Al oír el timbre, Ludmilla de repente no supo cómo reaccionar. Desde que se había mudado al complejo de la Calle la Rosa 22, apenas había sonado nunca. Cualquiera que iba a visitarla siempre llegaba por la terraza y llamaba golpeando en la puerta de cristal. Miró a su alrededor, como si esperara que alguien la ayudara, pero ni Israel ni Juannita estaban en casa.
El timbre sonó de nuevo. Como si la persona que estaba fuera supiera perfectamente que Ludmilla estaba en casa, pero estuviera dudando.
La anciana se dirigió a la puerta con desgana. A medida que se acercaba al recibidor, el corazón le latía con más fuerza. La recorrió una extraña excitación, una especie de intuición. Se detuvo en seco. ¿Y si lo que estaba sintiendo era su propia desgracia? ¿Y si fuera había un asesino en serie?
—¡Ludmilla! —gritó alguien desde el otro lado.
La gruesa puerta de ébano y la distancia distorsionaron la voz, pero había algo claro: era un hombre.
La mujer alemana reunió todo su valor: no podía asustarse por un simple timbrazo. Inspiró hondo y giró decidida el pestillo de seguridad.
En el umbral estaba Esteban, en persona. Pero esta vez no llevaba su habitual sonrisa orgullosa y pícara. Tenía un gesto preocupado, visiblemente alterado.
—¡Esteban! —susurró Ludmilla con voz ronca.
Se asustó del horrible sonido que había salido de su propia garganta. Se apresuró a aclararse la voz, pero el hombre no le dio tiempo a repetirlo.
—¿Qué sabes de María José y Carlos? —preguntó con impaciencia.
—¿A qué te refieres?
—No me refiero a si se están viendo a escondidas para retozar, me refiero a que… ¿dónde demonios se han metido?
La seriedad de Esteban descolocó a Ludmilla. Le miró en silencio, alarmada.
—Perdona —se dio cuenta el amigo de Carlos—. No quería asustarte, discúlpame.
Le tocó suavemente el codo.
—¿Me dejarías pasar para que podamos hablar tranquilos?
Ludmilla asintió. Sin decir palabra, le invitó a entrar a aquel hombre con el que había soñado más de una vez desde que, en su día, la levantó en brazos.
Esteban avanzó con paso firme hacia el amplio salón-comedor. En cuanto Ludmilla le alcanzó, empezó sin rodeos.
—Esto es serio, cariño. Muy serio.
—¿Pero por qué estás tan seguro? María José a menudo no vuelve a casa.
—¿Durante dos días?
—Bueno, eso es verdad —admitió la alemana, rascándose la cabeza—. Es raro que desaparezca tanto tiempo. Pensé que habían estado demasiado tiempo en pausa y ahora solo querían recuperar el tiempo perdido… en la cama. Aunque… por Perla podría haber avisado. No es que yo no le dé de comer a ese bichillo cuando se pone a gimotear…
—A eso me refiero precisamente —la voz de Esteban tembló de emoción—. Carlos no se ha presentado en la reunión de esta mañana. Y eso es algo que nadie, jamás, puede perderse. Si alguien no puede venir, es obligatorio avisar con antelación. Si no lo hace y no aparece, solo puede significar una cosa: está en apuros.
Miró a Ludmilla con las mejillas sonrojadas, el pecho agitado y una mirada cargada de significado.
—¿Qué tipo de problema pueden tener dos jubilados tortolitos? ¿Se han puesto malos mientras retozaban? —rezongó la mujer.
—Imposible —sentenció Esteban con voz grave—. No están en casa. De hecho, todo indica que ni siquiera regresaron de la cena.
Ludmilla se dejó caer en el sofá. Sentía una fuerte presión en el pecho. Se llevó las manos temblorosas al corazón, mientras una ola de desesperación, como nunca antes había sentido, se apoderaba de su mente.
—Deberíamos llamar a la policía —musitó.
—No. Para eso estamos nosotros, los detectives privados. Lo resolveremos antes que nadie. Solo necesitaba confirmar que, efectivamente, no habían vuelto a ninguna de sus casas.