Una clienta, tres citas
Aquel jueves por la mañana en particular, la primera clienta de Lara también había reservado cita con Nico y con Gael. No era frecuente que alguien reservara tres citas seguidas, una con cada uno. Mia había calculado con cuidado cuánto tiempo necesitaría cada uno como mínimo, y había organizado el horario de manera que la mujer solo tuviera unos minutos libres entre tratamiento y tratamiento.
La mujer, de unos cuarenta años y rostro redondeado, entró en el salón unos minutos antes de la hora acordada. Llevaba colgada del brazo una cesta de mimbre con un forro marrón de lunares rosas. Sus labios estaban cubiertos por una gruesa capa de pintalabios lila pálido. Lara ya la esperaba, así que pudo sentarse enseguida en el cómodo sillón.
—Si el agua no está lo bastante caliente, o la prefieres más fría, solo tienes que decírmelo.
La clienta metió con cautela la punta de los dedos del pie entre las diminutas burbujas. Por un instante abrió mucho los ojos, retiró el pie y luego volvió a sumergirlo despacio en el agua.
—Al menos así me despierto un poco —dijo con sequedad—. Con este calor viene bien refrescarse.
Lara se inclinó y alargó la mano hacia el regulador de temperatura.
—La subo un poco.
La mujer levantó ambas palmas.
—No, no, así está bien. De verdad.
El salón quedó en silencio. Nico cuchicheaba con su clienta en un rincón. Mia salió de la sala con el teléfono en la mano. En su lugar llegó Gael. Sus pasos ligeros y elásticos se fundieron con la calma del salón. Saludó a los presentes con un breve asentimiento. La clienta de Lara miraba el techo, absorta, sin siquiera reparar en el masajista.
Poco después, la mujer ya estaba boca abajo en la camilla, con el rostro redondo encajado en la abertura del reposacabezas. Gael apoyó suavemente las manos sobre su espalda descubierta.
—¿Qué intensidad prefieres?
La mujer se encogió de hombros, ladeando el cuerpo.
—Me da igual. Supongo que al menos no me romperás ningún hueso.
Gael esbozó una media sonrisa.
—No pienso hacerte daño. Tengo entendido que mis movimientos son algo más firmes de lo habitual, así que es importante que me avises si se te hace demasiado. ¿De acuerdo?
La mujer dejó escapar un leve gruñido para indicar que estaba de acuerdo. Después no volvió a hablar. Pronto se relajó por completo bajo las manos de Gael, y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro de satisfacción.
Gael siempre dejaba a sus clientes un cuarto de hora para descansar después del tratamiento. La mujer se quedó en la camilla hasta el último minuto, y luego, algo aturdida, se dirigió tambaleándose hacia el puesto de Nico.
En cuanto se sentó, rebuscó en la cesta y sacó una caja de tinte para el pelo.
—Espero que no te importe que la haya traído yo. No quiero arriesgarme. Quiero exactamente este tono berenjena.
Nico tomó la caja. Mientras leía el texto del reverso del envase, frunció el ceño.
—Con tu pelo, esto seguro que no va a quedar color berenjena.
Una sonrisa irónica cruzó el rostro de la mujer.
—Ya me imaginaba que intentarías disuadirme.
Nico levantó la vista.
—Apostaría lo que fuera a que este no va a ser el color que buscas.
La mujer soltó el aire con fuerza.
—No te ofendas, pero a mi amiga la conozco desde hace veinte años, y a ti apenas desde hace un minuto. Es normal que confíe más en ella, ¿no crees?
—¿Tu amiga es peluquera?
—No, pero tiene una tienda de productos de peluquería. Conoce bien lo que vende.
Nico se encogió de hombros con un gesto seco.
—Muy bien. Pero ya te avisé, ¿verdad?
El pie de la mujer tamborileaba rápido sobre las baldosas negras. Su mirada iba y venía entre la caja de tinte y el bol de mezcla que había dejado preparado en el borde de la encimera. Nico cogió ambas cosas y se dirigió a la mesa de trabajo detrás de los lavacabezas.
Los minutos pasaron en un silencio agobiante. De vez en cuando se movía un músculo en la mandíbula apretada de Nico. La mujer lo observaba trabajar, rígida en el asiento.
Mientras tanto, Lara, Gael y Mia tomaban café en la mesita frente al salón. Eso solo lo ponía más inquieto. Le tembló la mano al levantar el secador. La mujer arqueó una ceja.
—Bueno, llegó la hora de la verdad.
El rostro de Nico se endureció por un instante, y luego sonrió, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos. El secador se puso en marcha con un zumbido.
Nico observó, impasible, cómo iba surgiendo de los mechones húmedos un morado con tonos rosados. Evitaba la mirada de la mujer: no quería ver su decepción, y tampoco podía arriesgarse a que la clienta le notara en la cara ni el más mínimo rastro de satisfacción. Al fin y al cabo, había sido su propia amiga quien la había engañado. Probablemente sin querer.
En cuanto el ruido de la calle se tragó el repiqueteo de los zapatos de la mujer, Nico se reunió con los demás y se dejó caer en la silla junto a Gael.
Mia miró a un lado y a otro, y rompió a reír.
—Anda, no te lo tomes tan a pecho. Nadie la obligó a llevar un pudín de arándanos en la cabeza.
Nico no contestó, solo sacudió la cabeza con fastidio.
Gael estiró las piernas, echó la cabeza hacia atrás, cerró los ojos y disfrutó del sol cálido en la cara. Mia descansaba con la mirada perdida, con una mano olvidada sobre el pecho, mientras Lara leía absorta.
Un pitido agudo rompió el silencio. Mia se incorporó de golpe en la silla, sorprendida.
—Anda, una reseña... Hacía siglos que no recibíamos ninguna.
Cogió el teléfono que descansaba sobre la mesa y abrió la aplicación.
—¿Y bien? —la apremió Nico, tragando saliva.
A Mia se le fue el color de la cara y se le abrió la boca. Lara dejó de leer y acercó su silla.
—¡Dilo ya, por favor!
La recepcionista empezó a leer con voz apagada.
—Hoy visité este salón, donde primero tuve que meter los pies en agua helada para la pedicura. Después me atendió un masajista de manos huesudas que, lo juro, solo se dedicó a encontrar y apretar cada punto que pudiera dolerme. Y para rematar, en vez de berenjena, el peluquero me tiñó el pelo de un color parecido a la salsa de cerezas pasada. Lo único bueno de todo esto es que, mientras me tambaleaba hacia el autobús helada, temblando de dolor y con una maraña del color de las cerezas mohosas en la cabeza, algunas personas pensaron que estaba pidiendo limosna y me echaron monedas en la cesta. Al menos así recuperé lo del billete de autobús. Lo recomiendo encarecidamente a los amantes de la aventura y a quienes disfruten con el dolor y la tortura.
¿Quién es Sonja Blonde?
Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?
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