Günter cayó con desarmante facilidad en la trampa de Noud. Mojó un trozo de cruasán en su café tibio con leche de almendras y se lo llevó a la boca, masticando con satisfacción mientras disfrutaba de su segundo desayuno del día.
—Ted no es pariente, solo un viejo amigo —respondió con calma.
Las cejas de Noud se alzaron de inmediato; una expresión de asombro exagerado se extendió por su rostro.
—¿Ah, sí? —preguntó, exagerando deliberadamente la sorpresa—. No me había dado cuenta de que vuestra relación fuera tan estrecha. De hecho —abrió los brazos de forma un tanto teatral—, pensaba que erais unos completos desconocidos, y que además no os caíais demasiado bien.
La sonrisa de Günter se congeló en una mueca. Se removió incómodo en la silla y carraspeó varias veces, intentando disimular su nerviosismo. Echó una mirada hacia la casa, buscando apoyo, pero la terraza estaba vacía. Noud no pudo ocultar su sonrisa satisfecha. Lanzó una mirada prudente a Bernard, aunque se arrepintió al instante. Los ojos de su compañero lanzaban chispas; los músculos de su rostro, tensos. Pero a Noud no le importaba. Su misión compartida había generado de algún modo una peligrosa trama paralela: un juego que sabía muy bien que era arriesgado y que nunca acababa bien.
—En realidad, Ted pertenece al antiguo círculo de amigos de Viktoria —empezó a explicar Günter, con voz vacilante—. Nunca me cayó demasiado bien… supongo que no hace falta que te diga por qué.
Durante unos segundos, jugueteó distraídamente con la cucharilla contra el borde de la taza. Luego, como si de repente se le ocurriera una historia convincente, su rostro se iluminó.
—Verás, estaba un poco celoso de él, y Viktoria rompió la relación por mí. No hablan desde hace años.
Pero Noud volvió a atacar sin piedad.
—¿Y cómo es que habéis acabado justo en la misma isla, en la misma ciudad y, además, en el mismo complejo? —preguntó con tono sospechoso—. Perdona, viejo amigo, pero eso me suena bastante raro. Quiero decir… —se metió aún más en el papel del ingenuo “amigo”— no te lo tomes a mal, pero aquí hay algo que no encaja. Ese tipo no compró una casa aquí por casualidad…
La sangre desapareció del rostro de Günter. La cucharilla tintineaba cada vez más rápido en su mano temblorosa.
—Bueno, yo… no lo creo —balbuceó—. Viktoria no es así, y confío plenamente en ella.
—Vamos, Günter, amigo mío —exclamó Noud, fingiendo indignación—. ¡Jamás insinuaría algo así sobre tu esposa! Me refería claramente a Ted. ¡De él me creo cualquier cosa!
—Ah… ya veo… —murmuró Günter, visiblemente perdido.
Noud no podía creer su suerte. Se volvió triunfante hacia Bernard. El pecho de su compañero subía y bajaba con fuerza, las aletas de la nariz dilatadas, los dedos clavados en las palmas de las manos cerradas en puños. Por un instante fugaz, Noud casi sintió compasión por él, pero la sensación se desvaneció enseguida. Bernard lo había traicionado, quién sabe por qué. Y todo por una desconocida llamada Viktoria. La comisura de sus labios se curvó en una media sonrisa burlona. Sí. Bernard merecía una lección.
Le tomó la muñeca a Günter con suavidad y le miró fijamente a los ojos.
—Si yo fuera tú —dijo con voz cálida y aterciopelada—, indagaría un poco en eso.
—S-sí… claro —murmuró Günter.
Se levantó tambaleante y, como si avanzara a tientas en la oscuridad, buscó la salida de la terraza.
—Te encanta remover la mierda, ¿eh? —gruñó Bernard—. La mezclas como si fuera una buena mermelada: despacio, con cariño y deleite.
Noud se irguió, levantando ligeramente la barbilla.
—Tú trajiste los ingredientes, vida mía —dijo, poniéndose en pie y cogiendo su taza—. En fin, gracias por el desayuno, estaba exquisito.