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Apego

La visión de los cosméticos perfectamente alineados en la estantería siempre tranquilizaba a Peter. Como si la persona que había colocado aquellos tarros de crema hubiera medido las distancias con una regla: tan impecables que resultaban un deleite para la vista y un bálsamo para la mente. Hasta los colores estaban cuidados: no solo estaban claramente separados, sino que formaban una transición delicada de un extremo de la estantería al otro.

Su crema favorita de manos y pies con aceite de almendras le esperaba en el tarro color lavanda, el penúltimo a la derecha. Gracias a ella, sus manos, codos y talones estaban siempre sedosos. Con un cuidado regular y disciplinado, podía agasajar con una piel suave y perfumada a quien se ganara el derecho de acercarse de verdad a él.

Antes de meterla en la cesta, siempre acariciaba con suavidad el tarro. Así daba la bienvenida a cada nuevo habitante de su armario de baño cada vez que compraba otra dosis de aquella maravilla de almendras. También echaba una mirada al precio, para recordarse una y otra vez que podía permitirse cuidar su piel con una crema cara. Como en cualquier otra tienda, en la perfumería también disfrutaba escogiendo de la gama más alta. Se lo había ganado.

Miró su reloj. Pronto comenzaría la revisión anual, en la que la alta dirección de la empresa matriz premiaría los dos últimos años de trabajo incansable. Su dedo índice recorrió de forma inconsciente los diminutos cristales que brillaban en el borde de la esfera. Nunca miraba la hora en el móvil. En su posición, un hombre de verdad llevaba reloj. Además, le encantaba ese gesto ligero de subirse un poco la manga para mirar la hora. Y, si la situación lo requería, aquel movimiento podía servir también para indicar con sutileza: ha llegado el momento de dejarse de cháchara.

Antes de ir a la oficina, pasó por su supermercado favorito a por uvas grandes y carnosas. Si por la noche descorchaba el champán caro que había comprado para la ocasión, le harían falta aquellas dulces, jugosas y sin pepitas, tanto si tenía con quién compartirlas como si no.

Ildikó ya le había dicho que estaba libre toda la semana. Claro, Ildikó siempre estaba libre. A pesar de haber ido al mismo instituto y a la misma universidad que Peter, nunca había conseguido salir adelante del todo. Nunca se había desprendido de lo que ambos habían absorbido al crecer en la calle. Peter podría haber sido un buen ejemplo para ella. Pero Ildikó seguía manteniendo una estrecha relación con “los de siempre”: partidas regulares de billar, charlas en bares cutres llenos de gente de dudosa reputación. Si no hubiera tenido ese maldito cuerpazo, Peter habría dejado de verla hacía tiempo. Pero necesitaba buen sexo. Quizá incluso más que otros que no trabajaban en un puesto tan alto. Las chicas con cuerpo de modelo casi siempre se tumbaban con cara de aburrimiento, interesadas solo en si sacarían algo a cambio por aguantar al menos un mes al lado de Peter.

Con paso rápido empujó el carro hacia la sección de fruta y verdura. Cogió dos bandejas de uvas y se dirigió a la caja automática. Minutos después, ya estaba de vuelta en su coche. Colocó con cuidado la fruta en el cesto rígido de tela del maletero, manteniendo intacto el orden impecable del vehículo. Con el gesto de siempre, empujó el carro hacia la plaza de aparcamiento que tenía detrás.

Se sentó en el mullido asiento de cuero y arrancó. Desde lejos, todavía alcanzó a oír cómo alguien le gritaba con furia:

—¡Eh, cerdo asqueroso! ¿Tanto te cuesta devolver el puto carro a su sitio?

Peter se encogió de hombros. Que lo devuelva el que cobre por hacerlo.

Porque la verdad es que puedes sacar a un hombre de su entorno, pero no puedes sacar el entorno de dentro de él.