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Kabeer, Pixabay

Mujeres que me inspiran – Parte 1

Dra. C.

Desde que comprendí cuánto puedo aprender de otras mujeres, busco de forma consciente la compañía de aquellas que me inspiran. Y cuando tengo la suerte de estar entre ellas, intento aprovechar al máximo cada minuto que pasamos juntas.

Cada una me influye de un modo distinto: una me impresiona por su conocimiento, otra por su serenidad, y otra simplemente por su presencia.

La doctora C. ya es nuestra tercera pediatra. Me dio mucha pena cuando la primera se marchó: era una mujer joven, dulce y encantadora. A la segunda casi no llegamos a conocerla. Y entonces apareció la doctora C.: ese tipo de mujer que llena y domina el espacio, que consigue estar presente en cada rincón de la consulta al mismo tiempo.

Creo que entendí con quién trataba desde la primera visita, cuando se bajó la mascarilla y empezó a hablarme en voz alta, marcando cada sílaba.

Algunas quizá se habrían ofendido. Yo, en cambio, me alegré muchísimo: así entendía todo sin el menor esfuerzo. Incluso solté una carcajada de sorpresa, y al instante me pareció de lo más práctico.

Que sea inteligente, minuciosa y que trabaje con una humildad extraordinaria, eso lo doy por hecho. Creo que debería ser el requisito básico en cualquier profesión. Por supuesto que lo valoro, y me siento afortunada de que sea la médica de mis hijos, pero seamos sinceras: es lo que corresponde.

Y lo que aporta además —lo que realmente mejora nuestra calidad de vida— es la experiencia de estar en su consulta. Acompaña sus explicaciones con un toque de humor absurdo, para que no solo las entienda, sino también las recuerde… y todo ello mientras me lo paso bien. Es como sentarse a ver una buena película infantil: los niños están seguros y atendidos, y los padres no paran de mirarse al escuchar esos mensajes sutiles y brillantes dirigidos a ellos. Ese humor ingenioso, un poco absurdo, es exactamente lo que me alimenta el alma.

Una vez éramos bastantes en la sala de espera, y hubo un buen retraso. Nos atendieron con una hora de demora. Ya se acercaba el final de la jornada, y yo esperaba encontrarme con una doctora agotada y destrozada —sobre todo teniendo en cuenta lo sabias e infalibles que podemos creer ser las madres (con todos mis respetos para las excepciones). En lugar de eso, entró en la consulta como si acabara de volver de un fin de semana de spa.

No pude evitar preguntarle cómo lo hacía, y sobre todo: de dónde salía aquel buen humor.

—¿Pero qué dices? —respondió levantando una ceja—. Habéis esperado más de una hora. Lo mínimo es que os dé un servicio completo.

Para hacer eso, supongo que una tiene que ser, ante todo, buena persona. El conocimiento profesional y la autodisciplina no bastan por sí solos. Hace falta cierta calma, humanidad y fortaleza interior: algo que permita mantener el equilibrio pase lo que pase.

Cuando vamos a su consulta, no solo llevo a los niños: me llevo a mí también. Necesito esa pequeña “terapia” tanto como el paciente del momento. Y si pudiera, inventaría cualquier excusa cada par de semanas solo para recargarme con su energía y escuchar sus palabras, siempre tan divertidas y tan llenas de vida.