Soy dependiente de los objetos. Como suele decirse, no son ellos los que me sirven a mí, sino yo a ellos. De rodillas, con la cabeza inclinada. La situación es algo mejor que antes, pero aún no me he curado del todo.
Si alguien me preguntara cuál es mi objeto favorito, me quedaría en un aprieto, porque no sabría decidirme entre el generador de ozono y el vaporizador de ropa de mano. Uno lo uso una vez al año, el otro una vez al mes… si es que los uso. Luego está mi flauta, mis joyas y ese bolígrafo barato con el que las letras se curvan de la forma más bonita. De esos tengo unos veinte, y si veo a alguien usando uno, aparezco de inmediato con un bolígrafo corriente y le pido que lo cambiemos.
También tengo una muñeca de doce centímetros. De niña la deseaba tanto que dibujé una y la recorté. Todavía puedo evocar la sensación con la que quise aquel pequeño trozo de papel. Se llamaba Lily. Ya había pasado de los cuarenta cuando me topé por casualidad, en una tienda de juguetes, con la Lily perfecta. Vive en el fondo de un cajón, porque no quiero que se llene de polvo. A veces la saco y le cepillo el pelo. Disfruto un momento del placer que me produce y luego la devuelvo a su sitio. Quizá dos veces al año.
Supongo que no hace falta añadir nada sobre la colección de DVD de Friends. Una vez alguien me pidió prestarla. Ja. Muy gracioso. Ni hablar. No es que, además, tenga ya dónde poner los discos.
Además de todo esto, hay también un joyero al que estoy emocionalmente unida. Ese también fue un sueño de la infancia, que su propietaria acabó dándome. Desde entonces lo guardo como un tesoro. Es el adorno más bonito del pasillo de arriba, y le quito el polvo acumulado con regularidad. Y con eso cerramos el círculo. Precisamente por eso no me gustan las decoraciones ni la multitud de objetos que llenan los espacios. Los considero atrapapolvo. Porque lo son. Sobre todo en verano, cuando la calima añade una capa más.
Trato mi adicción con terapia. Por un lado, no compro objetos nuevos. Por otro, presto mis joyas de minerales a mi hija —si me las pide—. Es más: a veces soy yo quien le abre el armario con llave y le dice:
—¿Te gustaría ponerte alguna?
La mayoría le resultan demasiado de abuela, al fin y al cabo tiene trece años.
Hace más de diez años perdí el conocimiento y desperté —más o menos— en la unidad de cuidados intensivos. Unos meses después me sometí a una operación cerebral. Un año y medio desapareció de mi vida. No recordaba mi ropa. Ni las películas que había visto. Incluso personas se borraron de mí sin dejar rastro. Pero el hecho de que en la cocina hubiera habido un trapo de microfibra grande, rosa y súper absorbente, eso sí lo recordaba. Eso era lo que buscaba. Sabía que lo había comprado en la misma tienda, justo después del pequeño trapo de microfibra azul oscuro, también súper absorbente.
Pensaba que aquello era una especie de rasgo interior secreto, algo que quizá no resultaba tan llamativo. No hace mucho, sin embargo, descubrí que a alguien le molestaba tanto que durante un tiempo incluso se refirió a mí únicamente como «la chica del limpiador de vapor».
Ah, sí… aquellos tiempos en los que el limpiador de vapor era nuevo. ¡Qué experiencia descubrir su potencia de limpieza descomunal y su amplísimo abanico de usos! No me arrepiento de ni un solo minuto del tiempo que dediqué a elogiarlo.
Por supuesto, no lo he confesado todo. Pero ese no es el quid de la cuestión. Lo importante es que soy consciente de ello y lo intento. Tal vez algún día sea capaz de mantener estos objetos en su justa medida. Hasta entonces, de vez en cuando me permito —en secreto— abandonarme al placer que me produce poseerlos. Al fin y al cabo, se puede recorrer un camino sufriendo en cada paso… o recorrerlo sintiéndose bien. En definitiva, no importa la distancia, sino cómo nos sentimos mientras avanzamos.