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El diario de Emily – Entrada 25

Lo que no debería haber escrito

Me acosté el domingo con un mal presentimiento. Había trabajado hasta las tres de la madrugada, y en cuanto pulsé enviar, se me encogió el pecho.

Murmuraba para mí misma, tratando de dormirme cuanto antes:

—Todo bien, Emily. Es solo el cansancio. Eres una traductora profesional, con experiencia…

La frase se fue deshaciendo poco a poco, las palabras intercambiaban letras entre sí, hasta que solo quedó un murmullo sin sentido. Aun así cumplió su función, porque me quedé dormida.

De repente me desperté sobresaltada. Estaba sudando, el corazón me latía con fuerza. Cogí el teléfono a toda prisa. Ya eran más de las ocho.

Abrí el correo. La jefa de proyecto de la operadora había escrito unos minutos antes.

Aquel mensaje lo tenía todo: decepción, amenazas de rescindir el contrato, cálculos de penalizaciones, el departamento legal. Lo leí por encima. Los fragmentos de frases ya hicieron bastante daño por sí solos. No tenía sentido hundirme más en aquello, saboreando el peso de cada palabra.

Sabía que esto iba a pasar. Solo que no lo vi venir.

Para ser justos, la jefa de proyecto propuso enseguida una solución. Esta semana tengo que enviar cada día la versión corregida del texto del día siguiente. Así que para el domingo habré recuperado toda una semana de correcciones, mientras traduzco a la vez el material de la semana que viene. Al menos me deja ponerme al día poco a poco. A ellos les viene bien, porque así pueden subir los textos corregidos a la web a tiempo. A mí me revienta, pero al menos me organiza el tiempo y me obliga a tener disciplina. Lo del lunes ya lo di por perdido; alguien de su equipo tuvo que arreglarlo a toda prisa.

Me muero de vergüenza. Sobre todo porque la jefe de proyecto se portó de una forma dolorosamente amable. No puedo permitirme otro error. Tengo que apretar al máximo hasta finales de agosto.

Cuando conseguí recomponerme un poco, entré en su web y leí el texto de la campaña de ese día. Quienquiera que lo arreglara hizo un buen trabajo. Durante un rato dudé entre rehacer también el texto del lunes o seguir con la corrección del martes. Al final retoqué la versión que ya estaba publicada en la web y la adjunté a mi correo de disculpas.

Habría sido mejor que Adele me ayudara a escribirlo. Ella es buenísima en esto —me refiero a este tipo de mea culpas oficiales. En su vida personal, en cambio, es incapaz de reconocer cuando se equivoca.

Por mi propia salud mental —no es que quede mucha—, mantuve el correo breve y me ceñí a los hechos. Sin excusas. Reconocí lo que había hecho. O, mejor dicho, lo que definitivamente no había hecho.

Revisé la web varias veces durante el día, pero no habían cambiado el texto.

Thessa entró en modo pasivo-agresivo. No respondió a la bronca que había llegado por correo esa mañana, aunque, claro, ella también estaba entre los muchos destinatarios. En su lugar, reenvió una tontería sin importancia, publicidad de algún software de oficina. Para que no me quedara ninguna duda de que había leído hasta la última línea, tan "conmovedora".

Lo que finalmente me sacó de la angustia y el remordimiento fue recordar cuánto dinero voy a cobrar por estos seis meses. Y en qué me lo voy a gastar. Me imaginé el baño reformado y esa preciosa barra de bar que tenía echada el ojo. Eso por fin hizo que dejara de torturarme, y volví al texto del martes.

O esto también forma parte de la estrategia de Ben, o simplemente intuyó que ahora es mejor mantenerse alejado. Sea como sea, no he sabido nada de él desde lo del barco. No me importa. Con todo lo demás encima, lo último que necesito es tensión sexual o el estrés de andar quedando con alguien. Al final voy a acabar hecha pedazos de verdad.

El jueves por la mañana temprano me permití dar un paseo junto al río. Fue lo mejor que pude hacer por mí misma. Los finos rayos de sol atravesando la bruma que flotaba sobre el agua, el olor a tierra húmeda en el aire, el silencio de una ciudad que apenas empezaba a despertar: todo eso me devolvió las ganas de vivir. Volviendo a casa, me prometí que empezaría así cada día a partir de ahora.

Al llegar al edificio me crucé con Ryan, que salía del ascensor en ese momento. Se me iluminó la cara al verlo. Por suerte, a él también se le arquearon las cejas, y su sonrisa casi le llegaba de oreja a oreja.

—¿Y los niños? —pregunté, torpemente.

—Están de vacaciones con su madre esta semana.

Nos quedamos ahí parados, mirándonos sin saber qué decir. Se me quedó la mente en blanco. No se me ocurría ni una sola palabra adecuada. Tampoco una inadecuada, la verdad. Ryan abría la boca de vez en cuando, como si fuera a decir algo, y luego se mordía el labio inferior.

Al final, señalé hacia las escaleras con la cabeza. Te juro que no fue algo consciente. Debió de ser un impulso. Ryan, en cambio, soltó un suspiro de alivio evidente.

Los dos nos sobresaltamos cuando el ascensor llegó detrás de nosotros. Salió la vecina del último piso. Ryan me agarró de la mano y tiró de mí hacia dentro. Apenas habíamos empezado a subir cuando me tomó la cara entre las manos y me besó. Me entregué a él de inmediato.

Nada más entrar en el piso, nos arrancamos la ropa a toda prisa y caímos el uno sobre el otro en la alfombra frente al sofá. Después de aquel encuentro impaciente, precipitado y nada tierno, nos reímos con torpeza, con las frentes pegadas.

Después me abrazó. Me sostuvo con suavidad entre sus brazos. Poco a poco los dos nos relajamos, y nos quedamos descansando el uno sobre el otro.

—Qué bien tenerte de vuelta, Chica Mágica… —susurró.

Suspiré aliviada contra su pecho. No podía hablar. Creo que necesitaba liberar la tensión acumulada dentro de mí más de lo que echaba de menos a Ryan en sí. Aunque estar con él sí que es bueno. Me encanta su cercanía, su olor, la forma en que me hace suya. Sus movimientos y su voz, tan familiares, me tranquilizan.

No quise dejarlo sin respuesta.

—Esto lo necesitaba muchísimo.

Su pecho se sacudió bajo mi mejilla, pero no dijo nada. Total, lo que le había dicho ya era un cumplido de por sí.

Poco después volví al trabajo con energías renovadas y la mente despejada. Ryan se despidió con un misterioso «Ya nos veremos». Si no me equivoco, va a desaparecer otra vez durante semanas.

La verdad es que, con Ryan, siempre lo imagino así: que a ninguno de los dos le ha llegado todavía el momento de sentar cabeza. A mí, sobre todo, no. Y luego están los dos niños, que complican bastante las cosas. Porque, claro, está su madre de por medio. Y encima esa historia tan retorcida de que acabó con el hermano de Ryan. La verdad, no me imagino en las comidas familiares haciendo de «nueva mamá»… Solo de pensarlo se me pone la piel de gallina.

Lo ideal sería acostarme con Ben una y otra vez ahora mismo, sin ningún compromiso. Recorrer el mundo en su barco, perdernos el uno en el otro día y noche, y después escaparme con Ryan a algún lugar lejano donde nadie nos conozca, y vivir felices para siempre.

Vaya, releer esto ahora es realmente deprimente. Básicamente acabo de escribir que, tal como están las cosas, con la gente que tengo alrededor ahora mismo, no tengo ninguna posibilidad de una vida feliz, adulta, en familia.

Creo que es mejor que deje de planear mi futuro por hoy. Voy a juntar las páginas que he escrito con un clip, para no arriesgarme a releer estas líneas horribles otra vez.

Que esta semana entera se vaya al infierno.

Retrato de la autora Sonja Blonde

¿Quién es Sonja Blonde?

Si te ha gustado lo que has leído, quizá también sientas curiosidad por la persona que hay detrás de estas historias. ¿Cómo se convirtió la escritura en mi vocación y por qué escribo este tipo de historias?

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