En este momento estás viendo Marca toda la diferencia

Marca toda la diferencia

Paul se detuvo en seco al ver la mesa cuidadosamente puesta. Frunció el ceño y se rascó la cabeza con lentitud. Luego dejó su maletín de cuero negro y brillante en la silla más cercana. Sus ojos iban de un lado a otro entre los elegantes platos de porcelana y los cubiertos de plata relucientes.

—¿Esperamos visita? —preguntó con tono vacilante.

—¿Vas en serio?

La voz de Claire, cargada de reproche desde lo más profundo de la cocina, le recordó que esa noche era la quedada con las chicas.

Paul suspiró aliviado. No era asunto suyo. Se encerraría en el dormitorio a ver una película mientras su mujer se lo pasaba bien con sus amigas en el salón. Tal vez, por pura cortesía, se pasaría de vez en cuando a rellenarles las copas, para que vieran qué caballero estaba a punto de casarse con la anfitriona. Que se mueran de envidia, pensó, por el partidazo que se había echado Claire antes de cumplir los treinta.

Se aflojó la corbata y se dirigió al baño. Inconscientemente, enderezó la espalda, alzó la cabeza y caminó con paso seguro.

Se miró en el espejo y se pasó la mano por la cara. No tendría que haberse afeitado. Un poco de barba le habría dado un aire más duro, más masculino. Su pelo era demasiado claro, demasiado fino. Podría quitarse fácilmente diez años de encima. Esa cara eternamente joven le sería útil algún día. Pero ahora mismo no le vendría mal parecer un poco más hombre.

Se sobresaltó al ver a Claire aparecer junto a su reflejo en el espejo. Ella, con las manos en las caderas y los ojos entornados, intentaba mostrar indignación, pero la sonrisa que le bailaba en la comisura de los labios la delataba. Nunca había sabido enfadarse de verdad, ni con Paul ni con nadie.

—¿De verdad lo has olvidado?

—¡Claro que no!

Paul se dio la vuelta, le cogió la cara redonda y acalorada con ambas manos, aspiró el aroma de carne asada y pan dulce que se había quedado impregnado en su espeso cabello, y la besó en sus labios carnosos y rojos. Los párpados de Claire se cerraron por el suave contacto, como casi siempre. Se acercó aún más y le dio un beso en el cuello. Paul no perdió el tiempo: condujo a su siempre dispuesta prometida hacia el dormitorio.

En cuanto Claire entendió adónde se dirigía, apartó de un tirón el bol de salsa que él ya se imaginaba saboreando, espeso y lleno de sabor.

—Ahora no —le dijo ella, seria—. Lo que sobre será todo tuyo, pero primero comemos nosotras.

Paul la recorrió con la mirada, desnuda, sujetando el bol con ambas manos.

—Así no hay quien te tome en serio, ¿lo sabías?

Sonrió satisfecho. Claire se encogió de hombros.

—Me da igual. También te he preparado cena, igual de rica que la nuestra. Pero de esta no pruebas.

Y antes de que él pudiera replicar, Claire se dio la vuelta y cubrió el bol con film transparente.

—¿Y quién viene? —preguntó Paul mientras su mirada se detenía, complacida, en las curvas de su trasero.

En realidad, no le interesaba la respuesta.

—Las de siempre, y la chica nueva —respondió Claire.

—¿Qué chica nueva?

—La que ha abierto ese pedazo de estudio de yoga…

—¿La puta? —gruñó Paul.

Todo su cuerpo se tensó.

—Por favor, Paul… —suspiró Claire.

—Te digo que es una zorra de mierda.

—¡Es instructora de yoga! Lo sabes perfectamente —la voz de Claire tembló.

Una vena palpitaba en la sien de Paul. Cerró los puños.

—Es una puta. Llámalo por su nombre.

Y dio un puñetazo en la encimera.

—Te digo que una puta no entra en esta casa.

—Solo fue escort durante unos años en la universidad, para poder pagarse los estudios —le siseó Claire.

—No me importa. Como la invites, la echo. Y tú te puedes largar con ella, si quieres.

En el bullicio del bar, Paul apenas oía cómo Lee balbuceaba algo sobre su ascenso. Tampoco es que le interesara demasiado. Ya formaba parte de la cúpula directiva de la empresa y ganaba una pasta. ¿Qué más daba el título con el que cobraba esa barbaridad? Además, Lee solo estaba presumiendo. Se le notaba lo mucho que disfrutaba por fin de poder restregarle algo a alguien.

—Solo me falta una cosa —se inclinó Lee.

Su aliento cálido, con olor a cerveza, le cosquilleaba la oreja a Paul.

—¿Y qué sería? —preguntó Paul con desgana.

—Una chica maja con la que celebrarlo.

Los ojos de Lee se entrecerraron con picardía, y su sonrisa—lasciva y autosatisfecha—dejaba ver sus dos incisivos frontales, más largos de lo normal.

—¿Y bien? —Paul se encogió de hombros.

—Seguro que tú conoces a alguien —le guiñó Lee.

Paul puso los ojos en blanco.

—Venga ya, tío —insistió Lee—. Todo el mundo sabe que te molan las putas…

—Acompañantes —le interrumpió Paul bruscamente.

Sus dedos tamborileaban con nerviosismo sobre la mesa. Hasta la suposición de que recogiera mujeres de la calle le resultaba ofensiva.

—Te paso un número —dijo al final—. Te va a contestar una tal Anna. Le dices lo que te apetece, y ella se encarga de todo. Pero no te saldrá barato.