—Bueno, ¿y qué hacemos con Ludmilla? —preguntó Noud.
—¿Cómo que qué hacemos?
Noud puso la tapa a la olla y apagó la vitrocerámica bajo la salsa espesa. Se giró despacio y miró fijamente a Bernard, que estaba sentado a la mesa de la cocina.
—Venga, ¿cómo crees que lo digo?
Bernard no quiso aguantarle la mirada afilada, así que simplemente giró la cabeza y se quedó observando a Fabian, que correteaba junto a la piscina al otro lado de la ventana.
—Estamos hablando de una anciana maniática.
—¿Y eso le da derecho a ir por ahí amenazando? —saltó Noud.
—No. A nadie le da ese derecho. Pero tampoco creo que debamos tomárnosla en serio. Solo quería fastidiarnos.
—Pues a mí lo que me fastidia es que cada vez haya más abuelitas y abuelitos revoloteando a nuestro alrededor, poniéndonos la zancadilla. Y se supone que no hay que tomárselos en serio.
—Sí, en eso tienes razón —murmuró Bernard—. Realmente hay demasiados toca-narices por metro cuadrado. Y eso que aún no hemos hablado de Ted.
—Si quisiéramos, Ludmilla podría desaparecer esta misma noche y despertar dos días después en medio de una selva vietnamita, en pantuflas y nada más.
—Pero no queremos eso.
—Podríamos mandarle a Carlos de acompañante…
—Anda, ya, Noud —sonrió Bernard—. Tienes demasiada imaginación. Hay que buscar otra forma de poner a estos pájaros en su sitio.
—¿También a Ted?
—También a Ted —rió Bernard—. Pero por ahora, cálmate, ¿quieres?
—Mira que cuando Ludmilla te elogió el mono, tú tampoco pusiste cara de mucha tranquilidad…
—Hombre, claro. Me cabreé bastante al notar que se nos había clavado otra astilla bajo la uña, como te puedes imaginar.
—Entonces, ¿qué hacemos?
—Dame unos días, Noud. Te prepararé un bonito plan educativo para los tres.
Su pareja le escuchaba con los ojos brillantes. Por fin estaba a punto de pasar algo realmente emocionante.
—¿Tú crees que se cagaron? —soltó entre risas María José.
El café con ron ya estaba haciendo su efecto.
—¡Tenías que haber visto la cara que se le quedó! —se rió Ludmilla, con la boca llena de migas de colores.
—Vaya tortazo para esos dos niñatos tan guapitos que una vieja les haya hecho hincar la rodilla.
—Deben de estar que no duermen pensando qué quiero de ellos —se jactó la alemana.
—¿No te da miedo que te hagan desaparecer?
—No se atreven —aseguró Ludmilla con seguridad—. Primero tienen que averiguar cuánto sé y cuánto cuesta mi silencio. Además, eso no lo podrían tapar.
—Yo, la verdad, tampoco me los imagino haciendo algo así. Pusieron micrófonos a los eslovacos, bueno, tampoco es para tanto. Alguien les contrató para espiar a Adrian y compañía. No es un escándalo mayúsculo. Y a mí tampoco me caen bien.
—Yo también lo veo así. Detectives privados, un poco torpes.
—Un poco no. Muy torpes. Hasta Heidi sabe que tú no bajas la guardia, ni de noche. ¿Tú crees que Ted ya les ha apretado las tuercas?
—¡Eso me encantaría saberlo!
—Ese gilipollas seguro que no nos lo va a contar.
—Ah, yo no pensaba en eso exactamente —dijo Ludmilla, con un tono cargado de intención.
María José se removió en la silla, con las mejillas encendidas, las aletas de la nariz dilatadas, inclinando el cuerpo hacia delante mientras intentaba adivinar los pensamientos de su amiga.
—¿En qué estás pensando ahora?
—Si me traes otra ronda de macarons y de ron, te lo cuento.
Fue un milagro que María José no atravesara la puerta de cristal de la terraza en su carrera por traer los dulces que le había pedido.