En algún momento de la vida, algo cambia.
Antes, solo lloramos con las películas.
Después… incluso con un anuncio de detergente.
Yo pensaba que el embarazo sería el primer gran punto de inflexión,
el momento en que empezaría la época del llanto.
Pero en mi caso, los “esperados” cambios de humor nunca llegaron de verdad.
O, si lo intentaron, quedaron completamente eclipsados por los sangrados constantes de nariz.
Aunque hubiera querido llorar, no habría podido.
Estaba demasiado ocupada lidiando con no sangrar todo el tiempo.
Que esos meses —pasados con pañuelos metidos en la nariz— no vuelvan jamás, ni siquiera en mis pesadillas.
En el segundo embarazo, además, ya tenía un niño de un año.
Y esa etapa tampoco fue precisamente de vulnerabilidad emocional ni de llantos tiernos.
En los festivales de Día de la Madre del colegio infantil,
normalmente lo que provoca las lágrimas es algún reflejo profundamente arraigado,
no la actuación del niño en sí.
No voy a entrar en eso, para no tocar fibras sensibles.
Pero que nadie me diga que las lágrimas que brotan al ver el marco de la puerta del aula del Grupo Ardilla —antes incluso de que empiece el festival—
tienen que ver con la función.
Y a medida que avanzamos en la vida, ya ni siquiera necesitamos niños para llorar a gusto.
Basta con ver a una gata cuidando al cachorro del perro del vecino,
o a un hombre de aspecto rudo deteniendo el tráfico
para que un erizo pueda cruzar la carretera con seguridad.
Y mejor ni empezar con los animales de asistencia entrenados.
Solo con ver la señalización de los asientos reservados en el autobús,
se me llenan los ojos de lágrimas.
Llorar con películas, música y las historias de otras personas es tan natural como respirar.
Sin eso, algo faltaría.
Hay quien se emociona con paisajes, gestos amables, experiencias especiales.
Pero cuando me descubrí llorando por lo bonitas y versátiles que son las agendas modernas —
con pegatinas, notas adhesivas, páginas inspiradoras de colores, mensajes diarios que animan—,
ahí sí que me sorprendí incluso a mí misma.
Me temo que cuanto más vivimos, más cosas habrá capaces de emocionarnos.
A veces, incluso los recuerdos ya desvaídos adquieren un nuevo significado.
Ya no se queda la imagen de los guantes cosidos al abrigo como un sufrimiento desesperante,
sino el recibidor de la casa de la abuela, donde llorábamos intentando sacar las manos.
No el vestido feo del que se reían,
sino el hecho de que quien se reía más fuerte ya no está desde hace mucho tiempo.
Hay un rincón extraño y escondido de la mente
donde se fabrican las películas tristes.
Su propósito es simple:
aparecer en los momentos más inesperados
y sacarnos de la rutina cotidiana
durante lo que dura un buen llanto.
Y, sinceramente, lo único que no entiendo
es por qué las mujeres estamos hechas así.
Mujeres. Y la mayoría nos maquillamos.
Cuando no existe algo como el maquillaje de verdad resistente al agua.
Solo existe el que, después de unas pocas lágrimas,
empieza a correrse alrededor de los ojos,
y a veces incluso baja por la cara.
El delineador negro, especialmente.