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Calle la Rosa, 22 – Parte 54

Noud subió a regañadientes hasta el sexto piso, arrastrando los pies. Mantenía los labios apretados para asegurarse de no decir nada sin querer. En ese estado, solo era capaz de quejarse del aire asfixiante y con olor a orina de la escalera o de soltar maldiciones sobre su destino.

Frente a la ostentosa puerta plateada, Noud torció una última mueca antes de forzar una sonrisa en su rostro. Bernard se le quedó mirando con una media sonrisa, divertido por el sufrimiento exagerado de su compañero.

—Anda, no te pongas así —susurró—. Sabes que le necesitamos…

—Tú lo necesitas —gruñó Noud, todavía con tono de fastidio.

Antes de que pudiera seguir hablando, la puerta se abrió de par en par.

—¡Los camaleones más sexys del planeta! —chilló un hombre barrigón, pelirrojo, con una espesa barba.

—Timothy, amigo mío —saludó Bernard con calidez al anfitrión.

Con sus fuertes y carnosos brazos, Timothy abrazó a sus invitados uno por uno y los hizo pasar al piso. A Noud casi se le cayó la mandíbula al ver el lujo desbordante y el contraste tan brutal con la escalera. El amplio salón con paredes de cristal rebosaba de adornos de cristal: espejos, objetos decorativos y una enorme lámpara de araña colgando en el centro de la estancia. Muebles, alfombras y un enorme sofá de cuero blanco y plateado proclamaban sin pudor la riqueza del dueño. La vista al océano, como un póster gigante, remataba la perfección del piso de soltero. Todo el cuerpo de Noud se llenó de una amarga mezcla de asco y envidia. Sin pensarlo, agarró la copa de cristal que le ofrecieron y se la bebió de un trago.

—¡Vaya, vaya! —se echó a reír Timothy con su voz chillona—. ¡Sí que tenías sed, amigo mío!

Noud, avergonzado, se llevó la mano a la frente.

—Perdón, me he despistado —balbuceó.

Evitó mirar a Bernard; no quería cruzarse con su inevitable mirada de reproche. Ambos sabían—de hecho, los tres lo sabían perfectamente—que Noud no soportaba al hombre corpulento, asquerosamente rico y siempre deseoso de llamar la atención.

—Aquí no hace falta pedir disculpas por nada —respondió Timothy, de buen humor.

Le volvió a llenar la copa a Noud.

—Venga —les animó—, vamos a la terraza, brindemos por este maravilloso reencuentro.

Los tres hombres permanecieron un rato en silencio, disfrutando de la vista que nunca llegaba a cansar. Saborearon los cálidos rayos de sol que les acariciaban la cara, la paz, y el lujo que les rodeaba. Ese breve instante de calma y la ginebra especiada consiguieron relajar incluso al inquieto Timothy.

—¿Tenemos tiempo para una charla entre amigos o vais con prisa, chicos?

Bernard miró de reojo a su compañero.

—No tenemos ninguna prisa —sonrió Noud.

Bernard soltó un suspiro casi imperceptible.

La mayor parte de la conversación giró en torno a Timothy y Bernard, recordando los viejos tiempos, cuando ambos habían pasado juntos tres meses en un programa de intercambio universitario en Estados Unidos. Desde entonces su amistad había perdurado y, con el tiempo, se había convertido en una colaboración profesional. Gracias a las habilidades excepcionales de Timothy en la descodificación de mensajes, había sido contratado en varias ocasiones por la misma organización para la que trabajaban tanto Bernard como Noud. También había participado en numerosos proyectos de criptografía, y su trabajo tenía un valor prácticamente incalculable. El talento de Timothy y su absoluta importancia dentro del equipo siempre despertaban celos en Noud. Por mucho que él mismo fuera un miembro respetado y valorado de la organización, en presencia del extravagante pelirrojo siempre se sentía insignificante.

El sol ya había comenzado a descender hacia el horizonte cuando Bernard por fin sacó el portátil con la grabación. Timothy observó con gran interés a los ancianos de la pantalla mientras intercambiaban sus peculiares señales con las manos. Luego se echó a reír por lo bajo y les guiñó un ojo a los dos holandeses.

—Tengo una buena noticia y una mala.

—Suelta —se inclinó Bernard, intrigado.

—La buena es que, aunque no lo entiendo todo porque usan una especie de sistema de señales mixto, he podido descifrar lo esencial.

—¿Y la mala? —preguntó Noud.

—La mala es que esos viejos zorros han contratado a un especialista y han empezado a buscar a fondo micrófonos y cámaras ocultas. Para cuando vuelvan a casa, podéis iros despidiendo de vuestro sistema de vigilancia, que creíais perfecto.