Dajana no hizo el menor intento de ocultar su ira. Se mantuvo a cierta distancia de los tres hombres. Agarró el taburete de cocina que estaba junto a la puerta de entrada y se sentó de golpe. Sus dedos tamborileaban contra el muslo. Su mirada iba y venía, a la luz de la luna, entre Bernard, encogido en el sillón huevo, y Noud, medio perdido en las sombras.
Durante un rato, Timothy observó a sus invitados con fría indiferencia, como si solo estuviera de paso. El rostro de Noud estaba tragado por la oscuridad, pero la decepción que desprendía era casi palpable. Bernard echó la cabeza hacia atrás, hacia el techo: ya había tenido suficiente. El primer trabajo que había fracasado en su vida… y quién sabía qué consecuencias traería.
—¿Qué coño queréis de mí? —siseó Dajana.
Timothy volvió de inmediato a su papel: el anfitrión, el manipulador, el hombre de las soluciones infalibles.
—Vamos, Dajana, ese tono no es necesario —ronroneó.
—Ah, ¿sí? Pues no vamos a negociar ni a regatear —dijo Dajana, abriendo los brazos.
—La cuestión es, Dajana, que no estás en posición de imponer condiciones —dijo Timothy con suavidad—. O acabas en la cárcel —y tu familia detrás, al borde de la ruina—, o haces exactamente lo que te decimos.
—¿Por qué estoy yo aquí? ¿Por qué no Viktoria? ¡Fue ella quien mantuvo a Ted cautivo y lo torturó! ¿O queréis cargármelo a mí?
—Viktoria no es más que una pobre mujer que quería vengarse por su familia.
—¿Ah, sí? Pues le ha salido redondo, ya ves. Ni dinero ni nada. Ahora anda temblando por la buena voluntad de Ted. Desde entonces va detrás de él como un perrito faldero —refunfuñó Dajana.
—¿Lo ves, cariño? Precisamente por eso tú estás ahí sentada… y yo estoy aquí de pie.
Noud no daba crédito a lo que oía. Por un lado, la historia seguía sin encajarle; por otro, el habitual fanfarrón obsesionado con el lujo había adoptado un tono duro y tajante que Noud jamás le había oído.
Dajana se pasó una mano por el pelo, nerviosa.
—Pff…
Timothy dio un paso al frente con deliberada calma y entrelazó las manos a la espalda.
—Vayamos al grano. —Esperó unos segundos—. Llevas lavando el dinero de Ted… ¿qué?, ¿diez años ya? Y como Adrian no sabe nada, vosotros dos habéis estado interpretando muy bien el papel de la contable y el fontanero en apuros. Eso, por supuesto —Timothy se aclaró la garganta—, lo tenemos más que claro desde hace tiempo.
Por suerte para Noud, el rincón oscuro de la habitación ocultó cómo se le vencía la cabeza hacia delante. El maldito eslabón perdido. No era Adrian el socio de Ted… era Dajana. Con razón ella jamás había hablado en casa de su relación con Ted. Así era como habían permanecido ocultos los vínculos de la familia con él todo este tiempo.
Bernard apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón. Tenía ganas de gritar. Había estado tan cerca de la solución. Eso significaba que la repentina aparición de Viktoria no había traído la catástrofe sobre ellos… podría haber sido la clave para llegar a Dajana, si hubiera aguantado el tipo. Si el guiño de Ted no lo hubiera descolocado. En la fiesta de Nochevieja, Dajana había estado prácticamente temblando de rabia. Observaba a Viktoria como una tigresa madre. Y no sin motivo. Su sustento estaba en juego.
Que Dajana no sabía nada del acuerdo entre Viktoria y Ted era evidente. Pero esta ya no era su partida de ajedrez. Ahora era la de Timothy.