La luz de la tarde brillaba con un resplandor deslumbrante sobre la superficie de la piscina.
—¡Hola, vecino! —saludó Noud con alegría.
Con un movimiento rápido, se agachó y recogió un trozo de cristal del tamaño de un pulgar del sendero común, embaldosado, que llevaba hacia la piscina. Las baldosas estaban abrasadoras bajo sus pies descalzos.
Adrian estaba de pie en su terraza, con los brazos cruzados.
—Si es dinero, es mío —bromeó.
Como un cazador mostrando su trofeo, Noud levantó el fragmento de cristal bien alto.
—Menos mal que no ha acabado en el pie de alguno de los niños —dijo, negando lentamente con la cabeza.
—¿Cómo ha llegado ahí un cristal? —frunció el ceño Adrian.
—Buena pregunta —murmuró Noud, girando distraídamente el fragmento entre los dedos.
El eslovaco finalmente empezó a caminar hacia él, con pasos firmes y medidos.
—Llamaré al servicio de mantenimiento —dijo con voz dura—. Para eso pagamos las cuotas de la comunidad. Con todo el dinero que se llevan, no debería ser demasiado pedir una limpieza diaria.
Una sombra cruzó la frente de Noud.
—Quizá alguien lo dejó caer más tarde…
—¿A cinco metros de mi casa? —saltó Adrian—. ¡Venga ya! Nadie anda por aquí con un trozo de cristal en la mano.
—¿No podría haberlo tirado Dajana? ¿O los niños, tal vez? —sugirió Noud con cautela.
—Imposible —negó Adrian con la cabeza—. Me habría enterado.
Se volvió hacia la casa y gritó:
—¡Dajana!
Su voz rebotó con fuerza en las paredes, resonando por todo el patio.
El rostro de Noud se iluminó al verla aparecer en el umbral. Los dedos le tamborileaban impacientes en el muslo; apenas podía esperar a que se acercara.
—¿Has roto algo? —preguntó Adrian, con tono acusador.
Su esposa caminó hacia ellos de mala gana.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque Noud acaba de encontrar un trozo grande de cristal justo donde los niños corren hacia la piscina.
—¡Por el amor de Dios!
Dajana frunció el ceño, examinó el fragmento con atención, le dio varias vueltas y luego lo devolvió a la palma de Noud.
—Hmm —murmuró, apretando los labios—. Qué raro… No se ha roto nada desde que vivimos aquí. Al menos, que yo sepa.
—El otro día Ted también pisó uno —soltó Noud de golpe.
Dajana dio un respingo.
—¿Ted?
—S-sí… —tartamudeó Noud.
El sudor le perlaba la frente y la nuca. La comisura de su boca temblaba mientras escrutaba con cautela el rostro de Dajana.
—No lo creo —murmuró ella.
—¿P-por qué no?
No podía contener el tartamudeo. Para ocultar el temblor de su mano, la metió en el bolsillo.
—Que yo sepa, está demasiado enfermo como para ponerse en pie.
Noud se estremeció. Abrió la boca para decir algo, pero no salió sonido alguno.
Por suerte para él, Dajana habló primero.
—Lleva más de una semana en cama. Viktoria se está encargando de cuidarle. Hoy mismo me ha dicho que está fatal.
Noud ni siquiera se dio cuenta de que había apretado el puño en torno al cristal, ni de que la sangre ya empezaba a brotar bajo su dedo meñique.