V., bailarina profesional
Al menos así es como la conozco, porque de su vida cotidiana prácticamente no sé nada. Aun así, forma parte de ese grupo de mujeres que dejan huella en mí, que me vienen a la mente a menudo, que me inspiran. Ella es V., la diva. A veces domina la sala con unos vaqueros desgastados y rotos, otras veces con unos pantalones anchos de rayas, y otras con un mono negro, llenando siempre el espacio con su intensa energía femenina.
Habla en voz baja y deprisa, y tengo que concentrarme mucho para entenderlo todo. A veces parece estricta; otras, siento que es consciente de cada pequeño movimiento de su cuerpo en cada instante. Como un pulpo que percibe cada una de sus ventosas.
A menudo da la impresión de que ninguno de sus gestos ocurre por azar. Como si todo respondiera a un código interno meticulosamente elaborado, el tipo de código que rige la manera en que se mueven y se sostienen las mujeres que encarnan la feminidad en estado puro.
Suele incomodarme estar rodeada de mujeres irresistiblemente guapas. Me recuerdan todo lo que yo no soy, todo lo que en mí no surgió de forma natural. Suelo bajar la mirada para que no vean lo más hondo de mi alma ni me lancen esa mirada que dice: Bueno, cariño, se te nota a kilómetros que no eres del club.
Así que me aparto discretamente y busco una pared amable contra la que apoyarme. De cara, por supuesto, para intentar mimetizarme un poco con el entorno, ya que desaparecer no puedo. Y si la mujer irresistiblemente guapa, además, es bocazas, entonces estoy perdida. En ese caso me toca maniobrar con sigilo para colocarme detrás de ella.
Pero V. es distinta. A su lado una se calma sin saber muy bien por qué. Es como si susurrara: «Ven, quiero enseñarte algo que te va a ayudar». Solo con su presencia crea un modelo, un puñado de gestos femeninos, posturas, energía… algo que agradeces poder tomar prestado de vez en cuando.
Más allá de su aura de diva, lo que de verdad merece admiración es su humildad profesional. Nunca, ni por un segundo, se le asoma en los ojos esa mirada que dice: Tienes más de cuarenta; da gracias de que no se te enreden las piernas y de que aún puedas ponerte recta.
No. Ella te corrige de verdad. Así no es. Ya casi lo tienes, pero aún no basta. No lo sostengas así, sino así. No ese impulso, este. Como lo haría una profesional. Se acerca a las mujeres de más de cuarenta con la misma seguridad con la que trata a las veinteañeras ágiles y elásticas, cuyos cuerpos no muestran el menor rastro de haber dado a luz: Voy a convertirte en bailarina.
Es de esas personas que te llevan al espejo para que veas lo que estás haciendo y te mantienen allí hasta que, por fin, sale bien. Y si aun así no funciona, te dice qué practicar en casa usando la puerta del frigorífico o el alféizar de la ventana. Para ella no eres la equivalencia en dinero de una hora de clase. Eres una mujer a la que de verdad quiere enseñar y moldear, con un cariño instintivo, incondicional y una profunda, natural forma de cuidar.