—¿Carlos? —la voz de María José sonó cansada e insegura—. ¿A dónde me has traído?
Parecía menos sorprendida que él de despertarse junto a Carlos en un lugar desconocido. Carlos se giró lentamente hacia ella. Esperaba que, para cuando sus miradas se encontraran, se le ocurriera alguna explicación tranquilizadora de por qué estaban en Bangkok.
—Majo, cariño… —empezó Carlos, dudoso.
—Ay, ni lo intentes —le cortó ella—. Si después de ponerte como un loco por lo de las notas robadas de Ted ahora te pones a hablarme con cariñitos, casi prefiero no saber nada.
Con un quejido y resoplando, se incorporó y, como si fuera lo más normal del mundo, se dirigió al baño. Carlos la miró desconcertado. ¿Ya está? ¿La vieja ni siquiera se asoma a la ventana? ¿Ni se sorprende de lo cutre que es esta habitación?
Mientras María José se daba una ducha sin ninguna prisa, Carlos intentaba, nervioso, reconstruir cuál era su último recuerdo antes de despertarse en el hotel. ¿Con quién había hablado? ¿Dónde estaba exactamente? Tenía que haber algo, alguna pista.
La pastelera jubilada salió del baño con la toalla enrollada en la cabeza. Sin dudarlo, abrió el cajón de abajo y sacó su ropa. Carlos sintió que la sangre se le helaba en las venas. ¿Cómo sabía María José que sus cosas estaban ahí? ¿Y por qué no estaba entrando en pánico?
—¿Qué estás haciendo? —preguntó con tono seco.
—Vistiéndome —respondió con toda naturalidad—. Ya no tengo veinte años para andar paseándome desnuda delante de ti.
—Quiero decir —Carlos carraspeó—, ¿cómo sabías que tu ropa estaba en el cajón de abajo?
María José se encogió de hombros.
—No lo sabía. He abierto uno al azar y ha sido este.
—¿Y no te sorprende haberte despertado en la habitación de un hotel?
—Ya me he sorprendido antes. No me hace ninguna gracia haber perdido así la cabeza ayer, pero no puedo cambiar lo que ya pasó. Aunque —torció la boca— me podías haber llevado a un sitio mejor. ¿En qué parte de la isla estamos, por cierto?
Carlos entrecerró los ojos, examinando su rostro arrugado. Le picaba la nuca. Siempre le pasaba cuando algo no le cuadraba.
—Cuando estés lista, nos vamos —dijo con sequedad.
—¿A qué hora es el desayuno? —preguntó María José—. Aunque —añadió, decepcionada— no me encuentro muy bien. ¿Qué demonios bebimos ayer a nuestra edad? Tengo la boca tan seca que la lengua se me pega al paladar.
Carlos estuvo a punto de soltarle que no había sido por el alcohol, pero se limitó a hacer un gesto con la mano. No le gustaba la actitud de la anciana. Estaba tomándose la situación con demasiada ligereza. Y eso solo hacía que su sospecha creciera: quizás María José tenía algo que ver con su secuestro.
Finalmente, la mujer se acercó a la ventana.
—¿Pero dónde demonios estamos, Carlos? —exclamó, horrorizada, al apartar la cortina desgastada que apenas servía para atenuar la luz del sol.
Carlos se sintió aliviado. Aun así, el mal presentimiento y la incertidumbre seguían presentes.
—En Bangkok. Cuando te hayas recuperado un poco, nos vamos al aeropuerto.
—Primero consígueme una Coca-Cola bien fría. No pienso moverme de aquí hasta que la tenga —le ordenó con firmeza. Se sentó en la cama con gesto desafiante y cruzó las piernas.
Una sombra volvió a pasar por la frente de Carlos. No entendía el comportamiento de la mujer. La observó un rato, sentada allí, enfurruñada y molesta, y luego salió al pasillo. O María José no sabía dónde estaba Bangkok o simplemente creía que habían acabado en una parte de la isla que ella no conocía. No es que quedaran muchos sitios donde María José no hubiera estado. Lo más probable era que ni se le hubiera pasado por la cabeza la posibilidad de haber sido drogada y secuestrada.
Carlos no se sentía cómodo dejándola sola en la habitación, pero sus instintos le decían que no pasaría nada. Nadie traslada a dos ancianos al otro lado del mundo solo para hacerles daño. Eso podrían haberlo hecho perfectamente en su casa. Alguien solo quería que se apartara. ¿Pero quién?