Un pequeño drama junto a la pedicura
Lara preparó el baño de pies, ajustó el agua a una temperatura agradable y comprobó que estuviera todo lo necesario para la pedicura. Limpió la paleta de colores y repasó rápidamente los frasquitos, asegurándose de que no faltara ningún tono en la estantería.
Aun con la lengua suelta y esbelta Vera sentada en el sillón de lavado, el salón se había sumido en una calma inusual. Solo se oía el suave murmullo del agua, el discreto repiqueteo del teclado de Mia y algún que otro bostezo apagado de Vera.
—¿Qué decías, quién viene a hacerse la pedicura? —preguntó Lara.
Las manos de Mia no se detuvieron ni un instante, y sus ojos no se apartaron de la pantalla. Seguramente estaba escribiendo algún correo con verdadero ímpetu.
—Emily. Ya sabes, la chica traductora.
Lara arqueó levemente las cejas.
—Emily... Emily... Mmm. —Entonces se le iluminó el rostro—. ¡Emily! Ya caigo. Hacía siglos que no venía.
Mia seguía sin moverse ni un centímetro.
—Dijo que no podría venir por un tiempo, pero ya ni me acuerdo por qué. Da igual. Ya viene.
Pero la mente de Lara ya andaba en otra parte. Al oír el nombre le había venido a la cabeza otra cara. No importa. A esa mujer también hacía tiempo que no la veía. Igual que a la joven que, minutos después, entró en el salón pálida y con ojeras.
Emily se dejó caer, agotada, en el cómodo sillón, y hundió los pies en las burbujas calientes. Cerró los ojos y se entregó al mimo. Se le escapó un suspiro largo y placentero.
Vera se rio por lo bajo.
—Cuidadito con relajarte tanto, cielo. Así es como empiezan los problemas conmigo. Me suelto un poco y ya no hay quien me pare la lengua.
Emily ni siquiera abrió los ojos.
—Ahora mismo no tengo nada que contar, así que todos estáis a salvo.
Vera no pensaba dejarlo pasar.
—Ya, ya. Porque tú eres la excepción, a la que nunca le pasa nada interesante. Sobre todo a tu edad. Claro. Lo que tú digas.
Nico y Lara se miraron. El peluquero enarcó las cejas en un gesto de pregunta. Lara negó con la cabeza, apenas perceptible. Sabía perfectamente que, una vez Vera se soltaba, ya no había quien la parara; como mucho, podían meter baza para suavizar el golpe.
Mia ya estaba al borde de su silla, lista para saltar.
Emily esbozó una sonrisa débil.
—Ahora mismo lo único que tengo es drama, y encima ando ahogada de trabajo. No tengo tiempo para emociones.
El cuerpo de Vera se tensó, y sus dedos se aferraron al brazo del sillón.
—El drama me vale. Venga, suéltalo.
Emily se rio.
—Es un aburrimiento, de verdad.
Mia se levantó de un salto y dio una vuelta inquieta alrededor de su silla. Emily había caído de lleno en la trampa. Se acabó, no había vuelta atrás. Vera estaba a punto de hacerla pedazos.
—¿Aburrido, como una relación perfecta y armoniosa?
Emily abrió los ojos y miró a Vera. Sus miradas se cruzaron en el espejo. Una sonrisa de suficiencia se extendió por el rostro de Vera.
—Aburrido, como devanarme los sesos pensando si liarme con mi cliente, que me lleva bastantes años, y dejar por él a mi amante deportista, gracioso y de mi edad.
Mia se desplomó de nuevo en la silla con un golpe seco. Apoyó los codos en la mesa y hundió la cara entre las manos.
—¡Vaya! —cacareó Vera—. Ese abuelo debe de tener el bolsillo bien lleno si por él dejas a un tío bueno. A tu edad ya va cada una a lo suyo, ¿no?
—No es ningún abuelo...
Vera la calló con un gesto.
—No, no, claro que no. Pero está claro que te comes la cabeza porque lo ves demasiado mayor para ti. Al final todo es cuestión de perspectiva. Mi bisabuela seguramente diría: menudo bombón, carne fresca. Yo, sin ánimo de ofender, tenemos más o menos la misma edad, así que tropezaría con su andador.
A Mia se le escapó la risa que llevaba conteniendo.
—Ahora sí que quiero conocer a ese cliente tuyo. Con andador o sin él.
Vera hizo una mueca.
—A mí lo que me interesa es su cartera, si tanto dilema te está causando el abuelo.
Emily echó la cabeza hacia atrás y se tapó la cara con un gesto teatral.
—Madre mía, en qué lío me he metido... —masculló desde detrás de los dedos—. Me metí de cabeza en la boca del lobo.
Lara tomó con delicadeza el pie de Emily y se puso manos a la obra con la pedicura.
—A partir de ahora, cuidado con los movimientos bruscos.
Vera aprovechó al instante.
—No le vayas a dar un infarto al viejo por culpa de un dedo del pie de menos.
Un murmullo bajo de risas, teñido de reproche, recorrió el salón.
—Ya está, cariño —anunció Nico con entusiasmo exagerado.
Lara levantó la vista. A Nico rara vez lo alteraba Vera; solía ser la frustración contenida con otros clientes lo que le pesaba. Pero en ese momento parecía que las bromas de la lengua suelta de la profesora de educación especial le habían superado.
Nico adoraba a sus clientes mayores. Los trataba con una ternura especial, como si fuera su misión personal hacerles la vida un poco mejor, un poco más bonita. También le tenía cariño a Vera, pero en ese momento agradecía no tener que seguir escuchando las bromas sobre el andador.
Vera, para ganar tiempo, se pasó un buen rato sacudiéndose pelos imaginarios, y luego se enderezó. Se dio la vuelta y miró a Emily directamente a los ojos.
—Fóllate bien a ese chico, cielo, porque como al final te decidas por el viejo rico, el numerito no va a pasar cuando tú quieras, sino cuando les dé la gana a los astros de alinearse.
La mirada de Emily se perdió en el vacío. Puede que estuviera dándole vueltas a las palabras crudas de Vera. Lara negó con la cabeza. Esperó a que la tarde de verano se tragara la figura de Vera, y entonces le tendió a Emily la paleta de colores.
—Bueno, ¿qué color quieres?
—Rojo —susurró Emily—. Por cierto... no solo no necesita andador, sino que es todo un dios del sexo.
¿Quién es Sonja Blonde?
Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?
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