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El salón – Parte 21

Uñas rojas

Lara apoyó con delicadeza el pie de Rosita sobre su rodilla. La anciana movía los dedos del pie con aire juguetón, girando el talón de un lado a otro sobre la toalla blanca y gruesa, como si en lugar de una mujer de más de setenta años fuera una niña impaciente esperando ansiosa que la mimaran.

Lara inclinó la cabeza hacia delante y, con las cejas enarcadas, escudriñó a su clienta.

—Hoy estás muy animada, Rosita.

Primero le tembló el hombro a la mujer; después ya fue todo el torso el que se negó a quedarse quieto.

Lara frunció el ceño. Sujetó con suavidad el pie inquieto y sostuvo la mirada de Rosita durante un buen rato.

Rosita resopló con impaciencia.

—¡Ay, pregúntamelo ya de una vez!

Se agarró con ambas manos al borde de la silla, infló los carrillos y puso los ojos como platos.

Lara se echó hacia atrás.

—No me digas que…

Rosita soltó por fin el aire que había estado conteniendo.

—¡Pues sí!

Desde la zona de peluquería llegó la risita de Nico. Lara miró hacia allí. El peluquero limpiaba el lavacabezas negro con vetas de mármol y purpurina dorada, negando con la cabeza en un gesto de suave reproche.

—¿Tú sabes algo? —preguntó Lara en tono acusador.

Nico sacudió sus rizos teñidos de rubio.

—No, pero me muero de ganas de enterarme de qué ha hecho Rosita esta vez.

Rosita bufó, ofendida.

—Ah, muy bien, adelante: hablad de mí como si no estuviera delante.

Lara le apretó el pie con suavidad.

—Vamos, cariño. Ya empezaba a sentirme dolida por si me estabais ocultando algo, porque Nico lleva tiempo sabiendo quién es el afortunado.

Rosita hizo un gesto con la mano.

—Nadie sabe nada, porque todavía es un pelín secreto.

Se rió. Lara volvió a enarcar las cejas.

—¿Y a quién hay que ocultárselo, si puede saberse?

A la anciana se le escapó la risa.

—¡A su madre, desde luego que no! A esta edad ya no hace falta ganarse el favor de la suegra. Basta con llevarle flores a la tumba una vez al año.

Lara y Nico se miraron con reprobación.

—Rosita... —Lara negó con la cabeza.

—Ay, chicos, no pongáis esa cara. Cada edad tiene su encanto y su infierno. Si ya tengo el pecho colgando hasta las rodillas y hasta el trasero arrugado, lo mínimo que merezco es no tener que aguantar los caprichos de una suegra nunca más.

—Mi suegra era buena gente —susurró Lara—. Hasta que nos divorciamos. Después, ya menos.

—Yo, hija, ya tuve cuatro. Un ángel y tres brujas malvadas. Seamos sinceras, es una lotería asquerosa. Pero ¿sabes qué? Digamos simplemente que, pasados los setenta, a una se le quitan las ganas de jugar a esa lotería.

Nico carraspeó.

—Entonces, ¿quién es el afortunado?

Lara levantó la mano.

—Un momento, primero elige un color para las uñas de los pies. Este verde manzana, por ejemplo. Le quedaría precioso a tu vestidito verde de verano, el del bajo con volantes que tanto me gusta en ti.

Rosita hizo una mueca que le arrugó la nariz.

—¿Verde? ¿A mi edad? Como se me salga el pie de debajo de la manta mientras duermo, van a pensar que soy un cadáver.

—Elige el rojo, Rosita —terció Nico, impaciente—, y dinos ya de una vez quién es el hombre, que me estoy volviendo loco sin saberlo.

—El padre de mi cartero —soltó Rosita.

Nico se inclinó hacia delante, sujetándose al lavacabezas con ambas manos.

—¿No el cartero, sino su padre? Pero ¿cómo se liga uno al padre de alguien?

—Muy fácil, si el hombre no para de venir a verme con su viejo padre de copiloto.

Lara desenroscó el tapón del esmalte rojo y luego sujetó con delicadeza el pie de Rosita entre las rodillas.

—Nada de moverse a partir de ahora. Y tú vas a contarme, con calma y por orden, cómo pasó el querido padre del asiento del copiloto a tu dormitorio.

Hasta el cuello de Rosita se puso colorado. Levantó la barbilla y clavó en Lara una mirada desafiante.

—¿Y si todavía no ha llegado a eso?

Lara frunció los labios con escepticismo.

—Entonces no estaríamos teniendo esta conversación…

La anciana hizo un mohín ofendido.

—A nuestra edad no perdemos el tiempo —dijo con voz ronca—. Ya lo averiguarás.

Se abrió la puerta del salón. Mia entró como una tromba con dos bolsas grandes en las manos. Se detuvo, recuperó el aliento y saludó a los demás con un gesto rápido de cabeza antes de dirigirse a la cocina.

—Esperadme —gimoteó—. No contéis nada del nuevo pretendiente hasta que vuelva, Rosita.

—¿Por qué das por hecho que tengo a alguien?

—Eh... dudo que te estés pintando las uñas de rojo por el gato —resopló, y desapareció en la salita.

Poco después, la puerta de entrada volvió a abrirse de golpe.

—¡Qué color tan atrevido!

Al oír la voz de Gael, a Rosita se le fue el color de la cara. Presa del pánico, se llevó un dedo a los labios. Lara bajó la mano.

—¿Todo bien, Rosita?

—Chsss... —siseó la anciana.

Gael pasó cerca de ellas. Rozó ligeramente el hombro de la clienta y siguió su camino hacia la sala de masajes. Rosita temblaba como una hoja. En cuanto la puerta se cerró detrás del joven alto, se desplomó.

—Madre mía —gimió—. Qué susto.

Mia ya había vuelto de la cocina. Se sentó en el sofá de las visitas y se dio una palmada en la rodilla.

—Venga, Rosita, ¡suéltalo! ¿Quién es el afortunado?

La mujer sacó el pie de entre las rodillas de Lara de un tirón. Miró suplicante primero a Mia, luego a Lara y a Nico.

—¡Por el amor de Dios, que Gael no se entere! —chilló.

Lara se acercó a su clienta, que parecía a punto de desmayarse.

—¿Qué demonios te pasa, cariño?

Rosita se llevó ambas manos al pelo.

—No quiero que Gael se entere de todo este asunto del padre del cartero... ¿Y si al final no sale bien? —soltó atropelladamente—. ¡Es que todavía no me he resignado del todo a perder a Gael, a ese hombre precioso, sensual, de manos enormes!

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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