Dajana tamborileaba con las uñas sobre el cristal mugriento de la mesa de la azotea, despacio y con tensión. Un pequeño músculo le temblaba en la mejilla; la frente se le arrugaba sola. A ratos apretaba los labios, a ratos los metía hacia dentro, como si quisiera tragarse los pensamientos. Su mente no dejaba de escupir escenarios catastróficos, cada uno peor que el anterior.
Miró de reojo el móvil. Una fuerte necesidad de llamar a Viktoria le recorrió el cuerpo, pero ya sabía cómo terminaría aquello: con ese tonillo empalagoso, infantil, tipo “ay, cariño, no te preocupes”. A esa mujer no había que llamarla: había que acorralarla. Tendría que esperar a que llegara a casa y pillarla entonces. Quizá en el garaje subterráneo. Diría que acababa de terminar de limpiar un piso. En realidad, un plan bastante bueno. Y ya no podía retrasarlo más.
Bebió un sorbo de zumo de naranja recién exprimido, pero la acidez le recorrió la espalda en un escalofrío. ¿De dónde narices había sacado Adrián esas naranjas verdes? Seguro que otra vez se había olvidado de mirar la etiqueta; había comprado cualquier basura de importación en vez de fruta canaria de verdad. ¡No se le podía confiar nada, joder! Cogió el sirope de agave, lo inclinó sobre el vaso y dejó caer un chorro espeso y dorado que se hundió en el zumo.
Pegó un brinco cuando se abrió la puerta de la terraza. Adrián la miraba, desconcertado.
—¿No ibas a volver por la noche?
Dajana hizo un gesto desganado con la mano.
—Han cancelado todos los apartamentos de hoy. Esa zorra ha dicho que ya los hace ella.
Adrián se dejó caer en una de las sillas del jardín con un gemido preocupado.
—Venga ya… ¿otra vez? —Negó con la cabeza—. Así no vamos a ninguna parte. Necesitamos ese dinero, ¡coño!
El hombro de Dajana se contrajo un instante.
—No se decide todo por un día.
—Últimamente han sido muchos días, los suficientes para notarse en la cuenta —replicó Adrián.
—Ya lo sé. Pero repetirlo cada dos minutos no va a mejorar nada.
—Y hacer como si no hubiera nada que arreglar, tampoco.
—¿Ahora resulta que la culpa es mía? —saltó Dajana.
—¿Y de quién si no? Tú eres la que limpia casas, ¿no? —soltó Adrián, irritado—. Diles a esos dos imbéciles que elijan: o te dan trabajo de verdad y no te lo racionan, o los mandas a la mierda y buscas a otros.
—Guau, qué idea tan brillante —escupió Dajana con sarcasmo—. ¿Que si no me dan trabajo suficiente, les amenace? Seguro que así estaremos de maravilla.
—Me importa una mierda cómo estéis. Necesitamos dinero, hostia, ¡entérate de una vez!
Algo chispeó en los ojos de Dajana.
—Pues entérate tú: ¡no puedo permitirme cabrearles! Hay más limpiadoras en esta isla que estrellas en el cielo. Todo el mundo quiere limpiar. Si yo me voy, habrá cien detrás para sustituirme. Y yo seré la idiota buscando a ver quién necesita ayuda. Y entonces tendremos aún menos dinero. ¿Es eso lo que quieres?
—Pues pregunta aquí, en el complejo —contraatacó Adrián—. Esa parejita pija, los americano–franceses, fijo que tienen asistenta. Convénceles para que te contraten a ti.
Dajana lo miró como si le hubiera salido una segunda cabeza.
—¿Hablas en serio? ¿Que vaya puerta por puerta a mendigar trabajo? ¿Te das cuenta de lo humillante que sería?