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Calle la Rosa, 22 – Parte 83

Ludmilla, María José y Carlos se quedaron paralizados al ver a Noud en el umbral de la puerta. Por un instante, los tres pensaron que había llegado el final. El grito aterrador, la explicación de Ludmilla de que quizá Ted ya yacía sin vida en manos de Noud y Bernard, los había dejado completamente descolocados. Ni siquiera Carlos, el veterano exdetective, sabía cómo interpretar la situación. Pálidos y temblorosos, aguardaban el golpe definitivo que el holandés, con su pijama de estampado marinero y los ojos aún somnolientos, podía descargar sobre ellos en cualquier momento.

—¿También habéis oído ese ruido? —preguntó Noud.

—S-sí —balbuceó María José, buscando la mano de Ludmilla.

El rostro del hombre se veía deshecho mientras sus ojos saltaban de una jubilada a la otra.

—Estoy tan preocupado por Bernard… —su voz se quebró.

Pasaron unos segundos antes de que los tres ancianos comprendieran que no corrían un peligro inmediato. Carlos fue el primero en reaccionar. Se acercó a Noud, le pasó un brazo por el hombro con cautela y lo condujo hacia la mesa del comedor. Le acercó una silla.

—Siéntate, amigo, y cuéntanos cómo podemos ayudarte —dijo. Luego lanzó una mirada de soslayo a las mujeres que se removían en medio del salón. Con un leve gesto de cabeza les indicó que también respaldaran al holandés.

—Tranquilízate, cariño —atinó a decir María José—. Bernard es listo, fuerte… no le va a pasar nada.

Pero Ludmilla no se anduvo con rodeos:

—¿Está con Ted? —disparó con brusquedad.

En lugar de responder, Noud se tapó la cara con las manos. Carlos fulminó con la mirada a la alemana.

—Ahora mismo cada mínimo detalle cuenta, Noud —dijo con tensión, entrecerrando los ojos con desconfianza—. ¿Por qué piensas siquiera que deberías estar preocupado?

—Ni siquiera sé dónde está —suspiró Noud.

—Igual se ha ido a dar una vuelta a Bangkok —soltó María José con sarcasmo.

Ella ya no se sentía amenazada, y le parecía francamente absurdo que fuera precisamente ella quien tuviera que consolar a Noud.

—Así no ayudas a nadie —gruñó Carlos—. Mejor se van pa’ la casa —añadió en un tono que no admitía réplica.

—No hace falta que lo digas dos veces —saltó María José, agarrando del brazo a Ludmilla.

Pero la alemana se tensó, como si los pies se le hubieran quedado clavados en el suelo.

—Prefiero quedarme —jadeó, con la cara encendida.

Y, como si no hubiera escuchado las palabras de Carlos, se sentó junto a Noud y le puso la mano en el muslo.

—¡Vamos a casa de Ted y lo sacamos de allí! Ese animal no puede con todos nosotros a la vez.

Alguien golpeó suavemente el cristal. Los cuatro dieron un grito de terror al unísono. Noud dio un salto, se volvió hacia la puerta del salón y se llevó la mano al pecho.

—¡Bernard, Dios mío!

En un abrir y cerrar de ojos estuvo delante de Bernard y, con un ímpetu nada propio de él, se arrojó a los brazos del hombre. Los tres jubilados se miraron entre sí, completamente desconcertados. Ya no entendían nada de lo que estaba ocurriendo a su alrededor.