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Porque puedo

Se sentó en la mesa de una forma completamente distinta esta vez. No estaba agotado, ni irritado como otras veces, dejándose caer sobre esa silla de plástico incómoda (la que tiene el respaldo absurdamente estrecho). Apoyó el codo con desgana. Empujó un poco la bandeja de plástico que tenía delante. Hurgó entre las patatas frías y sin sabor. Cogió una, se quedó mirándola un instante, y luego la tiró de nuevo con las demás. Secas. Insípidas. Una mierda. ¿Quién coño querría comerse eso? Tensó el brazo y echó un vistazo de reojo a las chicas jóvenes de la mesa de al lado, preguntándose si estarían notando el bíceps grueso y bien formado… y el reloj llamativo en su muñeca. Una pieza espectacular: hasta los que no entienden de relojes podrían adivinar que barato no es. La luz brillaba con elegancia sobre los pequeños cristales incrustados en la esfera. Una auténtica joyita. “Reloj-joya”, así lo llamó el vendedor. Le daba igual. Siempre miraba la hora en el móvil. Nunca le gustó pelearse con agujas. Ni con rayitas minúsculas. Sobre todo cuando la aguja grande está entre dos de ellas. ¿Quién cojones sabe qué hora es exactamente en ese momento? Bah, qué más da. Para eso está el móvil.

Probablemente también debería haberlo dejado encima de la mesa. No pasa nada, dentro de un minuto fingirá que hace una llamada. Las chicas tenían que ver ese aparato. Si ya estaba ahí, asándose bajo el sol, por lo menos que sirviera para algo.

Giró la cabeza hacia la piscina de olas. ¡Joder, cómo odiaba ese sitio antes! Todos esos críos estúpidos pisoteándose entre sí, y luego venga a sacar a los que salían medio ahogados. Ni ahora soportaba ese chillido colectivo que estallaba justo cuando arrancaba la máquina de olas, como por arte de magia. Aunque, eso sí, no le vendría mal refrescarse un poco. Quizá más tarde se acercaría a la piscina de atrás para un chapuzón rápido. Lo malo era que allí estaba lleno de pavos y flipados de gimnasio. Él todavía tenía que entrenar más para estar al nivel. Si no, solo haría el ridículo. Aunque—seamos sinceros—esos payasos de ahí fuera no ganaban en todo un año lo que él se embolsaba en un mes.

A lo mejor solo por joder, metía los pies en el agua. Que los capullos vieran bien el reloj. Y el móvil. El dinero los callaba a todos. Bueno, a todas no. Las chicas eran justo lo contrario. En cuanto veían pasta, empezaban a hablar. A coquetear sin parar. Y hacían bien. Por eso tenía los muslos sudados pegados a esa puta silla de plástico.

Se levantó. Instintivamente cogió la bandeja para tirarla a la basura. Pero se quedó clavado. ¡Venga ya! Ni de coña iba a recoger sus cosas. Que lo hiciera otro. Como él mismo tuvo que hacer durante años. Algún pringado mal pagado vendría a limpiar la mesa. Él también lo hacía antes, sin rechistar. Recogía restos medio masticados y asquerosos que ni siquiera habían tenido la decencia de dejar en la bandeja. Y aunque llevase guantes, acababa pringado hasta los codos—salsas, grasa, mierda pegajosa por todas partes. Dios, cómo odiaba a aquella panda de guarros. Negó con la cabeza. No debería haber recordado todo eso.

Ya no tenía que hacer esas mierdas. Ahora ganaba pasta de verdad. El reloj pesaba tanto que casi le arrastraba la muñeca. ¿El móvil? Solo lo tenían en unas pocas tiendas. ¿Y el coche nuevo? Llegaba en unas semanas.

¿Y qué coño le importaba a nadie lo que hacía antes?

En su día se había jurado que si salía de aquellos años—sobreviviendo al día a día—no volvería a pisar este puto parque acuático jamás. Pero a veces no hay más remedio. A veces tienes que demostrarle a alguien—como a ese cerdo de cara grasienta de ahí—que tú no eres un pringado cualquiera. Que tú tienes dinero. Para lo que te dé la gana. No como ese guarro lleno de manchas, atiborrándose de patatas blandas que ni sal llevaban.

Sonrió con suficiencia. A esa inútil le vino bien la lección.

¿Qué pensaba? ¿Que se iba a quedar ahí tan tranquilo mientras ella le servía la cerveza hecha un asco? Más le valía aprender cómo funcionaban las cosas, si quería conservar el curro. Tenía que entender que no todo el mundo allí era un muerto de hambre que había estado ahorrando cinco años para irse de vacaciones. También había gente como él. Ese reloj en su muñeca no era solo por estética. Era un mensaje. Una mirada bastaba para entenderlo.

Esperaba que la cerveza se sirviera como Dios manda. No a lo bestia, salpicando todo. Y encima, teniendo que llevársela él mismo a la mesa. Una mesa sin sombrilla. Y una silla que te abrasa los muslos nada más sentarte. Qué mierda de sitio.

En serio, estos desgraciados ya podían espabilar un poco. Si de vez en cuando el universo lo plantaba entre ellos, lo mínimo era que actuaran como personas.