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sergio, Pixabay

Cuento

Escena del cuento, en la que el dragón ha secuestrado a la princesa. La princesa planea escapar, el dragón planea la boda.

Princesa:

Las lágrimas siempre son lo más difícil. Para sacarlas hay que rebuscar en los rincones más profundos de una misma. Como aquella vez que mi hermana tenía seis años y fingió desmayarse, diciendo que le había dado una patada justo en el sitio donde le habían puesto la vacuna. La muy bribona lo hizo de maravilla. Se quedó tirada en la hierba, con la boca entreabierta, sin moverse. Solo cuando mi padre, asustado, la cogió en brazos, me guiñó un ojo. Ahí empezó todo. Esa fue la primera vez que me traicionó. Hasta entonces pensaba que era mi mejor amiga. Si todavía lo fuera, ahora sabría que vendría a por mí. Pero las lágrimas no llegan. Me siento encogida en el borde de la cama, los brazos colgando entre las rodillas, la cabeza gacha. Me siento como un lobo solitario.

—No te asustes tanto, chica —la voz ronca me araña el tímpano.

No respondo. El dragón suelta una risita torpe. Por dentro me recorre el asco, pero por fuera sigo inmóvil.

—Solo… —susurro.

—¿Soooolo? —alarga la palabra.

Le oigo sonreír.

—Tengo tanto miedo de lo que pasará si mi prometido descubre que me han mancillado… —mi voz se quiebra.

No responde. Gruñe, se balancea de un pie a otro. No sabe qué hacer. Bien. Muy bien.

—Es un idiota… —suspiré. Mis hombros se hunden aún más, aunque mi cuerpo permanece rígido.

El colchón cruje cuando se desploma a mi lado.

—¿Tienes prometido? —chilla, desconcertado.

—Yo no lo elegí —sollozo al fin.

—¿Quieres que lo mate?

Me congelo. No me lo esperaba. Una nube me envuelve la cabeza. Miro sin fuerzas la punta de mis zapatos. Luego, desde muy dentro, una idea tenue logra abrirse camino. ¿Y por qué no?

Pienso en mi hermana, que tantas veces me ha traicionado desde entonces. Me aferro a su sonrisa burlona, a aquel guiño malicioso. Levanto los ojos llorosos y ruego al dragón:

—¿Lo harías? —chillo con voz aguda.

—Salgo ahora mismo —declara, saltando en pie—. ¿Quién es ese desgraciado?

—Se llama Armando Guerra —murmuro—. El hijo oculto del rey de los Campos de Caña de Azúcar.

—¿Te quieren casar con un bastardo? —exclama el dragón, horrorizado.

La he fastidiado. El corazón me retumba en los oídos. Soy una estúpida. Me enderezo, clavo los dedos en el borde de la cama, aprieto los brazos contra el cuerpo.

—Como castigo… —jadeo desesperada—. ¡Sálvame, te lo ruego!

Mis ojos abiertos son sinceros: estoy aterrorizada hasta la médula, pero mi voz suena falsa.

—Está bien, cálmate. Ese cerdo no volverá a tocarte ni con un dedo, ¡te lo garantizo!

Saca pecho orgulloso, enseñando los colmillos con soberbia hacia el techo.

Mi mirada se desvía un instante hacia la ventana abierta, luego reacciono y cierro los ojos deprisa. Me llevo la mano al corazón.

—Sabía que podía confiar en ti… —murmuro tímidamente.

Le miro de reojo, aunque no quiero.

Apoya las garras en la cintura y sonríe con superioridad.

—Para cuando estés lista para el banquete de bodas, ya habré vuelto —ruge, y sale dando zancadas pesadas.

Cuando la puerta se cierra de golpe, aún necesito tiempo antes de atreverme a moverme. Así debe de sentirse una presa cuando finge estar muerta y el depredador la olfatea alrededor.

La ventana sigue abierta.

Dragón:

Se posa en el borde de la cama como un pajarillo. Mi pajarillo inocente. Aún siente un rastro de libertad antes de que la encierre para siempre en mi jaula fuerte y siempre dispuesta. Mi jaula. No imagina lo bien que vivirá a mi lado. Debajo de mí, sobre mí, frente a mí… inclinada o de rodillas obedientes. Ya me recorre un cosquilleo, pero debo contenerme. ¿Por qué se sienta como si esperara la ejecución?

—No te asustes tanto, chica —susurro con mi tono más dulce.

Pero al imaginarla cabalgándome con fiereza, los pechos saltando desbocados, se me escapa una carcajada, afilada de deseo.

—Solo… —respira.

—¿Soooolo? —le provoco, intentando animarla por fin.

Siento en la lengua el sabor del deseo.

—Tengo tanto miedo de lo que pasará si mi prometido descubre que me han mancillado… —gime.

Sus piernas abiertas e invitadoras desaparecen de mi mente de golpe. ¿Qué? ¿Un prometido? ¡Eso no estaba en el trato! Su hermana juró que era virgen, presa libre, que solo esperaba a que yo la reclamara.

—Es un idiota… —la oigo, débil.

El colchón se queja bajo mi peso cuando me derrumbo a su lado, incapaz aún de creer que me han engañado.

—¿Tienes prometido? —chillo, patético incluso para mis propios oídos.

—Yo no lo elegí —su voz tiembla, llena de lágrimas.

—¿Quieres que lo mate?

Con una sola palabra suya haría trizas a ese bastardo. Esparciría los restos sobre la cama de su hermana como advertencia: conmigo no se juega. El pensamiento me tranquiliza.

—¿Lo harías? —suplicó ella, con un temblor que me excita todavía más.

—Salgo ahora mismo —bramo, saltando de un golpe—. ¿Quién es ese infeliz?

—Se llama Armando Guerra —susurra—. El hijo oculto del rey de los Campos de Caña de Azúcar.

¡¿Qué?! La furia me invade. ¿Qué clase de criatura es ella, si lo mejor que le ofrecen es un bastardo?

—¿Te quieren casar con un bastardo? —rujo, con cada músculo en tensión por la rabia.

—Como castigo… —gime con voz lastimera—. ¡Sálvame, te lo ruego!

Me mira como a un dios. Eso me gusta. No me importa quién sea: lo único que deseo es hundirme en ella hasta hacerla temblar entera.

—Está bien, cálmate. Ese cerdo no volverá a tocarte ni con un dedo, ¡te lo garantizo!

¡Qué boda nos espera! Todo mi cuerpo late con hambre de lucha y de lujuria. De sangre y de gritos de éxtasis.

Se lleva una mano al pecho. El primer gesto que hace desde que entré. Seguro que el corazón le late tan fuerte que ha tenido que sujetar ese pecho redondo y palpitante. ¡Ya le enseñaré yo quién es el verdadero macho!

– —Sabía que podía confiar en ti… —suspira, la voz impregnada de necesidad.

Si no fuera por la llamada de la sangre y la venganza, me lanzaría entre sus piernas ahora mismo. Pero la promesa de la matanza me empuja más.

—Para cuando estés lista para el banquete de bodas, ya habré vuelto —le aseguro, convenciéndola a ella y a mí mismo.

No pierdo más tiempo. ¡Allá voy, Armando Guerra, allá voy! Qué nombre tan ridículo. Y, además, suena extrañamente familiar…