En la penumbra de la madrugada, María José sintió la mirada de su vecina, Ludmilla. No levantó la vista hacia la ventana, pero sabía exactamente que la anciana alemana la observaba desde allí. Involuntariamente, se encogió de hombros.
—Vaya, qué bien —murmuró para sí misma—. Ahora va a pensar que hablo sola.
Se tapó la boca con la mano. Porque lo hago, se rió entre dientes.
—Vieja tonta y senil —murmuró Ludmilla, observando los movimientos de María José—. ¿Qué demonios ve Carlos en esa mujer inútil? Aparte de sus pasteles, no tiene absolutamente nada que valga la pena —refunfuñó.
—¿Pasa algo? —preguntó Israel somnoliento.
Ludmilla puso los ojos en blanco.
—No pasa nada. ¿Por qué habría de pasar algo?
—¿Por qué estás espiando otra vez?
—No estoy espiando —replicó la mujer, irritada.
—Sí que lo estás —bostezó su esposo—. Y además, vuelves a murmurar sola y me despiertas.
—Te lo he dicho cien veces, múdate a otra habitación.
—Lo haría si estuvieras dispuesta a despejar una.
—Está bien. Lo solucionaremos hoy.
Los ojos de Ludmilla lanzaron chispas.
—Buenos días, mi ángel —exclamó Carlos con entusiasmo—. ¿Alguien te vio?
—¿Bromeas? Ni siquiera los alemanes se despiertan tan temprano.
María José no quería admitir que Ludmilla la vigilaba con regularidad cada vez que se escabullía a la casa del anciano. Era la única que sospechaba que tenían un romance. Pero Ludmilla no era de las que chismeaban. No porque fuera particularmente discreta, sino porque despreciaba a todos los habitantes del edificio. No hablaba con nadie, excepto con María José. Y, por supuesto, no podía contarle a ella misma que tres veces por semana la observaba desde la ventana de su dormitorio.
Hasta donde sabía María José, nadie más sospechaba de su relación con Carlos. Es cierto que ambos vivían solos y podían hacer lo que quisieran, pero su romance aún era demasiado reciente como para hacerlo público.
—Ven, cariño, no perdamos el tiempo —dijo Carlos con ansias, tomando la mano de su amante secreta.
No tuvo que decírselo dos veces. María José prácticamente voló hacia el dormitorio.
Ted miró su reloj. Esa mañana, María José había llegado diez minutos antes de lo habitual a la casa de ese viejo asador astuto. Lo anotó. Nada escapaba a su atención. ¿Qué demonios hacen esos dos tres veces por semana? No hay manera de que tengan tanto sexo. Hasta a él le parecería excesivo, y eso que ni siquiera se molestaba en esas tonterías. No, definitivamente estaban tramando algo más. Conspirando. Esa vieja bruja tenía una mirada sospechosa.
—¿Y bien? ¿Llegó María José? —preguntó Bernard, antes de soltar un largo bostezo.
—Sí. Un poco antes de lo habitual.
—Vaya, vaya —murmuró Bernard contra la almohada—. ¿No puede contenerse ni a primera hora de la mañana?
Noud rió por lo bajo.
—No seas desagradable. No sabes cómo serás a esa edad. Aunque, con lo vago que eres, seguro que envidiarás un ritmo de tres veces por semana.
Bernard se incorporó de un salto.
—¿Vago? ¿Yo? ¡Me ofende esa insinuación!
Noud le lanzó un cojín decorativo.
—¡Pues oféndete con esto, dormilón! Yo ya terminé mi sesión de yoga matutina.
—Papá, despierta —susurró Fabian en voz alta.
—¿Seguro que ya es la hora? —preguntó Adrian, medio dormido.
—Seguro. María José acaba de llegar a casa del tío Carlos. Mamá siempre me despierta a esta hora.
—Aún quedan diez minutos —murmuró su padre entre dientes.