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Calle la Rosa, 22 – Parte 110

Ludmilla estaba inclinada sobre la receta de macarons, apoyada en la encimera. María-José ordenaba los colorantes.

—Oye, Ludmilla, ¿cómo lleva Israel la mudanza?

La alemana se enderezó, con una sonrisa orgullosa dibujándose en su rostro.

—Nunca lo había visto tan centrado. Ni tan ilusionado.

Las cejas grises de María-José se alzaron.

—¿Ah, sí? —dijo—. ¿Ni enfados ni quejas?

—Nada. Te lo digo en serio: va de una casa a otra como si tuviera veinte años otra vez. Mide, planea, hace números, se pasa el día mirando catálogos… Es como si lo hubieran cambiado.

En el rostro de la vieja pastelera se mezclaban la confusión y una alegría contenida. Como si algo dentro de ella no supiera muy bien cómo reaccionar: si aquello era una buena noticia… o justo lo contrario.

—No lo entiendo —suspiró—. ¿Qué está pasando aquí?

—Lo que tenía que haber pasado hace treinta años —respondió Ludmilla sin dudar—. Más vale tarde que nunca.

—Ya, pero… sigue siendo un divorcio…

Ludmilla se encogió de hombros, como quitándole importancia.

—Mira, cariño… al menos algo bueno ha salido de toda la mierda que ha pasado en este complejo. No sé qué fuerzas estarán moviéndose por estas ocho casas, pero hay algo claro: ha hecho falta toda una cadena de crímenes para que dos viejos por fin se divorcien… y encima estén más felices que nunca.

—¿Tiene a alguien? —preguntó María-José.

Ludmilla soltó una carcajada.

—¿Israel? Venga ya. Está encantado de estar solo y hacer lo que le da la gana. No necesita a ninguna mujer.

—¿Y tú?

Las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Se quedó pálida; le tembló la mano. Luego, poco a poco, un rubor intenso le fue subiendo por las arrugas del rostro. Encogió los hombros con timidez, casi hasta las orejas.

—Yo… —susurró—. A mi edad… no digas tonterías.

A María-José se le abrió la boca; los ojos se le agrandaron.

—T-tú… —tartamudeó—. ¡Estás coladísima por Esteban! —chilló.

—¡Chsss! —la cortó Ludmilla enseguida—. ¡Que te oye alguien!

La pastelera se llevó las manos a la boca.

—No exageres, por favor —dijo Ludmilla, carraspeando—. Aún no hay nada seguro.

—Lo intento, de verdad, pero estoy demasiado emocionada… ¡Tenemos que celebrarlo con un licor de almendra!

—Y luego nos despertamos dentro de unas horas en el sofá, babeando —se rió Ludmilla, mientras ya rebuscaba en el armario las copas.

—¿Crees que los eslovacos se van por lo mismo? ¿También se separan? —preguntó María-José, cambiando de tema.

—Anda ya —Ludmilla hizo un gesto con la mano—. Esos solo estaban de alquiler —añadió con ironía—. Se quedaron sin dinero, sin más. Se les fue de las manos. No sé qué se pensaba Dajana. ¿Una limpiadora viviendo en un complejo de lujo? Sí, hombre.

*

El patio estaba impregnado del aroma intenso y especiado de la comida asada. Una brisa suave llegaba desde la casa de Carlos, arrastrando el olor irresistible de las gambas a la parrilla y las verduras. Esta vez, solo había dos cubiertos en la mesa del jardín, esperando a Esteban y Carlos.

—Qué tranquilo está ahora el complejo —dijo Carlos con una sonrisa—. No me imagino qué va a pasar a partir de ahora. ¿Hacemos como si no hubiera pasado nada? ¿Ted ayudando a Pablo a cortar el césped? ¿Y los holandeses haciéndose los mejores amigos de Pauline?

Esteban miró hacia la casa de los eslovacos.

—Para empezar, me mudo ahí —dijo, señalando la casa de al lado—. Luego invito a Ludmilla a una cita en la azotea. Dentro de seis meses, me caso con ella. —Hizo una breve pausa y se encogió de hombros—. Y los demás… lo que hagan con sus vidas no es asunto mío.