María José estaba mucho más decepcionada que enfadada. Así que Ludmilla le había endosado todo el marrón sin más. La había dejado como una vieja chiflada y mangante con un cuarto entero lleno de cacharros robados. Ni ella misma sabía ya lo que había allí dentro. Solo Dios sabría cuántos años de “botín” se habían ido acumulando en esa despensa. ¿Por qué no lo tiró todo cuando se mudó? Sobre todo teniendo en cuenta que la propia Ludmilla también había ido trayendo sus cosillas cada dos por tres.
Entrecerró los ojos mirando a su amiga. ¿Cómo habría sido exactamente aquella conversación? ¿Con qué tono, con qué gestos, con qué teatrillos la habría hundido Ludmilla en la miseria? ¿Y qué papel se habría adjudicado ella misma en la historia? ¿La amiga buena y comprensiva? ¿O con aires de madre enfadada, siempre regañando a la pobre inútil de María José?
—¿Y qué se suponía que tenía que decir? —preguntó Ludmilla, como si hubiera escuchado sus pensamientos.
—¿Pues no decir nada, tal vez? —saltó la vieja pastelera.
—¿Después de que apareciera la chaqueta de Esteban en tu despensa?
—¿Que era de Esteban? ¿No de algún otro invitado?
Ludmilla negó despacio, con toda la calma. Se llevó la mano derecha al pecho y le puso a María José ojos de perrito culpable.
A la vieja canaria le subió la bilis.
—Mira, Ludmilla —empezó con voz amenazante. Se puso las manos en la cintura, encogió los hombros y dio un paso hacia delante—. Tú sabes de sobra que todos esos trastos los fuimos juntando entre las dos, ¿verdad?
—Hace semanas que no robo nada.
A María José se le abrieron los ojos como platos.
—¿Ah, sí? —chilló—. ¿Y la toalla fucsia chillona que tanto le gusta a Viktoria se metió sola en la despensa o qué?
—Eso lleva allí la tira de tiempo —zanjó Ludmilla con un gesto—. Hace mucho que no siento ganas de coger nada que sea de otra persona.
—Pero el pasado no lo borras ni queriendo.
—Puede… pero ahora lo único que importa es el presente. Y ahora mismo —remarcó Ludmilla— no le quito nada a nadie. Estoy curada.
Los ojos de María José volvieron a hacerse finos como hilos.
—¿Por Esteban?
—Ya antes sentía que había tenido bastante —explicó Ludmilla—. Pero sí, el hecho de que Esteban encontrara su chaqueta en tu casa fue un mensaje bien claro del universo.
Las cejas de la pastelera se le subieron hasta la raíz del pelo.
—¿De verdad? —canturreó—. ¿Directo del mismísimo universo?
—Búrlate lo que quieras, no cambia nada. He conseguido vencer este impulso horrible. —Echó los hombros atrás, sacó pecho y alzó la barbilla—. Y por supuesto, estaría encantada de ayudarte a ti a dejarlo también.
—¿Encantada, dices? —le soltó María José con guasa venenosa.
—Me da igual el tono con el que me hables. Sigues siendo mi amiga y estoy a tu lado.
María José bajó la cabeza con aire resignado.
—Ya… Solo que esas medias que llevas, la semana pasada se las vi a Dajana.
La cara de Ludmilla se puso roja como un tomate. Instintivamente escondió un pie detrás del otro. María José pilló el gesto y se le dibujó en la boca una sonrisa burlona.
—¡Ave María purísima, Ludmilla! ¡Que era broma, mujer! ¡Esas medias te las compraste tú el año pasado! —Abrió los brazos de par en par—. ¿Así que ni sabes si la semana pasada robaste algo o no? ¿Y vienes a darme lecciones con el universo y las chaquetas mensajeras? —tronó—. ¡Curada, dice! ¡Anda ya, brujilla ladina!
Ludmilla se tapó la cara con las manos y salió de la casa hecha una furia.