Ted paseaba nervioso por su salón. Horribles oleadas de calor le atormentaban, tenía la frente empapada de sudor y el estómago revuelto. Lanzó una mirada irritada hacia la piscina, donde Dajana, Pauline y Viktoria estaban tumbadas como si no tuvieran la menor preocupación en la vida. Que Ted supiera, Dajana a esas horas debería estar limpiando un apartamento cercano, Viktoria haciendo la compra del fin de semana y Pauline practicando yoga con una clase online. Y, sin embargo, ahí estaban las tres, holgazaneando sin hacer nada y, por supuesto, impidiéndole practicar su rutina de natación.
El hombre de las gruesas gafas de culo de botella se iba poniendo cada vez más irritable a medida que aumentaban sus ganas de sumergirse en el agua fresca. Al cabo de un rato, sintió que fuera de esa piscina nada podría aliviar su sufrimiento. Su frustración se transformó rápidamente en rabia, y le costaba contenerse. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para no lanzarse a gritos contra esas tres inútiles. En su cabeza, las órdenes groseras y los insultos desfilaban a la velocidad de la luz: palabras que habría deseado soltar sin piedad a esas supuestas madres. Las odiaba a todas, sin excepción. Por su pereza, por su debilidad, por ser madres. Y, sobre todo, a una de ellas. A la que aún podía oler aunque no estuviera cerca. A la que con solo escuchar su risa, su voz o simplemente verla de lejos, le despertaba sensaciones que jamás habría creído posibles en él. Aquella sobre la que escribía notas detalladas en papel satinado de alta calidad. La misma de la que guardaba una goma de pelo perfumada como si fuera un tesoro. La que en su fuero interno llamaba simplemente: la Mujer Gato.
¿Cómo iba a llamarla de otra manera? Alta, delgada, de movimientos ágiles, con el pelo brillante ondeando al viento y esos ojos felinos. Esa mujer valiente, de piel blanca, temeraria, a la que ni siquiera una amenaza lograba inquietar. Aquella que lanzó al aire aquel puñado de notas de advertencia como si fuera un juego. Todo el mundo que estaba alrededor de la piscina aquella mañana temblaba. Todos, menos ella. Solo Viktoria reía, con la cabeza echada hacia atrás, mientras los papelitos caían a su alrededor. Esos mensajes eran para ella. ¡Qué bruja tan sensual y tan embriagadora!
Al final no pudo soportarlo más. Abrió de golpe la puerta que conectaba el salón con el patio y, casi sin darse cuenta, se lanzó en dirección a la piscina. Pero tras unos pasos decididos, chocó contra algo. Mejor dicho, contra alguien.
—¿Pero qué te pasa, Ted? —le soltó Carlos, molesto—. ¿En serio? ¿No has visto que venía directo hacia ti? ¿Te está dando un ataque o qué?
Ted se llevó la mano a la frente, totalmente desconcertado. La sorpresa de la situación y la repentina reaparición de aquel hombre mayor —que había desaparecido en circunstancias bastante extrañas— colapsaron por completo su ya caótica mente. No le salían las palabras. Abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, desesperado por procesar lo que estaba viendo.
Carlos chasqueó los dedos varias veces justo delante de sus gruesas gafas.
—¿Qué haces merodeando por mi terraza? —le soltó Ted, a la defensiva.
—Tranquilo, tranquilo —le sonrió Carlos con dulzura—. Pensaba que habías perdido la cabeza del todo.
—Este calor me está matando y lo único que quiero es usar la piscina, por fin —gruñó Ted.
—Ah, ya veo —se burló el hombre mayor—. Pero claro, para que tú puedas usar la piscina, primero tendría que desaparecer todo el mundo en un radio de cincuenta metros para que no te molesten con su mera existencia, ¿verdad?
—Me da igual lo que pienses. Lo único que quiero es poder usar la piscina con tranquilidad, la misma por la que pago exactamente lo mismo que los que se pasan el día tirados en las hamacas. De hecho, yo pago más, porque las familias pagan lo mismo por tres o cuatro personas, mientras que yo lo pago solo por mí.
—Bueno, bueno, tranquilo, colega, no te sulfures —dijo Carlos en tono conciliador—. Relájate, amigo mío, no vayas a ninguna parte —añadió suavemente mientras sacaba una silla junto a la mesa del jardín de Ted—. Siéntate aquí, que te voy a traer una cerveza bien fría —le ofreció—. Relájate, sé que tienes unas cuantas botellas en la nevera.
Ted se dejó caer en la silla, completamente agotado. No le quedaban fuerzas para discutir. Mantuvo la cabeza gacha, asegurándose de no mirar ni por casualidad en dirección a las tres mujeres, que por supuesto no le quitaban ojo de encima. Le observaban con expectación, atentas a cada uno de sus movimientos en la terraza del hombre más insoportable de todo el complejo.