Hace muchos años, un conocido me dijo una vez:
Hay que agacharse por cada moneda, porque si tú no lo haces, alguien más lo hará.
Cuando lo recuerdo, sonrío. Pero se me quedó dentro. Y creo que, cuando llega el momento, de verdad sí me agacho. Rechazo abiertamente el despilfarro y la ostentación. Trabajé lo suficiente mientras estudiaba en la universidad como para aprender a valorar cada céntimo.
Por eso evito expresiones como «no es nada», «está prácticamente regalado» o «esto no es dinero», incluso cuando estaría dispuesta a pagar más por algo.
No le quito valor. Simplemente me alegra que cueste menos de lo que yo habría pagado por ello.
Esta semana, mientras hacía recados, me cayó encima un cansancio profundo. Paré en una tienda cercana a por un café frío. No había tiempo para sentarme en ningún sitio a tomar un cappuccino caliente.
Había una promoción de dos por uno en bebidas envasadas de una franquicia que me gusta. Podías elegir dos entre cinco sabores.
En la caja, sin embargo, el precio no apareció como promoción. Me llevé una pequeña decepción, pero pagué. Ya me estaba despidiendo cuando cambié de idea y pregunté por qué no se habían cobrado los cafés con el descuento.
La cajera se sorprendió un poco y me pidió que le enseñara dónde había visto el cartel.
De golpe me invadió la vergüenza, como si hubiera hecho algo mal. Me arrepentí al instante de haber preguntado en lugar de marcharme sin más de la tienda.
Casi podía oír las voces habituales de los grupos locales de Facebook:
«Tacaña.»
Y las frases típicas de los grupos de mujeres:
«—¿Te lo pago yo?»
«—¿De verdad te molestas por tan poco dinero?»
«—¿De verdad a alguien esto le tumba?»
Cuando llegamos a la sección de lácteos, empecé a disculparme. Le dije que no era importante, que los cogería igual y que no quería hacerle perder el tiempo.
Me miró realmente confundida.
—¿Hacerme perder el tiempo? Pero si estoy trabajando.
—Ya, pero… la caja…
—Si la promoción está mal señalizada, hay que avisar —dijo, mientras ya llamaba al encargado.
Y yo pensé: por favor, que se abra la tierra y me trague.
Solo me tranquilicé cuando vi que ellos también dudaban sobre qué bebidas se podían combinar y cuáles no. Al final, elegimos dos iguales para ir sobre seguro.
Mientras tanto, se formó una pequeña cola en la caja, pero a nadie pareció importarle esperar un par de minutos.
Por pura costumbre, volví a disculparme —a la cajera y al encargado—, que de verdad no entendían por qué eso podía ser un problema.
Siempre he creído en la reclamación. En el fondo, es una forma muy útil de dar feedback, y todas las veces que lo he hecho me lo han agradecido.
Y sinceramente, no creo que respetar el dinero por el que has trabajado te convierta en una «tacaña».
Sobre todo cuando esas etiquetas suelen venir de personas que viven según la lógica del
«ya lo arreglamos por debajo de la mesa»
y del
«todo debería ser gratis para mí».