Hombres de verdad y frutos del bosque
El maratón de trabajo de la semana pasada, las ganas de demostrar lo que valgo y la falta de sueño pasaron factura: se me inflamaron los dos ojos. Me bastó con echarme un vistazo al espejo. Le prometí a la pobre desgraciada que tenía delante que la dejaría en paz, que ni la miraría.
Aun así, quería hacer algo por ella. No podía abandonarla del todo. Me acerqué a la droguería del bloque de al lado a comprar manzanilla. Resulta que allí solo tenían de bolsitas; para la suelta tuve que ir a la farmacia. Ya que estaba allí, no quería salir con las manos vacías. Rebusqué en el bolso un fajo de billetes, total, algo podía gastarme en mimarme un poco…
Después de mirar un buen rato, acabé comprándome un spray corporal con olor a frutos del bosque. Como no me van los perfumes dulces, lo cogí del estante con bastante desconfianza, pero el bote era tan bonito que no pude resistirme. Para mi sorpresa, no olía a dulce, sino a fresco y afrutado, como esos geles de ducha de frutos rojos.
Primero fui a casa, me lo eché por todo el cuerpo, hasta en el pelo, y solo después me pasé por la farmacia. El Gruñón, esta vez, no me decepcionó.
—Vaya, vaya. Parece que vas cuesta abajo a toda velocidad. Cada día tienes peor pinta.
Estuve a punto de saltarle al cuello, de lo mucho que me sacó de quicio. Llevaba una temporada infernal, con ganas de llorar a todas horas, y encima el muy creído me suelta un comentario así. No pude morderme la lengua.
—¿Sabes qué? —le solté—. Pues hoy tampoco te vas a llevar nada de esto. Yo me lavaré los ojos con manzanilla a rajatabla, y tú vete a mimar a tu chica, a tu chico o a tu oveja hinchable. —Se me quebró la voz, pero no me detuve. Me agarré al borde del mostrador—. Mi piel huele a frutos del bosque. Por todas partes —siseé—. Para que sepas lo que te pierdes.
Al Gruñón se le pusieron los ojos como platos. Primero se puso rojo, luego blanco como el papel. Solo conseguía balbucear.
—Yo… —No logró sacar nada más.
—Dos paquetes de manzanilla suelta, por favor, para no tener que volver por aquí en una temporada —zanjé.
El muy capullo seguía mirándome como si se le hubiera olvidado parpadear. Se metió en el almacén a trompicones y trajo lo que le había pedido. El cobro y el envoltorio se hicieron en completo silencio.
Ya me iba, cuando me clavó esos ojos azules y fríos como canicas.
—¿En serio has dicho oveja hinchable?
Me encogí de hombros.
—Pues cabra, o mosquito, yo qué sé con qué sueñas. Con ojos inflamados, imagino que no.
Negó con la cabeza.
—¿Nunca has tenido un hombre normal en tu vida?
Me quedé congelada. Y luego se me cayó el alma a los pies. Se me puso toda la piel roja. Ahora la que balbuceaba era yo, y tuve que salir a trompicones buscando la puerta.
Poco después, tumbada con una compresa caliente sobre los ojos, disfrutando de mi merecidísima hora de descanso, me eché a reír pensando en todo lo ocurrido. Fue curioso, pero me lo pasé bien peleándome con el Gruñón.
El lunes por la noche, por fin me llamó Ben. Con esa voz grave y sensual suya. No pude evitar imaginármelo tumbado, desnudo, hablando conmigo.
—Me han invitado a una exposición el miércoles. Está un poco lejos, pero en coche se llega bien. Es una zona preciosa, nunca he estado por allí. ¿Te apetece venir conmigo? Creo que lo pasarías bien.
Casi se me cae el teléfono de la mano. ¿Qué mosca le había picado? ¿Tan seguro estaba de que iba a acostarse conmigo? Noté que la voz se me transformaba por completo, por mucho que intentara controlarme.
—Ando desbordada de trabajo. Últimamente ni los fines de semana libro, así que entre semana ni te cuento.
Y todo eso después de haber salido a navegar y haber visto amanecer con él. Me invadió la vergüenza. Me sentía como si estuviera contando una mentira tras otra.
Se quedó callado, raro.
—Ya, claro. Solo… pensé que a lo mejor. Perdona.
Cruzamos unas cuantas frases más, incómodas. Le pregunté exactamente dónde sería la exposición y nos despedimos. Qué momento más violento.
A pesar de la sensación horrible, luego me quedé frita como si me hubieran noqueado. No me desperté hasta el mediodía siguiente. Para entonces ya empezaba a ver la llamada de Ben de otra manera, y para el miércoles estaba convencida de que había reaccionado fatal, exagerando muchísimo. No había mencionado en ningún momento quedarse a dormir ni nada por el estilo. Solo había dicho que estaba lejos. Y eso, en el idioma de los hombres, significa: está lejos.
Busqué el sitio en internet y me tiré un buen rato mirando fotos. La verdad es que es una zona preciosa. No tengo ni idea de qué le pasó por la cabeza, ni si llegó a notar la tensión que yo desprendía, pero de todos modos quería arreglar las cosas. Le escribí:
«He buscado en internet el lugar de la exposición. De verdad que has ido a un sitio precioso. Ahora me da todavía más pena no estar allí, sino aquí, pegada al escritorio y encorvada sobre el portátil. ¡Pásalo bien!»
Lo que esperaba que se entendiera era: Perdona, Ben, fui una tonta, me precipité. No te veo como un pesado ni nada por el estilo, y sí, me encantaría seguir conociéndote. Espero que no te haya sentado mal que me comportara como una histérica, y estoy deseando que descubras lo increíble que huele mi piel gracias a este spray de frutos del bosque, ¡porque a mí me encanta! Un abrazo, y un beso en esa boca tan bonita que tienes. Al menos, con la imaginación.
Lo que pensó Ben exactamente, seguramente nunca lo sabré. Yo, desde luego, no pienso volver a sacar el tema. En cualquier caso, contestó casi al instante.
«Entonces dime cuándo podemos estar aquí los dos. Yo ese día seguro que estaré libre…»
Se me cayó la mandíbula al suelo con un mensaje tan directo. Como lo viera el Gruñón… Le suplicaría a Ben clases particulares entre lágrimas.
Me imaginé bajando a la farmacia y contándole a mi farmacéutico neurótico lo de la persecución en barco, el amanecer y todo lo demás. Solo para que supiera cómo es un hombre de verdad. Igual él piensa que un hombre de verdad es el que va repartiendo lecciones con bata blanca y zuecos, se lo pidan o no, pero la realidad no tiene absolutamente nada que ver con eso. Que me enseñe a una sola mujer a la que hayan llevado a la cama a golpe de taconeo de zuecos…
Bueno, si hay ovejas hinchables, igual a alguien también le pone una zapatilla blanca de suela de madera, toda dada de sí.
Hoy tocaba desayuno en mi casa. Y no cualquier desayuno. ¡Dulce! Cruasanes de crema de pistacho, nata montada, fresas, frambuesas, moras. Ese tipo de capricho con mis amigas me sentó de maravilla. Si no me hubiera dado corte, desde luego también me habría preparado un gin-tonic rosa.
Esta vez nos sentamos tranquilas y sin agobios. Adele se había tomado una semana libre de estudio, así que por una vez no andaba estresada por el examen de acceso a la abogacía. Sofia, por su parte, estaba encantada con su vida en ese momento. Dice que por fin se ha dado cuenta de lo bien que se vive siendo joven.
—Y el trabajo no puede ser más importante que tener una vida equilibrada —soltó, como si llevara cuarenta años currando.
Mark la miró con auténtica incredulidad.
—¿Dices eso después de haber hecho dos guardias esta semana?
Sofia se encogió de hombros. Levantó la barbilla y miró hacia el río. Se podría haber sacado una foto artística de aquella mujer tan segura de sí misma, pasando olímpicamente de todo.
—Es vocación. No lo hago por obligación, ni para no morirme de hambre.
No me atreví a mirar a Adele. Esperé el estallido con la cabeza gacha. Ese tipo de frases, del estilo «tengo dinero y hago lo que me da la gana», suelen sacarla de sus casillas, aunque Sofia se lo curre de verdad. Pero esta vez no reaccionó. Siguió comiendo feliz sus frutos con nata montada.
Tuve que aprovechar el momento.
—Hablando de fresas, frambuesas y moras… —solté entusiasmada—. ¡Oled mi pelo! Huele que alucinas, a frutos del bosque.
¿Quién es Sonja Blonde?
Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?
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