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Caballeros

La nevada había cesado por completo cuando llegamos al puerto. Una capa fina y uniforme de blanco cubría los barcos, que la luz de la luna hacía brillar. En el estrecho sendero de grava que conducía al restaurante solo quedaban algunos restos de nieve, aplastados por los zapatos de quienes acudían a la cena de Nochevieja.

Me decepcioné cuando el camarero no nos condujo a una mesa para dos, sino a una para ocho. Nunca había asistido a una celebración de fin de año de pago cerrado, pero en ningún momento se me ocurrió que acabaríamos sentados con desconocidos. Aun así, sonreí al ver las tarjetas con los nombres. Habían sentado juntas a cuatro parejas con el mismo apellido: Varga. Era, al fin y al cabo, una broma aceptable, aunque no tuviera demasiadas ganas de socializar. Sin poder evitarlo, empecé a calcular cuántas horas tendría que pasar, como mínimo, con aquella gente. Y como habíamos llegado los primeros, también tuve tiempo de preocuparme por el tipo de compañía que nos tocaría.

No tuve que esperar mucho para averiguarlo. En cuestión de minutos, habían llegado todos los Varga. Nuestra mesa de Nochevieja estaba formada por dos parejas muy jóvenes y una pareja jubilada. La conversación comenzó, como era de esperar, de manera algo forzada y, dado el tamaño de la mesa, no había posibilidad alguna de mantener charlas privadas.

Finalmente, el hombre mayor tomó la palabra.

—Supongo que empezaré yo con las presentaciones —anunció en voz alta—. Aunque también es posible que ya me conozcáis, ya que hasta hace unos años fui el mayor empresario de la zona.

Miró a su alrededor, como concediéndonos tiempo para hurgar en nuestros recuerdos. Mi marido y yo nos habíamos mudado allí el día anterior, así que miramos a los demás, que se intercambiaron miradas inciertas.

El hombre, evidentemente, no esperaba una reacción auténtica.

—En fin —continuó—. Hoy en día trabajo como taxista. Hacia el final, por desgracia, se hundió el mercado en el que yo tenía un papel determinante. Aun así —añadió, carraspeando de forma significativa—, por aquí no había muchos empresarios más grandes que yo. Incluso venían políticos a verme; tenía tanta influencia. Tenía una fortuna enorme, que el negocio acabó devorando por completo. —Hizo un gesto despectivo con la mano.

Su mirada se posó en la botella de vino que el camarero sostenía a su lado.

—Así está bien —dijo con sequedad. Luego, cambiando de idea, añadió—. Bueno… mejor, déjamela ver, hijo.

El camarero no pestañeó ante el tratamiento descortés. Le tendió la botella con educación.

—Bien, mete esto ahora mismo en la nevera —le espetó el hombre—. Así es imbebible. ¿Qué os pensabais, que a estos les valdría hasta la orina de caballo?

El joven camarero palideció, los labios se le afinaron. El tono grosero lo dejó a la vez aturdido y enfurecido. Le tembló ligeramente la mano, pero cuando habló, su voz siguió siendo serena y aterciopelada.

—Todas nuestras bebidas se conservan a la temperatura de servicio recomendada. La temperatura ideal de este vino…

—Ni se te ocurra darme lecciones sobre temperaturas de servicio —le ladró el antiguo magnate—. He dicho que lo metas en la nevera. ¿No estarás pensando en discutir conmigo, verdad? ¡Soy yo quien paga!

El camarero hizo una breve inclinación de cabeza y se alejó apresuradamente. La esposa del hombre negó con la cabeza, indignada y compasiva al mismo tiempo. El resto de los comensales empezó a juguetear incómodo con los cubiertos o con cualquier cosa que tuviera a mano.

Cuando volvimos a quedarnos solos, abrió los brazos de forma teatral.

—¿A mí…? —murmuró—. ¿A mí me quiere explicar a qué temperatura hay que servir un Pinot Noir? ¿A mí?

Sus espesas cejas grises se alzaron hasta la frente, y una sonrisa burlona se instaló en la comisura de su boca. Alzó el tenedor solo para dejarlo caer de nuevo sobre la mesa con un gesto desdeñoso. Su esposa le acarició el brazo del traje gris paloma con delicadeza y en silencio.

La tensión se disipó cuando sirvieron la cena. Es más, resultó casi alegre descubrir que los Varga no solo compartían apellido, sino también gustos. De las dos opciones del menú, todas las parejas eligieron la misma. Los platos idénticos sirvieron de buen punto de partida para que se iniciara una conversación más distendida.

El antiguo magnate, ahora taxista, comprobaba de vez en cuando la temperatura de su vino y, con un gesto de desaprobación, lo mandaba de nuevo a la nevera.

Empezaba a preocuparme que el Varga de mayor edad acabara quedándose sin bebida cuando, por fin, en una de las comprobaciones lanzó un grito entusiasta:

—¡Ahora sí! ¡De esto hablaba! —exclamó, chasqueando la lengua con satisfacción.

Toda la mesa suspiró al unísono, aliviada. La temperatura del vino se había convertido, inevitablemente, en el tema central de la velada. El rostro cuidadosamente empolvado, de tono marrón rojizo, de la señora Varga también se iluminó; quizá por la alegría compartida, quizá porque el infortunado camarero por fin se veía libre de más acoso.

El señor Varga, con los ojos brillantes, observó cómo su copa se llenaba hasta la mitad. Con una sonrisa cortés, dio las gracias al camarero y luego alargó la mano hacia la botella de cola situada en el centro de la mesa. Con un gesto seguro, desenroscó el tapón y diluyó el Pinot Noir —enfriado durante casi hora y media— con el refresco a temperatura ambiente, con la serena seguridad de un auténtico caballero.