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Calle la Rosa, 22 – Parte 31

—¿Qué opinas, Noud? ¿De qué va todo esto? —preguntó Bernard cuando por fin el patio del complejo se quedó en silencio.

—Para ser honesto, no tengo ni idea. Pero no me gustaría estar en el lugar de Ted. Por cierto, creo que sospecha de nosotros.

—¿Y qué te hace pensar eso?

—Porque Carlos no podría haber hecho algo así. Y Ted ni siquiera sospecha que no nos interesan sus estúpidas y infantiles notas.

—Ah —Bernard sacudió la cabeza—. No creo que siquiera se le pase por la cabeza. No tiene idea de quiénes somos realmente. Nos vigila por rutina, como a todos los demás. Si sospechara algo, ya habría huido de la isla. No se arriesgaría. Solo llamó a la policía porque cree que está a salvo.

—Fue una imprudencia de su parte involucrar a las autoridades. Entiendo que quisiera demostrar su poder y dejar claro que no tiene nada que ocultar, pero jugar con fuego nunca es una buena idea.

—Especialmente cuando es el único que puede quemarse. Ted es el único objetivo aquí, y todavía no se ha dado cuenta.

—Eso es porque Carlos no deja de rondarnos, metiendo la pata con sus estúpidos jueguitos —gruñó Noud.

Bernard sonrió con malicia.

—Tengo que admitir que a veces me divierte ver lo en serio que se toma a sí mismo el viejo.

—Bueno, su pequeño micrófono espía fue bastante impresionante.

—Tienes razón. Hay que reconocer que fue un movimiento inteligente.

A Ted no le hacía ninguna gracia haber hecho el ridículo delante de la policía. Los llamó por un robo, pero no les dijo exactamente qué le habían robado. Entonces, ¿para qué llamarlos en primer lugar? Pero tampoco podía confesar que lo que había desaparecido era su colección de fotografías y notas sobre los residentes. ¿Había cometido un error? Tal vez. Pero tenía que demostrar que no tenía nada que temer. Aunque eso significara asumir un riesgo enorme. Especialmente cuando no podía estar seguro de quién era el culpable.

Carlos parecía el sospechoso más evidente, pero sus ridículos jueguitos con relojes de juguete y sus imaginarias llamadas telefónicas lo hacían parecer cualquier cosa menos una amenaza seria. Y además, ¿qué haría con las notas de Ted? ¿Qué ganaría con la información que contenían? Hasta María José les sacaría más provecho que ese viejo bocazas.

Bernard y Noud, en cambio, no eran más que vulgares ladrones a los ojos de Ted, unos rateros incapaces de distinguir una joya de verdad de una bisutería barata. El hombre de gafas de culo de botella no tenía dudas de que los dos holandeses se ganaban la vida asaltando casas. Precisamente por eso, estaba ansioso por atraparlos con las manos en la masa. Al principio, había supuesto que habían sido ellos quienes entraron en su casa. Pero el hecho de que no se hubieran llevado nada más aparte de sus notas hizo que dejara de sospechar de ellos. Claro, no guardaba mucho dinero ni objetos de valor en casa, pero cualquier ladrón común habría tomado su teléfono o la cartera que descansaba sobre la mesa del salón.

Después de lavar con esmero las tazas de café con las que había servido a los policías y a Ted, Carlos decidió que era el momento de visitar a sus vecinos.

—Esto es una locura, te lo juro —murmuró, sacudiendo la cabeza mientras subía a la terraza de los holandeses.

—Justo le decía lo mismo a Noud —lo saludó Bernard con un apretón de manos—. El mundo se ha vuelto loco. ¿Quién iba a pensar que algo así podría ocurrir en un complejo cerrado con cámaras de seguridad?

—Esperemos que las grabaciones revelen quién es el sinvergüenza que nos está perturbando la paz. Tal vez sea el mismo que la otra vez rondaba por aquí con un traje de buceo.

Bernard hizo un esfuerzo por contener una sonrisa burlona.

—No creo que haya ninguna relación entre los dos incidentes.

—¿Y por qué estás tan seguro de eso? —lo desafió Carlos.

—Mira, amigo, no sé quién andaba por aquí aquella vez, pero ni siquiera se pudo demostrar que realmente ocurrió, bien podría haber sido imaginación de la niña alemana. En cuanto a quien entró en la casa de Ted, debe de ser algún lunático.

—¿Lunático? —saltó el viejo.

—Eso mismo. No me digas que un ladrón de verdad haría un agujero en el cristal para entrar a una casa.

Carlos se mordió el labio. »Ya verás quién es el lunático«, pensó, y se marchó rumbo a la casa de Ted.