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Calle la Rosa, 22 – Parte 101

—¡Sorpresa! —gritaron todos a la vez los veinticinco invitados.

Bernard se quedó paralizado. Al instante, esbozó una sonrisa forzada. Movió la cabeza de un lado a otro en el salón abarrotado, intentando situarse.

Nunca había estado en una fiesta sorpresa. Las odiaba desde las entrañas. No solo por la multitud, sino por la idea de aterrorizar a alguien a propósito. Y, desde luego, no quería que le tocara a él. Y menos ahora, cuando sus días eran puro estrés y apenas dormía.

Mientras su boca soltaba saludos educados casi por inercia, sus ojos buscaban desesperadamente a Noud. En su lugar, lo primero que vio fue la cara de Timothy. La sorpresa volvió a sacudirlo. Se le secó la garganta y perdió el control de los músculos del rostro. Se quedó mirando al hombre que provocaba en Noud un rechazo inmediato.

El hombre rechoncho, con el pelo teñido de rojo, apartó a la gente con un entusiasmo infantil, decidido a ser el primero en abrazar al cumpleañero. Bernard se dejó caer, flácido —como un muñeco de trapo—, contra el hombro carnoso de su antiguo colega. Mientras Timothy le daba palmadas en la espalda, Bernard intentó reconocer las caras a su alrededor.

Todo el vecindario le sonreía. Algunos con sinceridad; otros, con rigidez. Noud, pálido como la cera, se aferraba al asa de un carrito de servicio plateado, luchando por no desmayarse. Así que aquella absurda fiesta de cumpleaños no se había organizado por pura alegría. Solo eso ya le dio a Bernard un leve alivio. No lo suficiente como para tranquilizarse, pero sí para saber que no se trataba de un castigo por su reciente temeridad.

Se soltó del abrazo de Timothy con una mueca grotesca, pensada como sonrisa. Con movimientos inseguros, avanzó hacia los invitados, estrechando manos una a una. Primero —casi como si fuera un invitado de honor— se acercó a Ted y atrapó entre sus palmas la mano fría y húmeda del hombre. El asco y el miedo le encogieron el estómago, llenándole la boca de un sabor amargo. El nudo en la garganta solo le permitió emitir un sonido extraño, gutural.

—Bueno, felicidades por llegar a los cuarenta en un trabajo tan peligroso —dijo Ted, sin molestarse en disimular la burla.

Bernard asintió mecánicamente y, como si no hubiera oído la provocación de su vecino, le dio un último apretón a aquella mano asquerosa.