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Uñas postizas

—Mami, ¿puedo ponerme uñas postizas también?

—Ni hablar.

—Por faaa…—suplicó dulcemente la niña de doce años.

—El pegamento te arruinaría las uñitas—respondió su madre, intentando razonar con ella.

—¿Y si solo las probara una vez? Solo esta vez. Además, ya estamos en verano…

—¡Pero si son horribles! Y más en tus deditos. ¿Cómo crees que quedaría eso? Ni siquiera hacen uñas postizas tan pequeñas.

—Anita tuvo por su cumpleaños. Su madre la dejó llevarlas unos días y luego tuvo que quitárselas.

—¿Y si te las pintamos con esmalte rojo con purpurina? ¿Qué te parece?

—Pero, mami…—gimoteó la niña.

—Voy a llamar a la madre de Anita y le pregunto.

—¡Gracias! —chilló la pequeña.

—No me des las gracias todavía. No he prometido nada. He dicho que llamaría. Eso no quiere decir que vaya a decir que sí.

—Elige unas que no sean enormes ni exageradas. A mí todas me parecen gigantes—advirtió la madre con tono severo unos días más tarde, después de ceder por fin ante las interminables súplicas.

Solo esta vez. Solo por unos días. Solo en casa. Vale, podía enseñárselas a Anita. Pero luego, sin excusas: habría que quitárselas.

A su hija esos detalles no le importaban lo más mínimo. Con los orificios nasales dilatados, las mejillas coloradas y los ojos brillantes de emoción, se lanzó al pasillo de uñas postizas del supermercado.

Cogió caja tras caja, buscando el diseño más bonito.

—¡Mira estas! ¡Ni siquiera son tan grandes! —dijo entusiasmada.

—Hmm—asintió su madre con aprobación.—La verdad es que son bastante monas.

—¿Te gustan? —preguntó la niña esperanzada, deseando que su madre se contagiara de su alegría.

—Sí—respondió con suavidad.

Ya que había accedido, no quería estropear el momento.

Las uñas decoradas con estampado en blanco y negro, salpicadas de pequeñas flores amarillas, eran de las opciones más discretas que se pegaban en casa.

—¿Quién tiene que hacer pis?—preguntó la madre al entrar en el museo.

Después de más de diez años de maternidad, ya estaba acostumbrada a hacer esa pregunta cada media hora cada vez que salían de casa.

Esta vez solo su hija quiso ir al baño. Su marido y su hijo se quedaron en el vestíbulo.

—¿Me ayudas?

—¿A qué?—preguntó la madre, desconcertada.

—Pues… a abrir la puerta—respondió con impaciencia la voz desde el interior del lavabo.

—¿Cómo voy a ayudarte si tú estás dentro y yo fuera?

—¡No puedo abrirla!

—¿Cómo que no puedes?

—Hay que girar un botón, pero no puedo por las uñas.

La madre se quedó mirando fijamente la puerta.

—Estás de broma.

—¡Mami!—saltó la niña, con el miedo empezando a colarse en su voz.—¡Ábrela, por favor!

—No me lo creo… ¿De verdad un botón te supera? Intenta girarlo de varias maneras.

Desde dentro llegaban los ruidos de intentos desesperados.

—¡Entra y ábrela!—gritó la niña, al borde del llanto.

La madre entendió que primero tenía que calmarla.

Sabía que la cerradura seguramente era sencilla, pero para abrirla, la pequeña tenía que centrarse.

—Respira hondo y aléjate un poco de la puerta. No la toques. Primero tienes que tranquilizarte. Sabes que esto solo es una puerta de baño, no un acertijo complicado. Has abierto cientos como esta. Solo es un botón que hay que girar un poquito. Las uñas no te lo impiden.

—Vale…—sollozó la niña.

—Coloca la mano con todos los dedos apuntando hacia el suelo. ¿Lo tienes?

—Sí.

—Genial. Ahora gíra la mano para que la uña del pulgar mire hacia la puerta.

—Vale…

—Y ahora, desde un lado, pon los dedos sobre el botón. Así deberías poder girarlo.

Tras unos segundos que parecieron eternos, la puerta por fin se abrió.

—¿Ves? ¡Sabía que podías hacerlo!—exclamó la madre, aliviada.

—Claro… —murmuró la niña, intentando contener las lágrimas.—Me rompí las uñas para abrirla…

Segundos después, se dejó llevar por un llanto liberador, largo y sentido.