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Calle la Rosa, 22 – Parte 97

—Ted —Noud le dio unas palmadas en el hombro al hombre de las gafas de culo de botella—. ¡Por fin de vuelta entre nosotros!

Ted arqueó una ceja.

—Me imagino cuánto me habéis echado de menos —dijo con sarcasmo—. Sobre todo vosotros dos.

—Vamos, vecino… —rió el holandés con cierta incomodidad—. Al fin y al cabo, formamos parte de la misma comunidad. Un grupo grande, colorido e interesante. Eso es lo que somos. ¿Verdad, Bernard?

Bernard emitió un murmullo significativo y asintió con la cabeza. Decidió que lo más sensato era guardar silencio. Estaba casi seguro de que la voz le temblaría. Incómodo, empezó a sacudirse el hombro, como si intentara quitarse algo. Detestaba la incertidumbre.

Ted lo observó con el rostro inexpresivo mientras Bernard fingía deshacerse de una mota de polvo invisible en la camisa.

—Espero no haberme perdido nada importante mientras estuve postrado en la cama —comentó Ted con frialdad.

No esperó respuesta.

Noud, sin embargo, no estaba dispuesto a dejarlo pasar. Estaba decidido a hacerle soltar la verdad.

—Entonces… ¿qué fue lo que te pasó exactamente, Ted, si no es un secreto? —preguntó.

—Agotamiento —respondió Ted encogiéndose de hombros.

—¿Eso es todo? ¿Solo estabas cansado?

—Se puede decir así —replicó—, cuando alguien lleva años sin dormir bien y su sistema nervioso acaba por colapsar.

—¿Y por qué le pediste a Viktoria que te cuidara? —se le escapó la pregunta.

La sangre abandonó el rostro de Bernard. A través del bolsillo del fino pantalón de lino, su mano se clavó en el muslo.

—¿Y quién más se suponía que iba a ayudarme? —replicó Ted con brusquedad—. ¿Tú? ¿O las dos viejas? ¿O quizá Carlos?

Pero Noud era incapaz de detenerse.

—¿Y un profesional?

Ted inspiró profundamente y luego soltó el aire con un gruñido largo y grave.

—Mi querido vecino —comenzó con frialdad—, resulta conmovedor lo mucho que te preocupa el pasado ahora que estoy casi completamente recuperado. Lástima que no se te ocurriera cuando llevaba semanas tirado en la cama, sin fuerzas.

A través de sus gafas de culo de botella, lanzó una mirada de desprecio a los dos holandeses y luego recorrió el gentío en busca de Viktoria.

Sin decir palabra, Bernard le hizo una seña a Noud para que se marcharan. Luego dirigió una mirada elocuente hacia Carlos, que escuchaba junto a la parrilla.

Ludmilla apenas podía esperar a que la pareja de hombres a los que consideraba peligrosos delincuentes se apartara de Ted. Ella tampoco quería quedarse fuera de la alegría fingida y deseaba ver de cerca, con sus propios ojos, a aquel hombre detestable. Esperaba descubrir algo sospechoso tras su extraña desaparición y su repentina reaparición. No creía ni por un segundo que Viktoria hubiera cuidado de Ted por pura bondad humana. Pero tampoco aceptaba que lo hubiera hecho por dinero. Nadie iba a convencerla de que el matrimonio alemán tuviera problemas económicos ocultos.

En cuanto Bernard y Noud se alejaron hacia la parrilla, Ludmilla no necesitó más invitación. Con un solo salto que desmentía su edad, apareció junto a Ted.

—Te veo en un estado magnífico, Ted —exclamó, aplaudiendo de forma teatral.

Ted recibió el extraño cumplido con una sonrisa torcida, casi una mueca.

—Si tú lo dices, Ludmilla…

—¿Qué dijeron los sanitarios cuando te encontraron? —preguntó con voz melosa.

Como si estuviera en un thriller, Ted gritó de repente:

—¡Señor! ¡Señor! ¿Puede oírnos?

Luego se volvió hacia Ludmilla con una mirada burlona.

—Supongo que eso fue lo que dijeron cuando derribaron la puerta, Ludmilla. ¿O tú oíste algo distinto?