El sofá que lo removió todo
La reacción de Adele al sofá fue exactamente la que esperaba.
—¿Lila claro? ¿Te has vuelto loca? —se quedó mirando mi nuevo mueble con incredulidad—. ¿En qué estabas pensando cuando elegiste ese color? ¿Que vas a ganar tanto dinero que podrás cambiarlo todos los meses?
La emoción le apretaba la voz. Respiraba un poco agitada y luego continuó, en un tono casi chillón:
—¿Y además al lado del sillón de terciopelo marrón?
Levantó el brazo con dramatismo y lo dejó caer sobre el muslo. Luego, como si acabara de recibir una noticia terrible, se arrastró hasta el enorme sofá en forma de L que prácticamente ocupaba medio salón y se dejó caer sobre él como un saco de patatas.
—Al menos es increíblemente cómodo —gruñó, cerrando los ojos.
—Le pondré algo encima para que no se manche. Espera, voy a traerte una manta.
Entré en el dormitorio y quité la colcha de la cama.
—¿Blanca? —Adele me miró con una sonrisa sarcástica—. Genial idea.
Puse los ojos en blanco y devolví la colcha al dormitorio. Cuando volví al salón, Adele ya estaba tumbada a lo largo del sofá, con un brazo bajo la cabeza.
—Para tu cumpleaños te regalo una funda en condiciones —murmuró—. Bueno, dos. Así el sillón también irá a juego.
Eso es lo que me encanta de Adele: el sentido práctico por encima de todo. Y las soluciones rápidas. A esta mujer el cerebro le va a mil, como si el destino del mundo dependiera de ella las veinticuatro horas del día. Siempre alerta, siempre sacando soluciones sin parar.
Sofía, en cambio, ni se inmutó. Se sentó sin más, como si no acabara de entrar oliendo a cuadra. En ese momento tuve que admitir que Adele tenía razón. Podría haber caído en eso. Sobre todo teniendo en cuenta que yo, cada mañana, voy a sentarme ahí en ropa interior… en el mismo sofá donde la gente se sienta después del trabajo y del metro o del autobús.
Joder.
—Mark, ¿dónde está mi móvil? —preguntó Sofía, ahora sentada con las piernas cruzadas.
—Ni idea. Búscalo… y hazte a un lado para que yo también pueda probar este pedazo de yogur de arándanos.
—¡Eso! —exclamó Adele—. ¡Yogur de arándanos! Justo estaba pensando a qué me recordaba este color.
—La-van-da —dije despacio, alzando la voz y separando las sílabas—. Es lavanda. Los arándanos son mucho más oscuros.
—Mark, dame tu móvil. Tengo que llamar a alguien de la clínica para que me traiga el mío.
—¿No puede esperar a mañana? —dijo Mark con indiferencia—. Te prometo que hoy no te escribo ni te llamo.
—Qué detalle —respondió Sofía con sequedad.
Extendió la mano hacia él, agarrando el aire con los dedos. Mark le pasó el teléfono de mala gana. Sofía lo cogió y salió al balcón.
—¿Por qué eres tan borde con ella? —preguntó Adele—. Deberías alegrarte de que te aguante desde hace casi un año.
Mark estaba a punto de decir algo cuando la pesada puerta del balcón volvió a abrirse, dejando entrar una ráfaga de aire helado.
—Viene.
—¿Quién? —preguntamos los tres a la vez.
—Mi asistente.
—Vaya nivel tienes —gruñó Adele—. Yo también quiero tener ya a alguien trabajando para mí.
—No tendrás que esperar mucho —dijo Mark—. Siempre que no suspendas el acceso a la abogacía —añadió con una sonrisa maliciosa.
—Vete a la mierda —siseó Adele—. ¿Qué coño te pasa hoy?
No respondió. Su rostro se endureció y torció la boca en una mueca tensa. Lo dejamos pasar. Pero cuando Sofía bajó a la calle a buscar su teléfono, nos lanzamos sobre él.
—¿Os habéis peleado o qué? —Adele se incorporó de golpe.
Mark se agarró el pelo con ambas manos.
—Hablad con ella, por favor —dijo—. Llevadla a una noche de chicas o algo así y explicadle las cosas.
—¿Explicarle qué? —pregunté.
Mark echó la cabeza hacia atrás, frustrado.
—Que el sexo no consiste en quedarse tumbada como un tronco, completamente inmóvil.
Se me quedó la boca abierta.
—Mark, joder… ¿por qué no hablas de eso con ella?
—Porque con ella no se puede hablar de esas cosas. Enseguida se pone hecha una furia y me dice que entonces me acueste contigo si no me gusta lo que ella ofrece. Como si ofreciera algo.
Adele puso los ojos en blanco.
—¿Y qué esperas que hagamos nosotras exactamente? ¿Cómo se supone que saquemos ese tema así, sin más, si está celosa de Emily y apenas nos aguanta por ti?
—No lo sé —murmuró—. Pero así no funciona esto.
Noté cómo me subía la sangre a la cabeza. Sin darme cuenta, me planté delante de él con las manos en la cintura.
—Entonces ¿por qué no rompes con ella y buscas a otra?
—Cocina de lujo. Y hasta me plancha los calzoncillos…
—Mark, no puedes ser tan capullo… —empecé a decir, pero la puerta al abrirse me interrumpió.
Me acerqué a la encimera de la cocina y Sofía volvió a sentarse donde estaba antes. Nadie tenía ganas de hablar. Mark miraba su pie, que no dejaba de moverse arriba y abajo; Adele cerró los ojos fingiendo dormirse; y yo saqué una cinta métrica retráctil y empecé a medir el espacio delante de la cocina.
—¿Qué haces? —preguntó Sofía.
—Intento ver dónde podría ir una barra…
Los otros dos se giraron de inmediato.
—¿Una barra? —canturreó Adele.
En realidad no pensaba contarles eso todavía, pero algo tenía que romper el silencio. Espero que durante un tiempo no la echen demasiado de menos, porque hasta que termine el proyecto aquí no va a venir nadie a taladrar ni a montar nada.
Me da un poco de pena Sofía. Es buena chica y no se merece esto. Pero si no está dispuesta a hablar de ciertas cosas, lo va a tener difícil.
También me habría gustado saber qué opina Adele, porque cuando se trata de su novio suele ser bastante directa. La verdad es que nunca he sabido muy bien si lo suyo con Dave es realmente una relación sentimental… o más bien algo práctico.
A mí tampoco me vendría mal alguien en mi vida. Nada serio —para eso ahora mismo no tengo paciencia—.
Más bien algo ocasional.
Eso resolvería algunas cosas.
Me quitaría un poco del estrés que llevo acumulando… y probablemente también le vendría bien a mi autoestima.