Como una chispa en un bosque seco, la tensión eléctrica se propagó de un vecino a otro. No pasó mucho tiempo antes de que todos acabaran alrededor de la mesa de plástico que hacía de barra improvisada, buscando algún tipo de remedio. Viktoria fue la única que se había preocupado por su estado de ánimo antes incluso de salir de casa. A pesar de su dieta, y de la resaca infernal que sabía que le esperaba al día siguiente, venía bien preparada. Se acercó al grupo con pasos de baile ondulantes, disfrutando de la ligereza con la que flotaba en el aire. Gracias a los dos decilitros de whisky, apenas sentía su cuerpo. Tenía los labios agradablemente entumecidos y el mundo a su alrededor le parecía lejano e irreal.
Rob observaba sus extraños movimientos con curiosidad; jamás había visto moverse así a la estricta profesora alemana. Claro que, con cada movimiento de hombros, sus pechos —los mismos que solían captar más de una mirada curiosa— rebotaban con un ritmo casi sensual. Si es que se podía hablar de sensualidad en el caso de una mujer borracha y medio desnuda. El americano, sin embargo, no tardó en pasar por alto el contexto. ¿Qué más daba si era madre y sus hijos estaban con los pies a remojo en la piscina, mientras ella bailaba como si no hubiera un mañana? ¿Por qué no iba a soltarse… al menos una vez al año? Rob dejó su copa, siguió el ritmo tipo samba, y se unió a su vecina en la pista improvisada.
Pauline estuvo a punto de escupir el zumo de manzana al ver a su marido y a Viktoria contoneándose junto a la «barra», imitando rituales de apareamiento sin el más mínimo sentido del decoro. Su cara se puso roja como un tomate en cuestión de segundos, y antes de que pudiera cerrar los puños, le quitó de un tirón la botella de champán a la risueña Dajana, dio un buen trago y la dejó caer sin ceremonias sobre la hierba.
—Ay, cariño —dijo la eslovaca, poniéndose delante de ella—. ¿No estarás pensando en montar un numerito, verdad? No tiene sentido —añadió en tono tranquilizador—. Solo vas a asustar a los niños. Anda, vamos a lavarte la cara —le dijo, tratando de llevarla con suavidad.
—¿Pongo algo de música? —preguntó Noud.
—¿Para qué? —se encogió de hombros Bernard—. Si se lo están pasando de maravilla sin ella.
—¿No quitaría un poco la incomodidad del ambiente?
—Yo, la verdad, estoy encantado con el espectáculo —respondió Bernard con una sonrisa burlona.
—No seas cruel —le advirtió Noud—. Sabes que la mala vibra siempre acaba volviendo.
—En Nochevieja hasta el karma está de vacaciones, si me preguntas. Pero bueno, haz lo que te parezca.
Adrián hervía por dentro al ver al payaso americano. ¿Pero este imbécil quién se creía? Apenas pasaba tiempo en la urbanización, siempre de viaje de negocios, y ahora se restregaba con Viktoria como si fueran amigos de toda la vida. Por otro lado, Adrián agradecía en parte la escena: le daba la oportunidad perfecta para hacer de héroe y rescatar a la profesora. Al menos no tendría que justificar por qué de repente la rodeaba con el brazo. Por si acaso, evitó mirar a Dajana mientras guiaba caballerosamente a Viktoria hasta una silla. Y si llegó a rozarle el pecho o el muslo, fue, por supuesto, sin querer. No es que la alemana, medio ida como iba, lo notase siquiera.
—A mí no me engañas. No eres maricón—le susurró Pauline al oído a Noud, envalentonada por el champán.
—¿Perdona?
—No eres maricón, ¿verdad?
—¿Maricón?
—Bah, soy francesa. No hablo tan bien inglés.
—Lo hablas lo suficientemente bien como para no ir soltando insultos. “Gay” habría sido perfectamente comprensible. O “homosexual”. Eso se entiende en cualquier idioma.
Pauline hizo un gesto con la mano.
—Son solo palabras. No hay que ponerse tiquismiquis.
Su risa tonta irritó aún más a Noud.
—Las zorras como tú —empezó con falsa seriedad el holandés—, o… ¿cómo se dice de forma correcta cuando alguien tiene hijos? Tú sabes, que yo tampoco hablo tan bien…
—Ja, ja, qué gracioso eres —le dijo Pauline, agarrándole la camisa como si fuera a besarlo—. Cuando se te pase ese discursito moral, vente conmigo al cobertizo. Te enseñaré lo que vuelve locos a los hombres.
—Pauline —dijo Noud, carraspeando mientras le quitaba con delicadeza los dedos de encima—, espero que te acuerdes del tipo que hace un momento estaba bailando como un poseso junto a la piscina. Ese es tu marido. El padre de tus hijos.
—¿Y qué? ¿De qué me sirve? Hace más de dos años que no nos acostamos. ¿De dónde crees que me viene tanto genio?
—Lo siento, de verdad, pero yo no soy tu tipo.
—Piénsalo —le susurró al oído.
Desesperado, Noud buscó la mirada de Bernard. Pero su pareja estaba aferrado a la mesa de carne junto a la barbacoa, pálido como la cera. A su lado, Ludmilla movía las caderas con una sonrisa diabólica. Noud habría jurado que la anciana le guiñó un ojo cuando se cruzaron las miradas.
—¿Qué ha pasado? Por el amor de Dios, dímelo —le dijo Noud, agarrándole la muñeca, tras apartarlo de la barbacoa.
Bernard negó con la cabeza, por tercera vez, con gesto derrotado.
Noud se pasó una mano temblorosa por el pelo. Sentía que estaba a punto de escuchar algo tan grave que tal vez no podría superarlo.
—Ludmilla —susurró por fin Bernard.
—¿Qué ha hecho esa bruja? ¿Te ha pasado algo?
Bernard miraba fijamente la punta de su zapato, moviendo lentamente la cabeza de lado a lado.
—No. Solo… me ha dicho que le gusta cómo me queda la ropa.
Noud soltó una carcajada de alivio.
—¿Te ha tirado los tejos? —rió—. Madre mía, ya pensaba que era algo serio.
—No —susurró Bernard—. No es eso. Me ha dicho que tengo un culo precioso con este mono ajustado… el mismo con el que instalé la cámara en casa de Adrián y Dajana. En plena noche.