Carlos no se sorprendió demasiado al ver a las dos ancianas. El terror y la excitación se alternaban en sus rostros arrugados mientras la luz de la luna las iluminaba allí, inquietas en la terraza. Ni siquiera esperaron a que él las invitara a entrar: en cuestión de segundos ya estaban en el salón.
—¿Has oído ese gemido horrible? —jadeó Ludmilla.
—Imposible no oírlo —murmuró el hombre.
—¿A quién crees que habrán matado?
Los ojos de Carlos se entrecerraron. Ludmilla parecía más excitada que asustada, nada que ver con una jubilada indefensa en busca de protección.
—No han matado a nadie —la tranquilizó. —Alguien gritó de dolor, nada más. No deberías dejar volar tanto la imaginación.
Pero Ludmilla no cabía en sí. Se inclinó tan cerca de la cara de Carlos que casi se rozaron las narices.
—Eso no fue un grito. Fue un alarido desesperado, el último antes de que esa pobre alma entregara el espíritu.
—¿Quién?
—Ted.
—¿Ted?
—Sí. Y estoy segura de que fueron esos dos malditos holandeses los que se lo cargaron —siseó.
La sangre se le escurrió del rostro a Carlos. Para ocultar su espanto, hundió la cara entre las manos, como si solo se escandalizara por las palabras de Ludmilla.
—Ustedes saben bien de lo que son capaces —susurró débilmente María José.
Curiosamente, aquella frase le dio cierto sosiego a Carlos. Bajó las manos y le puso suavemente la mano en el hombro a María José.
—Exacto —dijo, mirándola a los ojos con intención. —Y también sabemos de lo que no son capaces…
Mientras tanto, Ludmilla se había acomodado en el sofá como si se preparara para una charla agradable.
—Bueno, pues, vamos a juntar lo que sabemos. Primero: sea quienes sean esos dos holandeses, son peligrosos, y van a por Ted. Segundo: Ted lleva días sin dar señales de vida. Tercero: la persiana de su dormitorio está bajada, y nunca la habíamos visto así.
Lanzó una mirada desafiante a los otros dos jubilados.
Carlos intentaba aparentar indiferencia, pero por dentro coincidía con cada palabra de la alemana. Él también había notado la persiana, la ausencia de Ted, y aunque desde lo de Bangkok había dejado en pausa la vigilancia sobre Bernard y Noud, sospechaba que todo aquello tenía que ver con ellos.
María José, en cambio, habría preferido mantenerse al margen de toda la historia. Sí, había oído aquel grito aterrador, pero quería hacer como si nada hubiera pasado. Bastante contenta estaba de haber regresado sana y salva de Bangkok, y lo último que quería era meterse en más líos. ¿Qué le importaba cómo se las arreglaran Bernard, Noud y Ted entre ellos? Y si Carlos se enredaba también, pues que lo hiciera. Solo quería que la dejaran fuera. Ludmilla podía seguir jugando a la detective con otro —con Esteban, por ejemplo—, ya que en su excitación parecía haberse olvidado incluso de que tenía marido.
—Yo digo… —empezó tímidamente la anciana pastelera— que no deberíamos meternos en lo que no es asunto nuestro.
—¡Pero puede que hayamos sido testigos de un asesinato! —protestó Ludmilla.
—Pues llama a la policía —saltó María José—. Anda, llámales y cuéntales lo de la persiana.
Ludmilla se levantó del sofá, furiosa.
—¡Muy bien! Si ustedes son tan cobardes, llamaré yo misma a la policía.
Sacó el móvil del bolsillo, pero al instante lo dejó caer, pálida como el papel.
—Noud… —susurró al ver al holandés aparecer en el umbral.