La repentina aparición de Esteban le pareció a Ted una auténtica salvación. Más exactamente: su acercamiento. En cuanto vio al hombre, se levantó de un salto, se ajustó las gruesas gafas de culo de botella y se dirigió hacia la piscina. No le importaba lo más mínimo por qué ese personaje indeseado estaba otra vez en el complejo, igual que había aparecido varias veces en los últimos días. Solo había una cosa en su cabeza: Viktoria.
Dajana y Pauline ya habían dejado la piscina, probablemente para ir a recoger a sus hijos del colegio. Pero la belleza alemana seguía allí. Estaba cómodamente tumbada en la hamaca, con los ojos cerrados, como si estuviera esperando que un hombre valiente, ingenioso y de mente afilada se acercara, la sedujera… y se la llevara a la cama.
¿Cómo?!
Ted se detuvo en seco. ¿Llevarla a la cama? ¿Y luego qué? ¿No hacer nada? ¿Quizá desnudarla y quedarse mirándola con anhelo? ¿O ni siquiera eso? ¿Simplemente babear mientras la observa como un adolescente?
Se quedó completamente paralizado. No podía acercarse en ese estado. Seguro que acabaría diciendo o haciendo alguna estupidez monumental.
Desde algún lugar detrás de él, como si estuviera dentro de una burbuja insonorizada, alcanzó a oír vagamente a Carlos arrastrar ruidosamente su silla, el golpecito de la botella de cerveza sobre la mesa de cristal y después el efusivo saludo entre él y Esteban. Ni se le pasó por la cabeza darse la vuelta. Medio aturdido por la emoción, avanzó mecánicamente sobre la hierba en dirección a la piscina. Con cada paso, al apoyar el talón en el suelo, una especie de latido le recorría por dentro, como si fuera un muñeco de trapo con columna vertebral movido por una fuerza invisible.
Viktoria se incorporó alarmada al ver que Ted se dirigía hacia ella con tanta determinación. La expresión de su rostro la asustó. Miró a su alrededor, confusa, tratando de averiguar qué podría haber alterado tanto a ese hombre ya de por sí inestable. No habían dejado ningún desorden. No había charcos alrededor de la piscina, ni sonaba música. Los tres vasos de batido estaban perfectamente alineados sobre la mesita, listos para llevárselos a casa. No entendía nada. ¿Tal vez su risa de antes le había molestado tanto?
A Ted solo le faltaban unos pocos pasos para alcanzarla. Viktoria lo tuvo claro: no quería descubrir qué había encendido la chispa de ese hombre de mecha tan corta. En un movimiento rápido, agarró los vasos con cuatro dedos, se levantó de un salto de la tumbona y recogió la toalla fina sobre la que había estado tumbada. Se calzó las chanclas y se alejó todo lo rápido que pudo. ¡Ni hablar! No iba a exponerse a uno de los ataques de Ted. No estaba tan loca como para quedarse a escuchar las locuras que soltaría después de una mañana que había sido de lo más agradable.
—Viktoria —escuchó la voz vacilante de Ted a sus espaldas.
A la madre alemana ni se le pasó por la cabeza girarse. Que el hombre la llamara con un tono bastante amable esta vez no significaba absolutamente nada. Podía ser perfectamente una trampa. Ted era capaz de cualquier cosa, especialmente cuando le entraban ganas de discutir. No paraba hasta provocar una buena pelea. Iba pinchando hasta que conseguía que el otro explotara. Y Viktoria no estaba dispuesta a hacerle ese favor.
—Eh… —volvió a llamarla Ted, casi en tono suplicante.
Viktoria se detuvo en seco. Respiró hondo y se giró lentamente, dejando bien claro lo poco que le apetecía estar allí. Mientras lo hacía, se prometió a sí misma que, a la primera palabra desagradable, lo dejaría plantado sin pensárselo dos veces.
Lo miró directamente a los ojos, casi desafiándolo: Bueno, ¿qué quieres?
—Te he traído una cerveza de jengibre bien fresquita —dijo Ted, extendiendo el brazo hacia ella con una sonrisa tontorrona en la cara—. He oído que te gusta…