En este momento estás viendo Juegos y guerras silenciosas entre mujeres

Juegos y guerras silenciosas entre mujeres

A veces siento que nosotras, las mujeres, hablamos un idioma secreto. Uno que no está pensado para mantener la paz, sino para girarlo todo —sin hacer ruido— unas contra otras. Ni siquiera hacen falta voces elevadas: basta con una media sonrisa, un leve parpadeo significativo, ese «últimamente te veo muy cansada» soltado con falsa naturalidad… y el juego ya ha empezado.

Lo vemos cada día.

Madres juzgando a otras madres, como si la conducta de sus hijos fuera la prueba definitiva de su propia perfección. Como si ellas nunca hubieran tomado una mala decisión, como si no hubieran estado jamás tan agotadas —por dentro y por fuera— que lo único que pudieran pensar fuese: Mañana. Hoy no puedo más.

Mujeres comentando el cuerpo de otras mujeres —a veces en silencio, a veces en susurros, otras sin ningún pudor—. Como si no supiéramos todas lo difícil que es mirarse al espejo en esos días en los que nada sienta bien y parece que un hilo invisible dentro de nosotras pudiera romperse de un momento a otro.

Y aun así seguimos sonriendo. Seguimos interpretando el papel. Y, en secreto, a veces creemos que si a la otra le va peor, quizá a nosotras nos va mejor.

Esta es nuestra guerra silenciosa y brutal. No corre sangre —solo se desangra la autoestima.

No hay balas —solo palabras. Por alguna razón seguimos creyendo que la mujer de al lado es la enemiga, cuando en realidad carga con los mismos miedos, la misma culpa, solo que envueltos en un envoltorio diferente.

Todas conocemos esa sensación. Esa mujer que siempre va perfecta. La que tiene el pelo brillante, impecable, mientras el nuestro se parece —bueno— a ese famoso estropajo. La que parece que lo consigue todo sin esfuerzo.

Y es tan fácil soltar: Seguro que es superficial. Seguro que es una zorra. Algo raro habrá hecho.

Porque a veces es más sencillo rebajar a otra que enfrentarnos a nuestro propio dolor.

Y de pronto —si tenemos suerte— ocurre algo. Un instante pequeño, puro.

Un encuentro sin rabia, sin envidia, sin necesidad de defenderse. Solo reconocimiento. Un momento en el que una mujer deja de ver a la otra como rival y empieza a verla como un espejo.

Y es capaz de admitir, aunque sea en voz bajita, solo para sí misma:

«Ella es mejor en esto. Y eso no me hace menos.»

Ese instante es libertad. El momento en el que ya no necesitamos demostrar nada. En el que no hace falta esconder los miedos ni meternos en juegos mentales. Solo observar. Aprender del valor de otra mujer, de su gusto, de su disciplina… o de su ligereza. Permitimos que nos llegue algo de ella: un gesto, un ejemplo, una chispa de inspiración.

La rivalidad femenina se convierte en crecimiento cuando soltamos ese vacío profundo que la alimenta. Cuando el éxito de otra mujer deja de ser una amenaza y se vuelve una fuente de fuerza. Cuando su belleza no es un peligro, sino un recordatorio: también nosotras brillamos —solo que en otro tono.

La victoria más grande no es ganar a alguien. Es llegar, por fin, a un lugar en el que ya no hay a quién derrotar. Solo somos mujeres. Todas atravesando las mismas cimas y los mismos abismos, con nuestras historias cosidas a la espalda. Y quizá algún día dejemos de jugar a estas guerras silenciosas.

Y simplemente aprendamos.

Unas de otras.

Para nosotras mismas.