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Calle la Rosa, 22 – Parte 80

Victoria se apoyó con cansancio en la mesa de la cocina. Hundió la cara en la palma de la mano, la piel arrugándose un poco bajo el peso. Con la otra mano jugueteaba sobre el cristal, dejando leves trazos con los dedos en la superficie. Bajo sus ojos insomnes se marcaban ojeras oscuras. Los días de desvelo habían hecho mella en ella. Su piel parecía, si cabe, aún más pálida. Se había recogido el pelo con una pinza de cocodrilo, pero siempre quedaban algunos mechones rebeldes que le caían sobre la cara. Nunca lograba atraparlos todos.

Bernard la observaba con indiferencia. No la compadecía; más bien la envidiaba.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte aquí?

—No lo sé. La verdad es que ya me iría, solo que… —la voz de Victoria se apagó.

—¿Pasa algo?

—Tengo un mal presentimiento.

—Bueno, no me extraña —soltó Bernard, con un tono de desaprobación áspero.

—No hace falta que te quedes.

—Llegamos a un acuerdo.

—Lo sé. Pero como clienta te digo: vete tranquilo, estaré bien.

Bernard torció el gesto, pero no respondió. Se recostó en la silla y metió las manos en los bolsillos.

Su mirada se detuvo en la lista de teléfonos pegada en la nevera: el del encargado de mantenimiento del complejo, el del servicio de limpieza y el del taxi, escritos con una letra apenas legible. No era precisamente obra de alguien meticuloso. Bernard, en cambio, había escrito con buena letra toda su vida.

El grito desgarró la noche como un pico de hielo desbocado. Se levantaron de un salto, aterrados. Victoria se tapó la boca con la mano para reprimir un alarido, mientras Bernard se mordía el puño.

—¿Qué coño está haciendo ese pirado? —gruñó.

Victoria ya subía la escalera de dos en dos. El holandés se quedó en la cocina, encogido como un resorte, esperando su señal. Se apoyó en la encimera, con la vista moviéndose nerviosa por el suelo, como si buscara patrones ocultos en las losas blanquísimas.

¿Cuántos habrían saltado de la cama con aquel alarido propio de una película de terror? El matrimonio franco–estadounidense seguro que escuchaba con el corazón desbocado, igual que Noud. Un suspiro hondo y cansado se escapó del pecho de Bernard. Noud. A esas alturas debía de estar destrozado. Se había despertado de golpe, había encontrado la cama vacía. Seguramente pensaba que aquel grito desesperado lo había dado Bernard, que era el último sonido de su vida. Bernard habría corrido a su lado para tranquilizarle. Pero ya era tarde. ¿Por qué no se había levantado cuando Victoria le dijo que se marchara? Se había quedado porque la alemana tenía un mal presentimiento. En realidad, él también. Sus instintos le susurraban lo mismo: iba a pasar algo. Y ya había pasado. Mientras tanto Noud debía de estar imaginando que a Bernard lo estaban despellejando vivo. ¿Y si salía a buscarle? ¡La ventana! Bernard alzó la cabeza de golpe. ¿Se vería algo desde fuera? En teoría no: el cristal era opaco desde el exterior, como mucho se intuían sombras. Pero ¿y si sí? Aunque la casa estaba a oscuras, Bernard se dejó caer al suelo de piedra. No era la posición más segura, pero al menos así estaba convencido de que nadie podría verle.

Se sobresaltó cuando Victoria apareció en el umbral de la cocina.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con impaciencia.

—Se ha arrancado el catéter.

Bernard soltó un silbido y, de forma instintiva, se llevó la mano a la entrepierna.

—Ayúdame a ponérselo de nuevo —ordenó Victoria.

—¿Qué? ¡No! —protestó él—. ¡No pienso andar toqueteando la polla de Ted!

—Nadie te está pidiendo que toquetees nada —siseó Victoria, furiosa—. Solo tienes que estar ahí y ayudarme con las manos.

—La otra vez te apañaste sola —replicó Bernard con vehemencia.

—Eso fue la otra vez —saltó ella—. ¡Vamos, no tenemos mucho tiempo!