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Calle la Rosa, 22 – Parte 76

—Tenemos que hablar —gritó Ludmilla antes siquiera de llegar a la mesa donde María José tomaba café en la terraza.

Avanzaba con paso decidido hacia su vecina, agitando los brazos a la altura del pecho como si estuviera corriendo. El pelo, suelto y despeinado, le caía sobre los hombros, algo del todo inusual en ella: nunca salía de casa sin recogérselo con esmero. La blusa de satén naranja chillón y el pantalón de lino, ligeramente más claro, contrastaban de forma extraña con su aspecto desaliñado.

En el fondo, esperaba que su amiga se levantara nerviosa y le abriera la puerta acristalada antes de que ella llegara. Pero la anciana repostera se limitó a coger con parsimonia la botella de licor de almendras, verter un poco en su taza y remover con cuidado. Recibió a la agitada Ludmilla con una sonrisa satisfecha.

—Sí, sí que tenemos que hablar —se rió María José—. Todavía no me has contado cómo fue tu cita con Esteban.

Ludmilla la mandó callar con un gesto nervioso. Echó una mirada furtiva hacia su casa, como si temiera que Israel escuchara el cotilleo de su amiga. Aunque sabía perfectamente que su marido ya estaría en la pista de petanca lanzando bolas con sus amigos.

—Eso no fue una cita. No digas tonterías —masculló Ludmilla.

Se quedó plantada frente a la mesita del jardín, impaciente.

—Anda, siéntate ya —le reprendió María José con dulzura.

Ludmilla dirigió una mirada suplicante a las puertas acristaladas de doble hoja. Al ver su reflejo, se llevó la mano al pelo por puro instinto.

—No quiero que los vecinos me vean así —murmuró, incómoda.

En otras circunstancias, le habría dado vergüenza que la vieran con ese aspecto. Pero esta vez le venía bien. María José tenía que entenderla. Era igual de maniática y quisquillosa que ella. Dos ancianas con sus manías, que debían apoyarse mutuamente.

—¿Qué pasa, que era tan urgente que no te ha dado tiempo ni a peinarte? ¿Te persigue alguien? —soltó la repostera con tono irónico.

Ludmilla conocía demasiado bien a su vecina como para esperar que se levantara de su cómodo sillón de jardín una vez que había empezado a tomarse el café.

—Ya lo hago yo —se ofreció Ludmilla, con entusiasmo.

Habría hecho cualquier cosa con tal de entrar por fin en la casa, a salvo, con la puerta cerrada. Sobre todo después de que Esteban hubiera inspeccionado a fondo las dos viviendas y confirmara que no había micrófonos ocultos. María José empezó a recoger con desgana la taza, el platito con el pastel y la botella de licor. Pero Ludmilla no se esperó. Con movimientos rápidos y decididos, lo colocó todo sobre la bandeja de plata, calentada por el sol. Sin pensarlo, se metió en la boca un beso de almendra y luego señaló con la cabeza la puerta, indicándole a su amiga que la abriera de una vez.

—¿Puedo al menos beberme esto? —preguntó María José con sarcasmo, una vez que se hubieron acomodado en el sofá espacioso del salón, tapizado de un suave terciopelo marrón cálido.

—¿Y por qué no ibas a poder? —frunció el ceño Ludmilla—. Solo te he pedido que entremos.

María José se apresuró a coger su taza. Estaba a punto de dar un sorbo cuando la mano se le quedó suspendida en el aire.

—¿Te sirvo a ti también?

La verdad es que a Ludmilla también le apetecía un café con licor de almendras, pero no tenía corazón para hacer que su amiga repitiera su ritual matutino por segunda vez. Se levantó y se dirigió a la cocina.

—Ya me sirvo yo. No te molestes.

La anciana repostera suspiró aliviada y por fin dio un largo trago a su café ya frío.

—¿Entonces?

—Esteban sabe tu secreto —anunció Ludmilla con voz impasible, balanceando su taza azul marino favorita entre los dedos.

Las cejas de María José se alzaron hasta la frente.

—¿Qué secreto, exactamente?

Ludmilla hizo un gesto seco con la cabeza en dirección al trastero, junto a la entrada.

—Ese.

La taza tintineó contra el platillo al temblarle la mano. A María José se le fue el color del rostro. Se quedó mirando un buen rato la punta de sus zapatos, y luego levantó la mirada, seria, clavando los ojos en los de su amiga.

—O sea que le has dicho… que lo hago yo sola.