En este momento estás viendo Adicción

Adicción

Llevo más de dos meses enganchada. Lo reconozco: jamás habría imaginado que algo así pudiera pasarme. A mí. Porque yo soy diferente. Especial. A mí no se me atrapa así como así, no se me encadena con facilidad. Yo sé decir “hasta aquí”, “ya basta”. De verdad.

¿La verdad?

Ni siquiera quiero parar.

Me absorbió, me envolvió, me ató.

Y sienta tan bien.

Cada mañana, cada mediodía, después de comer, y por la noche, justo antes de dormirme.

No diría que vivo por ello, ni que tiemblo esperando la próxima dosis. No, nada de eso. Pero ya no me imagino la vida sin ello. O mejor dicho… sin ellos. Son tres. Tres personalidades completamente distintas. Cada uno cumple su función.

El primero, mi dosis matutina, es el que me hace levantarme de la cama. De verdad. No solo salir arrastrándome de entre las sábanas para enfrentar el día con mejor o peor humor. Aunque tengo una hora entera para mí cada mañana—un desayuno tranquilo, el ritual de saborear mi café caliente, con un chorrito de leche de avellana y una pizca de especias navideñas—esto es distinto. Le da a mi día un color nuevo. Un marco amoroso, aromático, floral.

El segundo es imprescindible para la siesta después de comer. Ese varía: según mi estado de ánimo, elijo uno u otro. Hubo una época en que ese era el más importante de todos. Esperaba milagros. Y el milagro… ocurrió.

Nunca sabré si fue gracias a esa segunda dosis o al deseo creciente que ardía dentro de mí. Pero quizá da igual. Lo que sí sé es esto: sin ese momento del mediodía, el día ni empieza. A veces sale tan bien que me quedo dormida… y no me despierto hasta media hora después.

Pero al despertar, es como si hubiera vuelto a nacer. El día toma un nuevo impulso, mi imaginación vuela, la energía me desborda. Por la tarde ni necesito café.

Por la noche, estoy agotada de tanto ajetreo. No me desmayo ni nada dramático—pero me siento vacía.

Incapaz de hacer nada intelectual después del anochecer. Y física… ni hablar.

La última dosis es para desconectar. Antes no la necesitaba. Pero ahora… no puedo ni imaginarme sin ella.

En ese momento, mi mente se expande—un poco—como si necesitara un último vuelo de libertad. Y entonces, en pleno vuelo… todo se apaga.

Una mañana, por cuestiones técnicas, no pude empezar el día con mi dosis. Me afectó más de lo que esperaba. Yo misma me sorprendí. Me consolé pensando que la del mediodía me sabría aún mejor.

Y justo entonces, el mensajero me escribió que llegaría entre las once y las tres. Claro, podría decirme: venga, si cualquiera puede abrirle la puerta. Pero él siempre llama antes de llegar.

Cuando por fin recordé el escondite secreto donde dejan los paquetes si no estamos en casa, ya estaba completamente hundida en la autocompasión.

Por la noche, después de un día tan alterado, ya no me apetecía nada. Por pura rabia.

Antes de acostarme, me aseguré de que mis auriculares estuvieran completamente cargados. Nada podía interponerse en el camino de mi meditación matutina. La del hombre de voz sedosa y aterciopelada que me susurra al oído que, una vez más, me espera un día mágico—después de saludarme así:

—Buenos días, alma hermosa.