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El salón – Parte 2

Dolores y la bruja

Cuando Dolores aún bajaba por la escalera, Lara ya había dejado preparada una taza de café y una caja de galletas en la mesita de fuera del salón.

—¿Café con galletas de jengibre? —resopló Dolores al acercarse—. Mia le ha vuelto a llenar la agenda a Nico, ¿no?

Lara abrió la boca un instante y enseguida sonrió.

—Dolores, contigo no hay secretos, ¿eh?

Dolores asintió, satisfecha.

—Espero que el café siga caliente y que las galletas no sean de hace dos Navidades. La última vez juraría que me diste algo que había dejado el antiguo dueño olvidado al fondo de un armario.

Los hombros de Lara se sacudieron en una risa contenida.

—Son de este año, te lo prometo. Sin abrir. Y caducan dentro de un año… así que imagínate lo que llevan.

—Con esas uñas, desde luego no te veo horneando —comentó Dolores mientras se acomodaba en la silla de hierro forjado—. Así que, del súper.

Cogió una galleta, la mojó en el café y se la comió en dos bocados, soltando un pequeño sonido de gusto.

Lara cerró con cuidado la puerta del salón y acercó su silla.

—Oye, Dolores —dijo en voz baja—. ¿Qué pasa con tu vecina? Ya sabes… la que dices que es una bruja. ¿Has visto algo raro últimamente?

Dolores se quedó mirando al frente un momento y luego negó despacio con la cabeza.

—Lara… no quiero que pienses que estoy loca, pero te juro que hay algo raro con esa gente —susurró—. Su casa tiene el tejado plano. La única cosa moderna de toda la calle. Y la veo ahí arriba por las noches, retorciéndose. Parece como… un ritual raro.

—¿Todas las noches? —preguntó Lara, incrédula.

—Todas no, pero varias veces por semana, seguro. —Su voz se endureció—. Y a mi cabezota de marido no hay manera de hacerle entender nada. Ni siquiera quiere ir a mirar. Dice que la bruja soy yo. Y además, de las malas.

Lara se mordió el interior de la mejilla. El escozor le tensó todo el cuerpo. Miró su café, pero no se atrevió a beber, por miedo a hacerse más daño.

—¿Y lo de la escoba? —insistió.

De reojo, miró hacia dentro del salón. Nico ya estaba secándole el pelo a Rosita.

Dolores se removió en la silla.

—Las sillas de antes eran mejores. Esta es incomodísima —se quejó.

Lara entrecerró los ojos, levantando ligeramente una ceja.

—Son las mismas sillas, Dolores. Lo que pasa es que ya no estás acostumbrada. Este año les puse cojines nuevos. Más gruesos. Más blandos.

Se inclinó hacia ella, apoyando el codo en la mesa.

—Bueno… ¿y la escoba?

Dolores fingió toser y le hizo un gesto exagerado para que le trajera agua, llevándose la mano al pecho antes de volver a toser.

Lara se levantó enseguida y entró en el salón.

Cuando volvió con el vaso de agua, Dolores ya estaba de pie, con la cara encendida.

Se lo bebió de un trago.

—Pues parece que tu fogosa ya está lista —dijo, recuperando el aliento.