¿Por qué? —Bella no podía creer lo que escuchaba.

—Porque es un estúpido, presuntuoso, rico y paleto, por eso. No me digas que es posible ganar tanto dinero haciendo un trabajo decente como para comprarle un coche de lujo a su novia.

—Pero ya sabes que no todos los coches de lujo cuestan una fortuna, ¿verdad? Y, de todos modos, ¿por qué no se podría ganar mucho dinero con un trabajo decente?

—Entonces yo también sería millonaria. Pero sabes qué, prefiero estar sin blanca a ser una gorrona que se gasta el dinero de su hombre —supongo que era consciente de que había ido demasiado lejos, pero ya estaba en ello, y no pudo dar marcha atrás.

Y ya está. Ese era todo el argumento que tenía. Si ella no podía hacerlo, nadie más podía. De hecho, sería mejor que a todos les fuera un poco peor que a ella. Por eso se esforzaba tanto por complacer a Bella. Por envidia. De ella, de su subsidio de desempleo y de su enorme préstamo personal, por el que tenía que devolver casi el doble. Debería haberlo pensado. Pidió la cuenta y dejó una propina más generosa de lo habitual. Como mucho, no comprará comida en uno o dos días. Kriszti cogió su bolso, pero Bella negó con la cabeza.

—Déjalo, eres mi invitada. Tibor ha tenido una semana especialmente buena.