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Epilepsia

Todavía recuerdo el momento en que oí por primera vez esa palabra aplicada a mí. Ni siquiera fue un diagnóstico, más bien un comentario al pasar. Algo del estilo de: «¿No lo sabía? Después de una operación cerebral, puede ocurrir.» En aquel momento intenté quitármelo de la cabeza, no dejar que se me instalara demasiado dentro y empezara a hacer efecto.

Pero cuando, aún recuperándome de la cirugía, me enteré de que no podría conducir durante mucho tiempo, aquello sí que me golpeó de verdad. Ese pensamiento era imposible de barrer bajo ninguna alfombra imaginaria. Empezó a roerme de inmediato, arrastrando consigo una autocompasión asfixiante que casi puede aplastar a una persona. ¿No conducir? ¿Con dos niños pequeños? ¿Guardería, clases de natación para bebés, las rutinas del día a día?

El golpe final llegó con el pastillero. Con treinta y tres años empecé a preparar la medicación semanal para no olvidar cuánto tenía que tomar y cuándo. El miedo a la epilepsia me invadió enseguida, pero la sensación de ser realmente una paciente nunca llegó a instalarse. Incluso después de más de diez años, tomar la medicación no se ha convertido en una rutina. El pastillero es indispensable. Se supone que debería sentirme afortunada porque hay gente condenada a dosis mucho más altas. Pero ¿a quién le importa la gente? Yo no quiero tener epilepsia. No quiero tener que marcar en el dentista una casilla que, en la práctica, viene a decir que estoy defectuosa de la cabeza.

Hace años que no tengo una crisis, y aun así sigue planeando sobre mí. En este momento mis circunstancias hacen que no deba preocuparme, pero eso podría cambiar en cualquier momento. Fingir que no pienso en ello no lo hace desaparecer.

Y, claro, hay momentos en los que recuerdo que sigo estando entre las afortunadas. Mi hija es celíaca, y siempre le digo: alégrate de que “solo” tengas eso. Con un poco de organización, es fácil de llevar. Suelo poner como ejemplo las alergias que ponen en riesgo la vida.

Hoy mi hijo adolescente pasó por la segunda sesión de su primer tratamiento facial. Como había dicho que la primera había sido la experiencia más dolorosa de su vida, le invité después a un frappé latte —una de las cosas más ricas del mundo.

Íbamos de vuelta al coche con nuestros vasos cuando pasamos al lado de una mujer en silla de ruedas, apenas unos años mayor que yo. Ya la había visto antes, cuando íbamos hacia el puerto en busca de nuestro merecido capricho cafetero, pero no le había prestado demasiada atención. De regreso, sin embargo, no pude evitar fijarme en lo inmóvil que estaba allí sentada, con la silla arrimada a la pared. No tengo ni idea de cuál es su historia, pero era evidente que, en ese momento, se había desconectado de sí misma, esperando a que alguien la moviera de allí. El sol no le daba de lleno; estaba claro que la habían dejado en un sitio seguro, y tampoco parecía desatendida. Y aun así me hizo pensar. Me recordó lo fácil que lo tengo: poder ir a cualquier parte, en cualquier momento, al ritmo que yo elija. Sí, mi pastillero de doce años puede que me espere todas las mañanas y todas las noches, pero sigo siendo yo quien va hasta él, lo abre y se traga las pastillas que aguardan dentro. Y, cuando lo pienso, quizá pueda alegrarme, después de todo, de que “solo” tenga epilepsia —porque incluso así, tengo más libertad de la que jamás imaginé.