Hacía seis meses que no abría la puerta más interior del gran armario. Simplemente no me atrevía ni siquiera a tocar el tirador de hierro forjado. Era como si temiera que la ropa de dentro —la que ya no me entra— asomara la cabeza entre risitas y dijera: ¿Qué pasa? ¿Todavía no te atreves a probarnos? Y como efectivamente era así, mejor no tentar a la suerte.
Me visto siempre con la ropa de las tres primeras secciones. Ya hay suficiente allí. De hecho, más que suficiente, porque al final siempre acabo poniéndome las mismas cuatro prendas. Para ir al supermercado o cuando llevo a los niños a algún sitio, los pantalones suaves con cintura elástica. Para hacer gestiones, los azul marino, perfectamente planchados. Y para cualquier otra salida, el vestido negro hasta los tobillos, con pequeñas flores y un escote que realza el pecho. Así que, en realidad, da igual lo que se esconda en la parte de atrás, esa que ya casi he olvidado.
Hace siglos que no pienso en los pantalones de lino rosa oscuro, ni en los color malva de tela suave con el cinturón decorativo. Ya no me imagino con la blusa azul marina de anclas ni con el vestido de encaje hasta la rodilla. Del resto, ni siquiera me acuerdo. Solo tienen una cosa en común: ninguno me vale. De hecho, la mayoría ya me quedaban justos cuando los compré, pero entonces estaba convencida de que en seis meses conquistaría el mundo llevándolos puestos. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde entonces? ¿Tres años? ¿O ya cuatro?
Aunque aún no me siento preparada, al fin abro de par en par aquella maldita puerta interior con un movimiento decidido. La visión es deslumbrante. Vestidos, faldas, pantalones, blusas, encajes… uno más bonito que otro. Ni siquiera sé si quiero otro golpe de realidad. Entorno la puerta. No, hoy no. No lo necesito. Pero justo cuando voy a cerrarla del todo, veo ese color. Ese tono maravilloso. Bah, qué más da… si no me entra, ya me consolaré después. Lo saco de la percha y lo dejo sobre la cama. Nos miramos durante un momento. Necesitamos unos segundos para reunir fuerzas, especialmente yo. En el instante siguiente, siento el forro suave y sedoso sobre mi piel. Subo la cremallera, abrocho el botón y… listo. Ahí estoy, frente al espejo del armario, con los pantalones con los que tantas veces había soñado. Los mismos con los que juré que, cuando adelgazara, los combinaría con un top negro sin mangas… o quizá con la blusa azul de anclas.
Bajo despacio las escaleras, saboreando cada paso desde el dormitorio hasta el salón. Me lo he ganado. Hoy soy la heroína, al menos en mi propia historia. Años de esfuerzo dan por fin su fruto. Abajo, mi marido y mi hijo adolescente me esperan, listos para salir. Sé que en cuanto me vean, se quedarán sin respiración y exclamarán con admiración: ¡Vaya! ¡Lo has conseguido! ¡Eres la mamá más guapa del mundo!
Con una sonrisa orgullosa, me acerco a ellos, preparada para restar importancia a los cumplidos con un gesto modesto.
—¿Qué hay de comer hoy? —pregunta mi hijo.
Mi mirada se dirige a mi marido. Aún no, pienso. Primero la admiración; el menú puede esperar.
Me observa, claramente sorprendido. Y no me extraña: el cambio es grande, acostumbrado como está a verme con pantalones anchos y camisetas holgadas que me escondían del mundo. Ahora, con este conjunto ajustado, de color llamativo, y la blusa elegante, la diferencia es impresionante.
—Mmm —murmura pensativo—. ¿Qué te parece si hoy paramos de camino en aquel mirador donde comimos aquel pescado tan rico la otra vez? Creo recordar que también tenían cordon bleu, por si los niños prefieren eso.