En este momento estás viendo Calle la Rosa, 22 – Parte 69

Calle la Rosa, 22 – Parte 69

—Ven, amigo, vamos a bajar a la playa. Allí podremos hablar con más tranquilidad —sugirió Esteban.

A Carlos no hubo que decírselo dos veces. No tenía ninguna intención de relatar la historia de su secuestro en un lugar donde hasta las paredes tienen oídos.

Pero apenas habían salido de la terraza de Ted cuando Bernard y Noud aparecieron junto a la casa de al lado.

—¡Carlos, Esteban! —exclamó Bernard con alegría—. ¡Qué sorpresa!

—Venid, sentaos con nosotros, enseguida os traigo un buen café —les ofreció amablemente Noud.

—Oh, no queremos entreteneros —se disculpó Carlos, visiblemente pálido—. Justo íbamos a marcharnos. Esteban necesita una mano para mover unos muebles. Dejamos el café para la próxima, ¿os parece?

—No os vais a librar de nosotros tan fácilmente —rió Bernard, aunque con un toque algo forzado—. Solo un café y un par de palabras, luego os dejamos tranquilos, lo prometo.

Lanzó una mirada de súplica a Noud, que entendió al instante.

—Hace siglos que no tenemos una conversación en condiciones —añadió Noud—. Hace días que ni siquiera os vemos.

Una sombra cruzó fugazmente el rostro de Carlos.

—Es cierto —cedió por fin—. Estos últimos días los he pasado con María José.

—Ah, el amor… —suspiró Bernard.

—Bueno… no exactamente —respondió Carlos con sequedad—. Algo tuvo que entrarle en el cuerpo. Casi se muere. Hizo una breve pausa, dejando que sus palabras calaran en los demás. —Sabéis que a nuestra edad ya no se puede tomar cualquier cosa. El cuerpo no funciona como cuando tienes veinte años. No aguanta igual. Llega un momento… en que simplemente se rinde. Y ya está. Se acabó.

Tosió un par de veces para tragarse la rabia y contener las lágrimas.

Un silencio pesado, cargado de tensión, se apoderó de los cuatro hombres.

Noud contemplaba con desaliento sus pies, enfundados en suaves náuticos. Bernard se pasó la mano por el pelo para disimular el temblor de sus dedos. Esteban, que todavía no entendía del todo lo que estaba ocurriendo delante de sus narices, no apartaba la vista de Ted. El hombre se acercaba a la piscina, botella en mano.

—Qué pringado es este Ted… —negó con la cabeza Esteban.

Los demás respiraron aliviados, agradeciendo que el tema por fin hubiera cambiado.

—Sí… Ted —sonrió Noud con un gesto apenas visible—. Lo de ligar no es precisamente lo suyo.

—Pero al menos lo intenta —encogió los hombros Bernard.

—¿Quieres decir que da un par de pasos torpes?

—¿Y qué más da? Así, al menos, no está maquinando cómo fastidiar a los demás.

Carlos escuchaba en silencio la conversación de los dos holandeses. Los últimos días le habían dejado agotado, incluso a él, que normalmente disfrutaba de las aventuras peligrosas. Pero esas aventuras le gustaban solo o con veteranos bien entrenados como él, no en compañía de señoras mayores. Sin embargo, había algo que ahora tenía clarísimo: Ted no tenía nada que ver con todo aquello. Noud y Bernard, en cambio, no podían haber dejado más claro que estaban metidos hasta el cuello. Su plan chapucero había quedado al descubierto solo con sus reacciones —ese momento en que se congelaron ante las palabras de Carlos lo decía todo.

Y eso era lo que realmente asustaba a Carlos. Significaba que sus vidas habían estado, de verdad, en peligro.

—Aun así —volvió a hablar Esteban—, hay que reconocer que ahora tiene mejor pinta que antes, con esa ridícula mata de heno que llevaba en la cabeza. Su mirada se perdió unos segundos, y luego se echó a reír en voz baja. —Y eso que no he mencionado todavía ese bigote digno de película porno… ¡Madre mía, qué cara más hostiable tenía!