Olivia no quería dormir mientras su esposo seguía afuera en el patio. Pensó que esperaría a Oscar y que hablarían tranquilamente del asunto. No era un gran problema que hubieran discutido. Oscar la había avergonzado delante de sus amigos, y ella se había ido de la reunión y vuelto a casa. ¿Qué se suponía que debía hacer cuando todos se reían de ella porque Oscar la llamó „Blancavaca”? ¿Quedarse allí educadamente y esperar a que todos terminaran de reírse? Blancavaca. Oscar podía irse al diablo.
A las dos de la mañana, Olivia no pudo soportarlo más. Salió al patio a buscarlo. Sospechaba que él estaba sentado detrás de los arbustos de frambuesa con una botella de whiskey. Cada vez que estaba muy enojado, eso era lo que hacía.
—¿Estás enojado?— preguntó Olivia con timidez.
—No.—llegó la respuesta agotada. —Solo estoy triste.
—¿Triste?—Olivia se sorprendió.
—Sí. Muy triste. No sé en qué momento todo empezó a salir tan mal.
—Me llamaste Blancavaca.
—¿Y? ¿Eso es razón para humillarme delante de nuestros amigos? ¿No entiendes una broma?
—Sabes cuánto me esfuerzo por bajar de peso.
—¿Qué tiene que ver eso?
—Entonces, ¿por qué me llamaste vaca?
—No te llamé vaca.— respondió Oscar furioso. —¡Te estaba bromeando cariñosamente! ¡Y tú te fuiste corriendo como una idiota solo porque nos reímos un poco! ¡De mi broma!
—Lo siento.— susurró Olivia con la garganta seca. —Pensé que te estabas burlando de mí porque ese vestido blanco no me quedaba bien.
—Déjame en paz, ¿vale?
***
La puerta del garaje se cerró de golpe con un fuerte estruendo contra el frente del coche. Olivia gritó. Se quedó parada allí durante varios minutos, mirando con los ojos llenos de lágrimas la abolladura. Esperaba despertarse y darse cuenta de que todo había sido un sueño. Mientras tanto, un pesado sentimiento de culpa mezclado con miedo le oprimía el pecho como una roca. Nunca antes había dañado un coche, nunca había tenido un accidente. Y ahora, una maldita puerta había abollado la parte delantera de su coche nuevo.
Oscar observó la abolladura en silencio.
—¿Estás muy enojado?— Olivia sollozó.
—No estoy enojado.—respondió Oscar con voz cansada. —Estoy triste. No pensé que cuando hiciera viento no podrías aparcar en el patio. Pensé que podrías sostener la puerta abierta. Supongo que me equivoqué.
—No sé cómo pasó…
—¿De verdad? ¿Y por qué no? ¿No estabas aquí? ¿Alguien más dañó el coche, que ni siquiera hemos terminado de pagar?
—Lo siento mucho.
—Con disculpas no hacemos mucho. El mecánico no las aceptará como pago.— Oscar negó con la cabeza desaprobando. —Estoy tan jodidamente triste.
***
—¿Qué te dijo tu papá?— preguntó Olivia a su hijo mayor. —¿Estaba muy enojado porque perdiste sus guantes de snowboard?
—Dijo que no estaba enojado, solo triste.
—Sí— comentó Olivia con sarcasmo—, eso pasa a veces. Tendrás que conseguirle un par nuevo.
***
—¿A dónde vas?— preguntó Oscar cuando vio a su esposa.
—A cenar con dos colegas. Los conoces, Rob y Lee.
—No dijiste nada.— dijo Oscar, confundido.
—Sí lo hice.— respondió Olivia con firmeza. —Te lo dije anteayer, que tenía planes esta noche.
—Pensé que ibas a ver a una de tus amigas o algo así.
—Ese era el plan, pero terminó siendo una cena con Rob y Lee,— Olivia sonrió. —¿Es un problema?
—No es exactamente un problema, solo que…
—Lo sé, lo sé, estás triste. No te preocupes. Sírvete un whiskey y mira una comedia. ¡Ya verás que te sentirás mejor!