Rosita vuelve a empezar
—Mia, en serio, no me puedo creer que otra vez hayas dejado solo una hora entre esas dos señoras —dijo Nico al entrar en el salón sin ni siquiera saludar. Sus cejas espesas —mucho más oscuras que su pelo— se fruncían con fastidio.
Mia soltó un jadeo.
—¿Cómo que otra vez? —replicó, levantándose de golpe detrás del mostrador—. Eso no ha pasado en meses. Por lo menos seis.
Nico alzó las manos y empezó a gesticular con dramatismo, poniendo los ojos en blanco.
—Pues nada, oficialmente te quito tu insignia imaginaria de “seis meses sin liarla” y te mando de vuelta al grupo de Anónimos que la lían con las citas… ¡siete días a la semana!
Mia apretó los labios, brillantes por el gloss. Durante un instante se aferró al borde del mostrador con tanta fuerza que se le blanquearon los nudillos, y luego se dejó caer de nuevo en la silla.
—Lo siento muchísimo, Nico —suspiró—. ¿Quieres que llame a Dolores y le diga que venga más tarde?
—Ni se te ocurra —respondió él, quitándole importancia con un gesto—. Ya me apaño.
Se abrió la puerta del pequeño cuarto de lavado y salió Lara, la dueña.
—Yo la entretengo un rato mientras terminas —dijo, guiñando un ojo.
Sacó la pinza del bolsillo trasero y se recogió sus rizos densos en un moño desenfadado.
—Podríamos preguntarle por los nuevos vecinos —propuso Mia, animándose—. Ya sabes, los que dice que le dan pesadillas. El que vio en el tejado por la noche… con una escoba.
Nico se dio una palmada en la frente.
—¡Ah, la familia de las brujas! Casi se me olvida. Tal como lo contaba, nos estaba dando hasta mal rollo… pensábamos que se le había ido la cabeza del todo.
Lara se encogió de hombros con calma.
—Si te soy sincera… yo aún lo creo.
No llegó a terminar. La silueta inconfundible de Rosita apareció tras la puerta de cristal.
Lara no esperó: la abrió de par en par.
—¿Mi sobrina consiguió encontrar el sitio la semana pasada? —preguntó Rosita, un poco jadeante—. Le expliqué mil veces en qué callecita estaba, detrás de qué bloque, pero no había manera.
—Tranquila, Rosita —dijo Nico, guiándola con suavidad hacia dentro—. Llegó sin problema y se fue con unas uñas preciosas. ¿No te llamó para contártelo?
Rosita hizo un gesto con la mano, restándole importancia.
—Estos jóvenes… solo se acuerdan de los mayores cuando necesitan algo. Luego se olvidan de nosotras. Aunque, bueno… yo también me olvidé por completo —admitió—. Me acordé justo cuando bajaba las escaleras para venir al salón. Casi me da algo pensando si habría conseguido encontraros.
—Venga, vamos al lavacabezas —dijo Nico en voz suave—. Y me cuentas todo.
No hizo falta insistir. Con un suspiro largo y satisfecho, Rosita se acomodó en la silla y cerró los ojos incluso antes de que el agua templada empezara a deslizarse por su fino cabello gris.
—He dejado a mi novio —anunció con alegría—. Era aburridísimo en la cama. De verdad, Nico… completamente inútil. Tenía que hacerlo todo yo —añadió, con cierto aire de importancia—. Me cansé. ¿Qué quieres que haga con alguien así?
Entornó un ojo y miró de reojo a Lara.
—Dime, Lara, ¿no tengo razón?
Lara asintió, impasible.
—Tienes toda la razón, Rosita. —Luego miró hacia el mostrador—. ¿Verdad, Mia?
Mia asintió con entusiasmo, haciendo que sus rizos rubios y despeinados se sacudieran.
—Yo también lo habría dejado —dijo con un gesto despreocupado—. Hiciste muy bien, Rosita.
—¿Y? —Nico se inclinó un poco más hacia ella—. ¿Ya tienes a alguien nuevo en mente?
Los labios de Rosita se curvaron en una sonrisa pícara.
—Primero me pido una cita para un masaje… y luego ya veremos.
Mia se llevó rápidamente la mano a la boca para contener la risa. Lara le lanzó una mirada afilada, pero no hizo falta decir nada. El cliente es lo primero. No se le ridiculiza. No se le hiere. No se le juzga.
Mia dio unos golpecitos suaves con el ratón sobre la mesa y abrió el sistema de citas.
—¿Para cuándo te apunto, Rosita?
—Para el primer hueco libre, cariño —respondió al instante.
De la emoción, se mordió el labio inferior.