En este momento estás viendo El diario de Emily – Entrada 13

El diario de Emily – Entrada 13

Por fin tenía un nombre de verdad

Thessa me llamó el martes por la mañana para preguntarme qué tal estaba. Su voz empalagosa me recorrió la espalda con un escalofrío. Conozco a Thessa. Y aunque la admiro, sé que es una calculadora hija de puta. Para ella, todo el mundo y todo lo que existe lleva una etiqueta invisible con un valor exacto, traducible a dinero. Ahora mismo soy importante porque ninguno de sus traductores le hace ganar la pasta que le hago ganar yo. Eso no cambia el hecho de que está buscando a mi sustituto a toda velocidad. De eso estoy completamente segura. Simplemente no quiere necesitarme tanto. Aún no ha encontrado a nadie. Lo notaría.

También sabe que la cagué y que no conté con Ben. En algún sitio, probablemente esté repantigada en la silla, metiéndose palomitas en la boca mientras espera a ver cómo salgo de este desastre. Y, si tuviera que apostar algo, diría que lleva una semana convirtiéndose en la mejor amiga de todos los demás traductores. Preguntando constantemente. Haciéndoles hablar. Intentando averiguar si estoy pasándole parte del trabajo a alguien a sus espaldas. Muy en el fondo, ni siquiera ella cree de verdad que yo fuera capaz de hacerlo. Porque me conoce. Antes reviento que hacer algo que me deje vulnerable delante de ella… o de cualquiera.

Como el domingo soñé con Ben y su catálogo, no me sorprendió recibir el correo del vendedor de barcos el miércoles por la mañana. Fue casi como si hubiera sentido exactamente en qué situación tan desesperada había conseguido meterme yo sola. En mi vida había visto un proyecto tan caótico y tan jodidamente desastroso.

Al principio me limité a mirar la pantalla, subiendo y bajando páginas sin dar crédito. Luego me eché a llorar, impotente. Después miré la fecha de entrega. Y lloré todavía más. Luego me bebí dos gin-tonics enormes y seguí llorando.

Habría estado bien llamar a Adele o a Mark, pero no me apetecían ni sermones ni proposiciones sexuales. Entonces me vino Gruñón a la cabeza. Ese cabrón que probablemente piensa que nosotros nos pasamos el día tocándonos las narices mientras él hace algún trabajo súper importante y absolutamente indispensable. Y entonces me acordé de otra cosa: después de que Mark hubiera conseguido empeorar todavía más la situación, probablemente no tendría que acercarme a la farmacia en meses.

Me miré al espejo. Sí. Esta cara agotada y hecha polvo de aquí.

¿Esto es lo que te da envidia?

¿Esto es lo que te hace sentir mejor?

¿Saber que la vida tampoco trata con delicadeza a los demás?

Idiota.

Bajé a la farmacia en zapatillas, pantalón de chándal y una camiseta dada de sí. Y el karma se puso a trabajar inmediatamente porque me tocó una cola larguísima.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó con una frialdad dolorosa, como si no me hubiera visto en su vida.

—No puedo dormir. ¿Tenéis alguna infusión relajante o algo así?

—¿Una infusión o algo así?

—No lo sé.

—¿Y por qué no puedes dormir? ¿Te duele algo?

—Dos compañeros se dieron de baja y asumí también su trabajo. No voy a tener ni un solo día libre durante los próximos seis meses.

La mirada se le fue al mostrador. Sus dedos empezaron a tamborilear con impaciencia.

—Ya veo. Entonces… ¿te duele algo?

—No —susurré con la voz quebrada.

Se giró bruscamente y fue hacia el fondo de las estanterías. Se agachó, abrió un cajón grande y empezó a rebuscar dentro. Tras inspeccionar lo que había encontrado, volvió caminando despacio. Luego dejó la mezcla de hierbas delante de mí.

—Melisa. Esto te ayudará seguro. ¿Algo más?

Sí. Algo de simpatía. Algo de amabilidad.

—No, gracias.

—Genial.

*

Ya estaba calentando agua cuando un pensamiento me revolvió el estómago:

¿Y si me hubiera encontrado con el padre karateca?

Me eché a reír. Ni siquiera sé cómo se llama. Joder. ¿De verdad eso no había importado hasta ahora? ¿Cuánto tiempo más pensábamos seguir llamándonos Entrenador de Kárate y Chica Mágica?

La sonrisa fue desapareciendo poco a poco. Me vinieron a la cabeza sus hijos. ¿De verdad quiero convertirme en una madrastra malvada? Por mucho que intenté apartar la idea, niños y niñas con caritas tristes seguían bailando delante de mis ojos. Miradas de reproche. Lágrimas. Vale. Su madre está viva. No sería una madrastra. Entonces ¿qué sería? ¿La otra? Joder. El niño tiene cinco años. Va a infantil. Y la niña acaba de empezar primaria. Cuentos antes de dormir.

Me llevé la mano a la sien. Joder, qué idiota soy. ¿Para qué tuve que lanzarme a su boca? Cogí la botella de ginebra para servirme otra copa, pero por suerte algún freno subconsciente me detuvo. Por mucha mierda que me hubiera caído encima últimamente, tenía que concentrarme. Tenía que seguir. Solo unos meses más. Luego ya tendría tiempo de sobra para obsesionarme con estupideces.

La infusión de melisa realmente me ayudó a dormir mucho mejor. Aumenté las sesiones de sentadillas a treinta seguidas, pero seguí evitando salir a caminar. Y eso que me apetecería muchísimo volver a sentarme un rato junto al río. Hace un tiempo precioso. Tumbarme en cualquier sitio, escuchar a los pájaros, sentir el calor suave del sol en la cara…

Esta mañana me llamó Mark.

—¿Puedo subir a mear a tu casa?

Por un segundo pensé que había oído mal.

—¿Qué?

—Estoy a punto de reventar y acabo de dejar a Sofia en urgencias dentales. Venga, déjame subir.

Todavía no conseguía procesar lo que estaba pasando.

—¿En la clínica no hay baño?

—¿Lo dices en serio? —saltó ofendido.

—Es que no lo entiendo…

—¿Qué es lo que no entiendes? ¿Que no me bajara delante de la clínica, donde nunca hay sitio para aparcar, y acompañara de la manita a mi novia adulta?

No me atreví a preguntarle por qué no había ido al baño antes de salir de casa, como cualquier persona normal.

—Vale —cedí—. Está bien.

Entorné la puerta y volví al ordenador. Unos minutos después volvió a llamarme.

—¡Por favor, baja! ¡El código no funciona!

—¿Qué quieres decir con que no funciona?

—¡No lo sé, pero ya no aguanto más! —me gritó al oído.

Una niebla roja me invadió el cerebro. Solo quería llegar hasta Mark cuanto antes para mandarlo a la mierda por ser incapaz de dejarme tranquila. Bajé las escaleras a toda prisa. Ni se me pasó por la cabeza coger el ascensor. Pero en cuanto lo vi a través del cristal, desesperado y hecho polvo, me dio pena al instante. Iba de un lado a otro delante de la entrada con una expresión de absoluto sufrimiento.

Le abrí. Pasó corriendo a mi lado y llamó al ascensor. Las puertas ya casi se habían cerrado cuando el padre karateca apareció de la nada, arrastrando a los dos niños detrás, y se metió dentro.

Las puertas apenas acababan de cerrarse cuando sacó una tarjeta arrugada del bolsillo y me la tendió con la cara roja como un tomate.

—El otro día preguntaste dónde daba clases. ¿No eras tú la que dijo que quería traer a su hijo? —balbuceó.

Se la arranqué de la mano como si alguien pudiera quitármela.

—Ah… sí, sí. Gracias —farfullé.

Malditos ascensores.

Demasiado rápidos.

*

—¿Y este imbécil exactamente quién cree que eres? —se rio Mark al salir del baño.

Me encogí de hombros y bajé la cabeza para que no me viera la cara. Me ardía tanto que casi dolía.

—¿Y yo qué sé?

—De todas formas tiene gracia que se la cogieras —sonrió—. Le va a dar algo cuando se encuentre con la persona a la que iba dirigida de verdad.

Me dio una palmada en el hombro, un beso en la frente y volvió a ponerse los zapatos. Cuando reaccioné, ya se había ido.

De verdad solo había venido a usar el baño.

De verdad no había querido molestarme.

De verdad soy horrible por pensar siempre lo peor.

Pero la tarjeta… Puede que sea la cosa más adorable del mundo. ¿Cuántos días llevaría guardándola en el bolsillo para que estuviera tan gastada?

Se llama Ryan.

Y ahora también tengo su número de teléfono.