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Calle la Rosa, 22 – Parte 72

—Vamos, bajemos a la playa —dijo Ludmilla con dulzura, apoyando una mano en el hombro de María José—. El aire fresco y salado, y moverte un poco, te sentará bien.

—Siento que podría dormir durante días —murmuró la anciana pastelera, visiblemente agotada.

—Lo sé. Y lo harás. Pero aquí ya no podemos hablar con tranquilidad.

—¿Crees que también nos están escuchando a nosotras?

—A ti, desde luego.

—¡Entonces vayamos a tu casa!

Ludmilla hizo un gesto con la mano, claramente reacia.

—Esteban ha pasado demasiado tiempo en mi casa —comentó con sequedad—. Y de ese viejo sinvergüenza me espero cualquier cosa. No me sorprendería que, mientras me tenía distraída, haya puesto micrófonos por todo el piso.

María José torció el gesto con disgusto. Aunque físicamente se encontraba mejor, los acontecimientos de los últimos días la habían dejado emocionalmente destrozada. Una tristeza profunda y una decepción amarga se habían apoderado de ella. Se sentía miserable y expuesta. Y por si fuera poco, también sentía vergüenza: vergüenza de que alguien la hubiese drogado y llevado de un lado a otro como si fuera una muñeca de trapo.

—¿Y entonces, qué? ¿Cada vez que queramos hablar tenemos que salir del complejo? —protestó, con amargura—. ¿Eso te parece normal?

—No lo es. Por supuesto que no —respondió Ludmilla, visiblemente irritada.

Se pasó la mano por el pelo y se recolocó las gafas. Su paciencia estaba llegando al límite. Necesitaba hablar con María José sobre lo ocurrido. Tenía que saber todos los detalles de la desaparición. Y también debía darle la mala noticia a su vieja amiga. Simplemente no podía callárselo más: la pastelera había sido descubierta —al menos de momento, solo ella. Esteban había visto el alijo de objetos robados que María José escondía en su despensa.

Por mucho que lo intentara, no lograba disfrutar del paseo. La calle que conducía a la playa le resultaba abarrotada y ruidosa hasta lo insoportable. Lo que antes le parecía lleno de vida y energía, ahora se sentía opresivo. El olor a fritanga grasienta y ahumada le revolvía el estómago. Avanzaba de forma mecánica, aguantando los empujones de la multitud, los roces fortuitos, el estruendo molesto. Ni siquiera cuando sus pies descalzos tocaron por fin el agua fresca logró relajarse.

No quería estar allí.

Lo único que deseaba era su cama. Descanso. Sueño. Silencio. Ansiaba estar sola. No quería ver a nadie, y mucho menos hablar con nadie. Agotada, abrazaba sus chanclas contra el pecho. Y lo último que necesitaba era revivir todo aquello solo para satisfacer la curiosidad de Ludmilla, que la miraba con los ojos brillantes, esperando a que por fin empezara a hablar.

—¿Y bien? —la apremió Ludmilla—. Vamos, ¿qué ha pasado?

María José se encogió de hombros, sin mucho interés.

—Carlos subestimó a Bernard y a Noud —dijo con tono plano, sin rastro de emoción.

—No lo entiendo.

—¿Qué es lo que no entiendes? —saltó la pastelera—. Unos mafiosillos o vete tú a saber qué, y Carlos venga a pincharles hasta que se hartaron. Y yo… estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado.

—¿No crees que tenga que ver con la caja…?

—¡No empieces tú también con esa chorrada! —saltó María José, enfurecida—. Me encanta lo listillos que os creéis los dos. ¿De verdad alguien va a preocuparse por los garabatos de parvulario de Ted?

Ludmilla se quedó callada, algo desconcertada.

—Y además —continuó María José con rabia contenida—, si yo era el objetivo… ¿por qué tú no?

Golpeó con fuerza la palma de la mano con su chancla. El escozor del caucho contra la piel no era nada comparado con el dolor ardiente y punzante que llevaba días arrastrando por dentro.